Autor: Xandru Fernández

La caja negra de Salinger

salingerLa mayoría de los personajes célebres de la historia de la literatura serían, muy probablemente, unos vecinos bastante molestos, unos amigos pésimos y unos familiares dignos de vergüenza y repudio. ¿Quién querría ser pariente de Raskolnikov, o compañero de estudios, y aun de asiento en un autobús, de Humbert Humbert? Buena parte del mérito de un narrador reside en su capacidad para crear seres detestables y, aun así, despertar en el lector el interés por sus vidas e incluso la estima y el cariño. Así J.D. Salinger, autor de una sola novela cuyo protagonista, Holden Caulfield, no deja de ser un niño pijo con tendencia al melodrama, y de varios relatos protagonizados por un puñado de hermanos, los Glass, de los que lo menos que se puede decir es que no nos sentiríamos muy inclinados a pasar junto a ellos más de media hora al año, y eso haciendo un esfuerzo. No obstante, tanto Holden como Seymour, Buddy, Zooey, Franny y el resto de la pandilla Glass son fascinantes, verosímiles y verosímilmente fascinantes, y es en ese triple salto mortal sin red donde la maestría de Salinger resalta como un hecho difícilmente discutible.

Salinger hizo consigo mismo lo que ya había ensayado con éxito en sus personajes: proyectó una imagen de artista herido, misántropo y perfeccionista, y la alimentó durante décadas a fuerza de vetar toda tentativa de acceso a su intimidad. Es evidente que los cientos de admiradores que trataron de aproximarse a Salinger por uno u otro medio no se plantearon nunca si esa proximidad les aguaría la fiesta o, a falta de fiesta, el mito al que habían dado crédito. Haría bien en planteárselo quien se disponga a leer su biografía.

Biografía es Salinger, y biografía bifronte, libro y película al mismo tiempo. La película, dirigida por Shane Salerno y producida por los hermanos Weinstein, ha recibido duras críticas, y ahorraríamos tiempo si adelantásemos que alguna de ellas puede aplicarse con idéntica justicia a su hermano de tapa dura, cuya autoría comparte Salerno con David Shields. En primer lugar, dado que no suele haber muchas horas de filmación sobre la vida de un autor de novelas y relatos, y menos si ese autor se mantuvo apartado del mundo durante casi sesenta años, es comprensible, pero tedioso, que el documental supla esa carencia con entrevistas y material audiovisual de segunda mano (la Segunda Guerra Mundial, el asesinato de John Lennon y muchas máquinas de escribir en primerísimo primer plano). En segundo lugar, y tal vez como consecuencia de lo anterior, el lector/espectador tiene la impresión de que los autores han privilegiado los elementos espectaculares en perjuicio de otros menos impactantes. Considero que estos dos defectos, cuya sombra se proyecta sobre la estructura del libro, tienen su explicación en el origen fílmico del proyecto, y por eso me he referido en primer lugar a la película. Atengámonos, en lo sucesivo, a la biografía escrita.

Pocas de las más de seiscientas páginas de Salinger han sido escritas, en realidad, por Shields y Salerno: la mayor parte del libro está constituida por declaraciones de otras personas, citas de cartas y libros de Salinger y extractos de otras biografías y estudios críticos. Al lector interesado en la obra de Salinger le resultará atractiva la mayor parte de ese material, y sabrá pasar de puntillas por esa parte menor formada por cotilleos y opiniones irrelevantes. En buena medida, al lector se le da la posibilidad de construir su propio libro. A no ser, naturalmente, que tengamos en cuenta el enorme poder que los autores se han reservado para sí mismos: la selección y disposición de esas fuentes escritas y orales en beneficio de una tesis de fondo sobre la personalidad de J.D. Salinger.

Tesis: J.D. Salinger fue un escritor profundamente trastornado por su experiencia durante la Segunda Guerra Mundial. Tanto su obra como su alejamiento de la vida pública y su renuncia a seguir publicando después de 1965, se hacen comprensibles a la luz de esa experiencia traumática. Incluso su adhesión a los principios del vedanta y su tendencia, cada vez más acusada, a convertir la literatura en una forma de propaganda religiosa parecerían explicarse también por la necesidad de superar las heridas psicológicas que la guerra le infligió a Salinger.

La tesis es sugerente y cuenta con abundante apoyo empírico. Ahora bien, lo justo, tratándose de una biografía, es preguntarse no solo por la adecuación de la interpretación a los hechos, sino también, y muy especialmente, por su verosimilitud. Al igual que una autobiografía no cuenta solo por su grado de fidelidad a la imagen que el autor tiene de sí mismo, sino también por su pericia al dar a luz un relato verosímil, no es menos cierto que en una biografía el personaje construido tiene que parecer creíble, sea a la luz de presupuestos hagiográficos, sea en consonancia con postulados críticos y desmitificadores. Shields y Salerno lo consiguen en parte, y hay que reconocer que, cuando fracasan, lo hacen al amparo de la magnitud del reto al que se enfrentan: durante toda su vida, J.D. Salinger representó varios personajes a un tiempo, la mayoría de ellos en privado y uno en público, sobreactuados todos, y es dudoso que se pueda hallar sin más un común denominador a todas esas manifestaciones del escritor. Ahora bien, si bucear en la conciencia de un escritor a partir de sus escritos constituye siempre una tarea arriesgada, hacerlo a partir de sus silencios tiene todo el aspecto de un reto quijotesco con muchas probabilidades de degenerar en parodia. Nos enfrentamos a un problema epistemológico: la imagen de la caja negra que Skinner aplicaba a la mente humana se ve sustituida aquí por la del búnker donde Salinger trabajó durante más de la mitad de su vida, y sustituida de nuevo, después de su muerte, por la de la caja fuerte donde según algunas fuentes reposa su legado.

A propósito de ese legado, las muchas hipótesis que plantean Shields y Salerno al final del libro tienen la ventaja de ser falsables en gran medida: si es cierto que Salinger se recluyó para seguir escribiendo, esos escritos aparecerán a partir de 2015, y ganará fuerza el mito del autor instalado en la cúspide de la fama que ya solo escribe para sí mismo y para una lejana y ansiosa posteridad. En cambio, si no es así y no hay tales textos, habrá que optar por la hipótesis alternativa, a saber: que Salinger se bloqueó y fue incapaz de terminar nada después de “Hapworth 16, 1924”, su último y discutido relato aparecido en The New Yorker en 1965. También cabe la posibilidad de que esos textos aparezcan y sean ilegibles o, lo que es peor, mediocres: el mito sufrirá daños, inevitablemente.

Quizá lo más sorprendente (y desasosegante) de esta suerte de collage biográfico sea el modo en que coexisten dos tipos de superposición entre el personaje objeto de investigación y los sujetos de la misma, esto es, sus autores. “Al hacer relato de una vida de la que no soy autor en cuanto a la existencia, me hago su coautor en cuanto al sentido”, escribió Paul Ricoeur, comentando la singularidad del biógrafo como autor adoptivo. Shields y Salerno asumen la autoría de la trama sobre la vida de Salinger: localizan las fuentes, entrevistan a los supervivientes, dan relevancia a unos episodios sobre otros, diseccionan El guardián entre el centeno en busca de pruebas que legitimen su tesis de fondo, pero no consiguen, pese a todo, mostrarse coautores de una vida con sentido. Por todas partes siente el lector que se aproximan personajes arquetípicos, o simplemente célebres, a disputarse la identidad de Salinger, confundiéndola con la suya: no tanto Holden Caulfield cuanto una especie de híbrido de Gustave Flaubert y el señor Rochester de Jane Eyre. Uno no sabe a ciencia cierta si esta es la única biografía posible que podría escribirse sobre Salinger, un texto donde la voz principal subyace enterrada bajo docenas de voces no demasiado afinadas y en absoluto melodiosas, pero es probable que una biografía fracasada sea la mejor biografía imaginable sobre una vida fracasada.

[Publicado en El Cuaderno: Mensual de cultura, número 57, junio de 2014.]

Arquitectura soviética y narrativa epistolar

Bajaron algunos de Judea que enseñaban a los hermanos: «Si no os circuncidáis conforme a la costumbre mosaica, no podéis salvaros». Se produjo con esto una agitación y una discusión no pequeña de Pablo y Bernabé contra ellos; y decidieron que Pablo y Bernabé y algunos de ellos subieran a Jerusalén, donde los apóstoles y presbíteros, para tratar esta cuestión. Ellos, pues, enviados por la Iglesia, atravesaron Fenicia y Samaria, contando la conversión de los gentiles y produciendo gran alegría en todos los hermanos. Llegados a Jerusalén fueron recibidos por la Iglesia y por los apóstoles y presbíteros, y contaron cuanto Dios había hecho juntamente con ellos. Pero algunos de la secta de los fariseos, que habían abrazado la fe, se levantaron para decir que era necesario circuncidar a los gentiles y mandarles guardar la Ley de Moisés. Se reunieron entonces los apóstoles y presbíteros para tratar este asunto.

Hechos de los apóstoles, 15, 1-6

El_Greco_-_St._PaulPequeña tormenta perfecta en Podemos. Desencadenante: la epístola de Pablo Iglesias a los círculos, tanto a los gálatas como a los demás, anunciando una asamblea otoñal donde Podemos se reconstituya de acuerdo con sus dimensiones reales; en la misma carta Iglesias anuncia que presentará su propia propuesta de equipo para organizar esa asamblea constituyente.

La misiva no cae bien en los círculos, o al menos da esa impresión (una impresión fomentada en parte por la discusión en redes y en parte por el entusiasta artículo del diario El País, nunca sospechoso de actuar movido por intereses de clase o de partido). Lo cierto es que uno no sabe cuántos círculos se han manifestado contrarios a la iniciativa de Iglesias, ni cuántos la han apoyado, ni si cuentan lo mismo todos los círculos, sea cual sea su diámetro.

Los círculos, esto es, las asambleas (locales o en red) de simpatizantes y colaboradores de Podemos, son uno de los tres centros de este dispositivo que me niego a llamar “movimiento” (no lo es) y me resisto a llamar “partido” (aunque lo haré). Los otros dos centros, el de los llamados “notables” (el núcleo de la Universidad Complutense de Madrid: Iglesias, Errejón, Monedero, etc.) y el de los “orgánicos” (fundamentalmente Izquierda Anticapitalista, por su implantación territorial y su papel en la creación de Podemos), mantienen con el primero un frágil equilibrio a tres bandas.

Parte del éxito de Podemos hasta el momento tiene su explicación en ese equilibrio triangular. Ahora bien, aplicando un razonamiento puramente narrativo (el que más me conviene por trayectoria y experiencia), tampoco hay que ser un lince para darse cuenta de que, sean cuantos sean los centros de una estructura narrativa, a medida que la narración se dilata hay que reforzar esos pilares proporcionalmente, so pena de que la estructura entera se nos caiga encima.

En sus inicios, el peso de esos tres centros de Podemos no era el mismo: tanto el núcleo de la Complutense como Izquierda Anticapitalista pesaban más (producían más información, y por tanto más organización) que los círculos, es más, los círculos fueron emanación de los otros dos centros, no entidades preexistentes a Podemos, por más que en su creación se utilizaran estructuras (potencias) que ya existían. La proliferación de círculos y su metástasis los han vuelto problemáticos para la estructura original de Podemos. Pero, además, el peso de los notables no ha disminuido, al contrario: es un centro sólidamente apuntalado por el interés de los medios. ¿Qué ocurre, en cambio, con Izquierda Anticapitalista? Ocurre que su peso es el mismo de antes y, frente al peligro de volverse insignificante, podría optar por diluir su masa en los círculos, propiciando que un diseño elegantemente triangular se transforme en una estructura binaria, que es, de todas las posibles, la menos atractiva desde un punto de vista estético y la menos resistente desde un punto de vista arquitectónico: comprare usted una tienda de campaña con una hamaca y dígame cuál de las dos preferiría durante un temporal.

Rediseñar esa estructura es urgente y no puede hacerse sin fricciones, cuanto más públicas mejor: democracia es, entre otras cosas, eso. De ahí que quepa indignarse cuando un procedimiento es precipitado, de ahí que quepa (también) rectificar y resetear sin demasiado gasto de energía. Lo que no puede hacerse (no está en nuestras disposiciones anímicas, ni en nuestra memoria de experiencias pasadas) es actuar como si los demás acabaran de caerse de un guindo.

Photo: Copyright Timothy Allen . http://humanplanet.comLos círculos empiezan a ser conscientes de su poder transformador, pero los círculos no son células, ni organismos pluricelulares, sino más bien nichos ecológicos. Es así que, a día de hoy, cualquiera puede estar en Podemos sin ser parte de Podemos, de un modo análogo a como uno puede estar en un bar sin ser parte del bar: un cliente no es un taburete, ni una jarra de cerveza. Es innegable que hay que poner orden en esa metástasis, pero es muy discutible qué tipo de orden estaría dispuesto a aceptar cada uno de esos clientes, habituales o no, en cada uno de esos bares. Cabe optar por un modelo franquicia: los círculos como McDonald’s gestionados por los propios clientes y trabajadores. Cabe optar por un modelo asociación de hosteleros: cada círculo una entidad autónoma con su propia estructura orgánica y, levitando sobre todos ellos, una superestructura colegiada, representativa de esa pluralidad. No he elegido el símil al tuntún: bares y restaurantes suelen distinguir entre clientes y camareros, y en bares y restaurantes suele reservarse el derecho de admisión, pero también es cierto que la diferencia entre un cliente y un camarero no es cuestión de talento (uno no es cliente de un bar porque no sepa servir copas) y también lo es que no es lo mismo echar de un local a un borracho agresivo que impedir la entrada a alguien por ir mal vestido.

Todo esto es solo mi lectura, tan sesgada como pueda serlo cualquier otra. Desde luego, no tan objetiva como el relato de El País, con su semisótano y sus catorce mil carteles, pero tampoco tan desenfadada como el comunicado de Izquierda Anticapitalista, que estoy seguro de que pasaría el test de Turing sin demasiada dificultad. Probablemente estoy pasando por alto otros factores, pero, como diría mi amigo Iván Cepedal, no vamos a ponernos a hacer un DAFO a estas alturas.

¿Dónde está el problema? El problema está debajo del debate sobre el modelo organizativo, y solo encapsulado a medias en ese debate: se trata de un problema de fines, y no de medios, de valores, y no de utilidades, y de estrategias, y no de tácticas.

Un problema de fines. ¿Cuál es la finalidad de Podemos? ¿Construir una mayoría parlamentaria de izquierda y poner en práctica un programa de gobierno que solo en parte es compatible con el marco jurídico vigente? ¿Promover un proceso constituyente que dé al traste con ese marco jurídico e instaure un nuevo modelo político e institucional (y, por consiguiente, también territorial) en el Estado español? ¿Preparar institucionalmente el blindaje jurídico para un cambio social que vaya más allá de la asamblea constituyente, en el horizonte de una asamblea infinita?

Un problema de valores. ¿Es Podemos una herramienta en manos de los círculos, y por tanto un dispositivo útil o inútil pero no valioso en sí mismo? ¿O aspira Podemos a la excelencia política y su valor no lo es tanto en relación a las aspiraciones de los círculos como por el efecto contagio que pueda ejercer sobre el resto de partidos e instituciones? ¿Requiere la continuidad de Podemos una mínima estructura orgánica, o puede hacer frente a la metástasis a base de aplausos silenciosos? ¿Hay voluntad de debatir en red unos programas con más de un punto negro, o se impondrá el recurso al cliché para vender el humo de siempre y que solo lo compren los militantes con más tiempo libre y mayores dificultades de socialización?

Un problema de estrategias. ¿Está Podemos preparado para dirigir y canalizar todas y cada una de las mareas de resistencia hacia un escenario de proliferación de conflictos y desbordamiento del régimen, o su papel se agota en el razonamiento táctico de la constitución de un bloque de izquierda? ¿Debe dotarse Podemos con los mecanismos adecuados para integrar la colaboración e incluso la convergencia con otros partidos y procesos, o tiene crédito para seguir maniobrando al margen de esas realidades, como ha hecho con ocasión de la plataforma a favor del referéndum sobre la forma del Estado?

Ya me callo. Seguiremos hablando cuando por fin a alguien le apetezca plantear la cuestión de la composición de clase. Solo una puntualización final: el solo hecho de que alguien en las izquierdas españolas, por una vez en décadas, haya dado muestras de saber lo que se hace, debería ser razón suficiente para prestarle algo de confianza. No se trata de lealtad incondicional, sino de instinto de supervivencia. Por supuesto que duele, pero a nadie le han salido los dientes sin sufrir un poco, y a nadie le importa demasiado, sabiendo que la única alternativa a ese sufrimiento es la desnutrición. Suicide is painless.

Javier Cercas o la retórica de servicios prestados

“Lo primero que debemos recordar es que Franco no fue un político lanzado a la lucha por el Poder; fue un soldado a quien la Historia puso al frente de su Patria cuando ésta se vio irremediablemente arrastrada a una guerra civil. El General Franco intentó evitar aquella guerra; pero, una vez desatada, asumió su dirección e hizo cuanto estuvo en sus manos –y en ellas pusimos nuestra confianza– para conducirla a la victoria”.

Así glosaba Alfonso García Valdecasas en el diario ABC la figura del dictador. Era el 22 de noviembre de 1975, justo el mismo día en que Juan Carlos I era coronado rey de España.

francohamuertoLas loas a Franco, fúnebres o no, son en sí mismas todo un subgénero literario, y hasta una parafilia. Pocas superan los arrebatos neuroépicos de Ernesto Giménez Caballero (“De paso lento y firme, de entrañas implacables y de rostro impasible. Tipo cesáreo, que no vaciló en la guerra. No ha vacilado en la paz –ni vacilará en lo que viene– caiga quien caiga. Sereno, impávido; broncíneo –ese hombre misterioso que casi nadie conoce bien de cerca, pero que todo un pueblo presiente alucinado que le lleva a una gloria cierta y mayor que las pasadas”). Pero son mucho más sintomáticas y elocuentes las comparativamente más discretas palabras de García Valdecasas, cofundador de la Falange (se dice que fue él quien le dio el nombre) y converso a la causa de Juan de Borbón aunque con la boca pequeña: definen ostensivamente la retórica de servicios prestados que tanto se lleva en bodas, funerales y abdicaciones, y de la cual estamos últimamente bien servidos.

Son textos que guiñan constantemente un ojo y lanzan señales solo para iniciados. Aquellos que comprenden las reglas no escritas de la tribu, descodifican automáticamente esas señales y tienden a valorarlas en consonancia con su particular sistema de creencias, mientras que los observadores externos, por muy avisados que estén de las peculiaridades del grupo y su lenguaje, no pueden evitar una sensación de extrañeza y hasta de cierta vergüenza ajena que puede resolverse en risita involuntaria o en carcajada despectiva, dependiendo de lo que a uno le importe herir los sentimientos de la tribu. Es lo que nos ocurre a menudo a los adultos con los sistemas de signos de los niños o de los adolescentes: no podemos evitar una sonrisa o una burla, aun siendo conscientes de que, a su edad, también nosotros participábamos de un código similar, que nos parecía tan sólido e incontrovertible como nuestra propia superioridad moral sobre el mundo adulto.

Es evidente que se trata de textos hagiográficos: cumplen, como las vidas de los santos, una función evangelizadora, tratan de ilustrar al que no sabe pero, al mismo tiempo, dan por sentado que es casi imposible no saber lo sabido: las virtudes del santo son indiscutibles, forman parte de un relato que todo el mundo conoce salvo el que por vicio o ignorancia (suponiendo que sean cosas diferentes) se sitúa al margen del consenso. En ellos la exageración es norma, pero no menos normal es la falsificación del pasado, más propia del relato de aventuras que de la historiografía. La épica del sacrificio es una constante. También lo es el optimismo histórico, la constatación triunfal de que, si este es el mejor de los mundos posibles, lo es gracias a los sacrificios del sufrido protagonista.

La abdicación del rey Juan Carlos I ha inundado los medios de hagiografías similares. Esa sobreabundancia no es casual, ni obedece a una demanda ciudadana de poesía laudatoria. Antes bien, es inducida por el propio sistema de reparto de poder que se beneficia de ella. No trata de elevar a los altares a un aspirante a la gloria, sino de mantener en ellos a una figura discutida o en trance de serlo en un momento tan crítico como un fallecimiento: una abdicación. Las páginas del diario El País están repletas de textos de ese tipo. Pocos tan elocuentes como el firmado por Javier Cercas con el título “Sin el Rey no habría democracia”.

Gran parte de la carrera literaria de Javier Cercas hunde sus raíces en la poética de la transición. Sus dos mayores éxitos, Soldados de Salamina y Anatomía de un instante, vienen a ser los Argonath entre los que discurre el relato oficial de nuestra historia reciente: el primero profundiza en la herida mítica, hesiódica, que creó nuestro presente (la guerra entre hermanos que propició rencores y venganzas y que no se cierra ni debe cerrarse porque eso solo podría hacerse a condición de abandonar la equidistancia y romper el equilibrio de la corresponsabilidad de ambos bandos) y el segundo reconstruye el sacrificio lustral, homérico, que inauguró nuestro futuro (el del rey, naturalmente, alzándose en la noche del 23F como un titán brumoso pero inalcanzable, frente a la mediocridad no menos ejemplar de Adolfo Suárez, espejo donde mirarse el español honrado). La suya es, por tanto, una voz autorizada, la más indicada para glosar la figura del rey recién abdicado, trasfundir sangre nueva al relato de sus tribulaciones y conjurar los peligros del tiempo que se abre tras la abdicación.

Argonath1“Sin el Rey no habría democracia” reúne, desde su título, todos los elementos distintivos de esa retórica de servicios prestados. Se trata de un texto cuya comprensión requiere haber vivido en España durante un par de décadas al menos, o haber estado en contacto con alguien que tuviera esa experiencia, o haber sido, en resumen, socializado a la española: requiere pertenecer a la tribu. Un observador externo, un etnógrafo o un periodista extranjero sin demasiada formación en los asuntos domésticos del reino de España, tal vez tendría dificultades para desentrañar qué quiere decir Cercas con que “sin el Rey, quizá no hubiera habido democracia, o no la hubiera habido tal y como la conocemos, o hubiera tardado años en llegar” [las cursivas son mías]; desde luego, le habría costado tanto como a cualquier español averiguar cómo se llega, desde esa ambigua descripción de las aportaciones juancarlistas a la democracia indefinida, al enunciado taxativo que da título al artículo. Claro que el lector español, o el iniciado en la españolidad transicional, comparte muy probablemente la adhesión de Cercas al relato fundacional de la democracia española, de modo que no necesitará explicaciones supletorias. Salvo que sea muy rojo o muy mal patriota o catalán perdido, el pobre. O demasiado joven. O bien un “memo”, o un “hipócrita”, o un “loco”.

Al lector no iniciado podría resultarle extraño que la pasión hagiográfica de Cercas no remita aquí a hecho alguno, ni a talento alguno, ni a ninguna hazaña especial. Eso es porque es hagiográfica, ni más ni menos, ya que la retórica de servicios prestados trata de santos, no de héroes: el héroe hace cosas, pero el santo, en el fondo, lo es por la gracia de Dios (por esa misma gracia era Franco caudillo de España), de modo que no le es indispensable hacer cosas, solo padecerlas (como los mártires), ni tener talento alguno, solo ser elegido, o ser muy simple (o tener mucha paciencia). Al rey no se le atribuye ninguna cualidad de origen humano: todos sus esfuerzos, todos sus sacrificios, todos sus méritos, tienen su explicación en el universal, no en el individuo: se explican por su condición de rey, son simples prolongaciones de su majestad real. Así, si el rey paró el golpe del 23F porque solo él podía hacerlo, y solo él podía hacerlo porque solo él era rey, y si por ello debemos estarle agradecidos, la conclusión lógica es que debemos estarle agradecidos no porque parase el golpe sino por ser rey, esto es: le debemos gratitud tan solo por su posición y a causa de nuestra no elegida condición de súbditos. Ciertamente, como hagiografía es un poco ofensiva.

Al igual que Franco, según García Valdecasas, no escogió ponerse al frente de su Patria, sino que fue elegido por la Historia, tampoco el rey escogió esta democracia, aunque contribuyera “de manera decisiva” a instaurarla: una democracia “frágil, pobre y escasa”, que tras casi cuarenta años no ha conseguido volverse “fuerte, rica y abundante”, a pesar de que esos años han sido “los mejores de nuestra historia moderna, los de mayor libertad y prosperidad”. Ni Franco ni el rey tienen la culpa del carácter español: la santidad del segundo apenas alcanzó a impedir que nos abriéramos unos a otros en canal, pero solo eso ya puede ser considerado un milagro, habida cuenta del “ominoso conflicto civil que el mundo entero auguraba para nuestro país a la salida de la dictadura”. He aquí otra característica de la retórica de servicios prestados: su optimismo histórico es compatible con un pesimismo antropológico extremo: el santo nos da a elegir entre él o la antropofagia.

Puede ser objeto de debate cuántos lectores de García Valdecasas se reconocían en sus guiños emocionados y asentían conteniendo una lágrima, pero no parece que queden hoy día muchos de aquellos entusiastas de 1975, ni siquiera entre los franquistas. Uno lee en 2014 esas parodias involuntarias, o las muchas que pergeñaron Giménez Caballero, Pedro Laín Entralgo, José Antonio Maravall y tutti quanti, y no puede dejar de debatirse entre la sonrisa condescendiente y la carcajada liberadora: hay algo inimitablemente muerto en esas palabras fosilizadas, algo que mueve a la vergüenza o al desprecio. De un modo análogo, no es muy aventurado afirmar que el artículo de Cercas moverá a reacciones análogas en un futuro no muy lejano. Tal vez sería apropiado preguntarse cuántas adhesiones suscita en el presente.

Sin proponérselo, Javier Cercas nos ha brindado un procedimiento de decisión mucho más significativo y vinculante que un referéndum sobre monarquía o república: leer “Sin el Rey no habría democracia” y no pestañear, no sonreír ni avergonzarse sino asentir sin perder la serenidad, sería un sí inequívoco a la continuidad de los borbones y, con ellos, de todo el tinglado de la transición. Pongámoslo en práctica. Que ese sea nuestro particular Pacto de San Sebastián.