Mes: abril 2012

Frente frío

Arrecia el temporal. En Asturies llueve ininterrumpidamente desde hace semanas. Vivimos en un texto de José Saramago: “Llueve sobre nosotros el tiempo, el tiempo nos ahoga”. Un temporal de ahogos ha sido este jueves 19 de abril, con sus rumores de pacto entre PP, FAC y UPyD, con los esperables anuncios de liquidación que dimanan del gobierno español en el exilio intelectual. Llueve con ganas, justo las que nos faltan a los que caminamos bajo el chaparrón, de camino a ninguna parte.

Este jueves 19 de abril ha salido a la calle el último número de La Voz de Asturias. Es el segundo periódico que cierra en Asturies en menos de un año, tras Les Noticies, y sólo meses después del deceso de la edición en papel del diario Público y mientras el juez de instrucción le imputa a la periodista Pilar Velasco un delito de descubrimiento y revelación de secretos, una expresión muy digna, dicho sea de paso, de lo que podría y debería ser el oficio de periodista.

Malos tiempos para andar descubriendo y revelando nada: apenas quedan canales por donde difundir lo que uno sabe o aprende, y eso que nunca estuvimos tan bien provistos de inmediatez tecnológica, pero llueve también en las redes sociales, y cada uno se cobija en los soportales de su grupo de contactos y adormecido por ese calor humano llega uno a creer que todo el sistema-mundo tiene acceso a la información relevante para comprender esto y transformarlo en otra cosa. Pero no es así: necesitábamos Público, necesitábamos Les Noticies, necesitábamos La Voz de Asturias y necesitamos que gente como Pilar Velasco siga haciendo su trabajo. Aunque solo sea para seguir aguantando el temporal con un mínimo de dignidad indignada.

Senectudes

Me estoy haciendo viejo. No quiero decir que tenga achaques (gozo de una buena salud de mierda, que es todo lo contrario de la proverbial mala salud de hierro característica de ciertos aristócratas e intelectuales fascistas), tampoco pretendo insinuar que me esté volviendo impaciente (siempre lo he sido) o misántropo (léase el paréntesis anterior). Es más sencillo (o lo que sea): cada vez me pesa más la memoria, lo cual, para alguien como yo, acostumbrado a olvidarlo casi todo, es fuente de angustia permanente.

Como un topo viejo, cada vez uso menos los ojos y más los recuerdos. Me acuerdo de todo lo que en su día fue tan políticamente estridente como los inconsistentes mensajes que el gobierno español emite cada día: sobrevivimos a Barea, a Miguel Ángel Rodríguez y a Pilar del Castillo, así que confío en que sepamos sobrevivir también a Wert, a Guindos y a Mariano Rajoy (aunque Rajoy también sale en esos recuerdos míos, una presencia constante, parte del decorado de aquello que gracias a Vázquez Montalbán conocimos como “la aznaridad”). Me acuerdo del desmantelamiento industrial de mi adolescencia y de cómo un país en llamas quedaba reducido a la condición de anécdota periférica en un contexto de incitación al consumo compulsivo: en mi barrio el desempleo y la heroína escribían los titulares, pero la radio y los periódicos (televisión solo había una, tan pequeña y servil como las muchas de ahora) insistían en que España, como París, era una fiesta, así que una de dos: o no éramos españoles (posibilidad que no descartábamos en absoluto) o no sabíamos divertirnos. Me acuerdo, con permiso de Georges Perec, de cuando pensaba que sólo los viejos escribían de sus recuerdos.

Me gustaría que mis recuerdos me consolaran, ser capaz de refugiarme en la aparente condición cíclica o simplemente recurrente de nuestras miserias colectivas. Pero no puedo: recuerdo también cómo el olvido y la indiferencia acabaron sepultando cada episodio de esta truculenta serie documental que tal vez se titule Desaprendiendo el capitalismo o tal vez (à la Lenin: hoy me van los homenajes) Dos pasos adelante, veinte pasos atrás. Me gustaría pensar que saldremos de esta igual que salimos de aquellas. Pero no creo que saliéramos verdaderamente de aquellas.

Me estoy haciendo joven: me aburren los recuerdos de los viejos.

Escéptico ma non troppo

Con elefantes o sin ellos, pero aún más con ellos, la monarquía española hace tiempo que dejó de ser un mal chiste para convertirse en esperpento. Sin embargo, no parece que estemos más cerca de la III República de lo que estábamos ayer, o hace un año, o hace veinte: los deseos no se hacen realidad a fuerza de repetirlos en voz alta. ¿Agorero? Pudiera ser. Pero si ni siquiera hemos sido capaces de evitar que nos gobierne Mariano Rajoy, no veo cómo vamos a desembarazarnos de la borbonería.

La primera vez (1868) fue una revolución. La segunda (1931) una ofensiva electoral republicana. En 2012, ni el PSOE ni el PP plantean nada parecido a una impugnación de la monarquía, ni siquiera una tímida reprobación de los actos del rey: es más probable una revolución que un pacto constitucional republicano refrendado en la urnas, pero a Prim lo mataron en la calle del Turco y no acabo de ver yo a Cayo Lara plantando la tricolor en San Jerónimo. ¿Aguafiestas? Pudiera ser, pero siempre a mi pesar.

Sea como fuere, habrá que insistir una y otra vez en que no sólo es justo y necesario enterrar la monarquía. También es un imperativo higiénico: dinamitar el puente que une a la democracia española con el fascismo que la precedió y la engendró. Porque la criatura, insisto, ya no tiene gracia, si es que alguna vez la tuvo, y las risas enlatadas son, ahora mismo, un lujo asiático.

En Bohemia, junto al mar

Parte del Cuento de invierno de Shakespeare se desarrolla en un país imposible: “En Bohemia, junto al mar”. Bohemia no está junto al mar, pero a los personajes del Cuento de invierno no parece afectarles esa circunstancia: el autor de sus días ha dispuesto que estos transcurran en un no-lugar, y a ello se aplican con fútil entusiasmo. De un modo análogo, el pueblo checo, habitante de la Bohemia histórica y sustancia de sus sucesivas encarnaciones políticas (República Checa en la actualidad, Checoslovaquia entre 1918 y 1992, con el paréntesis del Protectorado de Bohemia y Moravia entre 1939 y 1945), parece haberse plegado a una lógica narrativa shakespeariana, al menos durante el siglo XX: dar vida a un no-lugar inventado y dirigido por voluntades sobrehumanas.

Esa es, al menos, la conclusión que uno puede extraer de Gottland, el volumen de reportajes sobre el pueblo checo con el que Mariusz Szczygieł obtuvo en 2009 el Premio del Libro Europeo. Se trata de una colección de relatos cosidos con maestría y sobriedad sobre un fondo de investigación periodística. Abarca prácticamente todo el siglo XX, deteniéndose en las estaciones principales del trayecto (la Gran Guerra, la ocupación alemana, el comunismo, la Primavera de Praga, la invasión soviética, la Revolución de Terciopelo), pero hay dos episodios en los que se evidencia el pathos teatral de esa Bohemia, ahora Gottland, donde la tragedia y la comedia se entrelazan anulándose: la reconstrucción de la historia de los Bata, magnates de la industria del calzado (con su orwelliana oficina móvil, el despacho del jefe en un ascensor de cristal desde el que vigila a los empleados), y el relato sobre la estatua de Stalin más grande del mundo (inaugurada dos años después de la muerte del modelo, tras más de cinco años de preparación, y cuyo autor se suicida el mismo día de la inauguración). Como si se quisiera argumentar que los checos, si se ponen, pueden ser cualquier cosa en su versión más extrema: más fordianos que Henry Ford, más estalinistas que el NKVD.

Gottland toma el nombre de Karel Gott, superestrella de la canción checa y un buen ejemplo de cierto carácter acomodaticio que Szczygieł atribuye en general a los checos, carácter cuya plasmación literaria más completa, nos recuerda el autor, es el soldado Švejk, creado en 1921 por el escritor Jaroslav Hašek: “¿Por qué nuestro símbolo nacional es hoy en día Švejk? […] Porque sabemos que el heroísmo es posible, pero sólo en las películas” [de un reportaje checo citado por Szczygieł]. Al igual que Švejk, muchos de los personajes que pueblan Gottland parecen poseídos por el ansia de la sumisión. Al igual que en el caso de Švejk, los esfuerzos de esos personajes por obedecer sin rechistar se vuelven trágicos por su condición de autoparodia involuntaria. Para hacérnoslos creíbles, el autor no necesita utilizar demasiados afeites estilísticos: la fuerza de la narración radica en lo insólito de los hechos narrados. Cierto es que el afán por lo insólito, sin contrapesos, corre el riesgo de ascender al firmamento del cliché sociológico, pero no es este el caso. Al contrario: el interés que mueve a Szczygieł parece ser el de descubrir el heroísmo cuando este opera bajo la máscara de lo prosaico, de lo desesperado. Al mérito de haberlo hallado se añade el de haber sabido narrarlo.

[Publicado en El Cuaderno: Semanal de cultura de La Voz de Asturias, número 24, 1 de abril de 2012.]