Autor: Xandru Fernández

Nosotros somos los muertos

Los pájaros cantaban; los proles cantaban también, pero el Partido no cantaba. Por todo el mundo, en Londres y en Nueva York, en África y en el Brasil, así como en las tierras prohibidas más allá de las fronteras, en las calles de París o Berlín, en las aldeas de la interminable llanura rusa, en los bazares de China y del Japón, por todas partes existía la misma figura inconquistable, el mismo cuerpo deformado por el trabajo y por los partos, en lucha permanente desde el nacer al morir, y que sin embargo cantaba. De esas poderosas entrañas nacería antes o después una raza de seres conscientes. «Nosotros somos los muertos; el futuro es de ellos», pensó Winston, pero era posible participar de ese futuro si se mantenía alerta la mente como ellos, los proles, mantenían vivos sus cuerpos. Todo el secreto estaba en pasarse de unos a otros la doctrina secreta de que dos y dos son cuatro.

-Nosotros somos los muertos -dijo Winston.

-Nosotros somos los muertos -repitió Julia con obediencia escolar.

-Vosotros sois los muertos -dijo una voz de hierro tras ellos.

George Orwell, 1984

Por todas partes, señales de descomposición. La mierda que sale a flote: Fernández Villa, el sindicalista millonario, expulsado sin audiencia ni juicio de un PSOE que durante décadas fue indistinguible del villismo; las tarjetas negras de una casta que niega serlo y a la que incluso nos resistimos a llamar así por aquello de no caer en simplificaciones cuando lo que debería preocuparnos es no caer en complicidades; la inenarrable indecencia de un gobierno que a fuerza de jugar al escorpión se ha clavado a sí mismo un aguijón infectado con el ébola; la última payasada de Artur Mas o cómo tomar a los catalanes por idiotas y al resto del mundo por testaferros de sus cobardías y sus hipotecas.

Esto no da más de sí. Podemos recurrir a metáforas teatrales para describir cómo se ha caído el escenario y la tramoya ha salido a escena y se ven los cables y los engranajes y nada convence, ni el libreto, ni la interpretación, ni el decorado, pero hasta eso sería echarle demasiada pasión a un relato de circunstancias. Esto se agota porque estamos agotados. Esto se acaba porque sí y también porque no. Si alguna duda nos queda, será una duda más ética que política: si somos parte del problema o de la solución. Si estamos muertos o vivos. Si somos capaces de deshacernos de décadas de clichés y frases hechas o apostamos simplemente por hundirnos con un barco que ni fletamos ni disfrutamos ni nos proveyó siquiera de chalecos salvavidas.