De re publica

Arquitectura soviética y narrativa epistolar

Bajaron algunos de Judea que enseñaban a los hermanos: «Si no os circuncidáis conforme a la costumbre mosaica, no podéis salvaros». Se produjo con esto una agitación y una discusión no pequeña de Pablo y Bernabé contra ellos; y decidieron que Pablo y Bernabé y algunos de ellos subieran a Jerusalén, donde los apóstoles y presbíteros, para tratar esta cuestión. Ellos, pues, enviados por la Iglesia, atravesaron Fenicia y Samaria, contando la conversión de los gentiles y produciendo gran alegría en todos los hermanos. Llegados a Jerusalén fueron recibidos por la Iglesia y por los apóstoles y presbíteros, y contaron cuanto Dios había hecho juntamente con ellos. Pero algunos de la secta de los fariseos, que habían abrazado la fe, se levantaron para decir que era necesario circuncidar a los gentiles y mandarles guardar la Ley de Moisés. Se reunieron entonces los apóstoles y presbíteros para tratar este asunto.

Hechos de los apóstoles, 15, 1-6

El_Greco_-_St._PaulPequeña tormenta perfecta en Podemos. Desencadenante: la epístola de Pablo Iglesias a los círculos, tanto a los gálatas como a los demás, anunciando una asamblea otoñal donde Podemos se reconstituya de acuerdo con sus dimensiones reales; en la misma carta Iglesias anuncia que presentará su propia propuesta de equipo para organizar esa asamblea constituyente.

La misiva no cae bien en los círculos, o al menos da esa impresión (una impresión fomentada en parte por la discusión en redes y en parte por el entusiasta artículo del diario El País, nunca sospechoso de actuar movido por intereses de clase o de partido). Lo cierto es que uno no sabe cuántos círculos se han manifestado contrarios a la iniciativa de Iglesias, ni cuántos la han apoyado, ni si cuentan lo mismo todos los círculos, sea cual sea su diámetro.

Los círculos, esto es, las asambleas (locales o en red) de simpatizantes y colaboradores de Podemos, son uno de los tres centros de este dispositivo que me niego a llamar “movimiento” (no lo es) y me resisto a llamar “partido” (aunque lo haré). Los otros dos centros, el de los llamados “notables” (el núcleo de la Universidad Complutense de Madrid: Iglesias, Errejón, Monedero, etc.) y el de los “orgánicos” (fundamentalmente Izquierda Anticapitalista, por su implantación territorial y su papel en la creación de Podemos), mantienen con el primero un frágil equilibrio a tres bandas.

Parte del éxito de Podemos hasta el momento tiene su explicación en ese equilibrio triangular. Ahora bien, aplicando un razonamiento puramente narrativo (el que más me conviene por trayectoria y experiencia), tampoco hay que ser un lince para darse cuenta de que, sean cuantos sean los centros de una estructura narrativa, a medida que la narración se dilata hay que reforzar esos pilares proporcionalmente, so pena de que la estructura entera se nos caiga encima.

En sus inicios, el peso de esos tres centros de Podemos no era el mismo: tanto el núcleo de la Complutense como Izquierda Anticapitalista pesaban más (producían más información, y por tanto más organización) que los círculos, es más, los círculos fueron emanación de los otros dos centros, no entidades preexistentes a Podemos, por más que en su creación se utilizaran estructuras (potencias) que ya existían. La proliferación de círculos y su metástasis los han vuelto problemáticos para la estructura original de Podemos. Pero, además, el peso de los notables no ha disminuido, al contrario: es un centro sólidamente apuntalado por el interés de los medios. ¿Qué ocurre, en cambio, con Izquierda Anticapitalista? Ocurre que su peso es el mismo de antes y, frente al peligro de volverse insignificante, podría optar por diluir su masa en los círculos, propiciando que un diseño elegantemente triangular se transforme en una estructura binaria, que es, de todas las posibles, la menos atractiva desde un punto de vista estético y la menos resistente desde un punto de vista arquitectónico: comprare usted una tienda de campaña con una hamaca y dígame cuál de las dos preferiría durante un temporal.

Rediseñar esa estructura es urgente y no puede hacerse sin fricciones, cuanto más públicas mejor: democracia es, entre otras cosas, eso. De ahí que quepa indignarse cuando un procedimiento es precipitado, de ahí que quepa (también) rectificar y resetear sin demasiado gasto de energía. Lo que no puede hacerse (no está en nuestras disposiciones anímicas, ni en nuestra memoria de experiencias pasadas) es actuar como si los demás acabaran de caerse de un guindo.

Photo: Copyright Timothy Allen . http://humanplanet.comLos círculos empiezan a ser conscientes de su poder transformador, pero los círculos no son células, ni organismos pluricelulares, sino más bien nichos ecológicos. Es así que, a día de hoy, cualquiera puede estar en Podemos sin ser parte de Podemos, de un modo análogo a como uno puede estar en un bar sin ser parte del bar: un cliente no es un taburete, ni una jarra de cerveza. Es innegable que hay que poner orden en esa metástasis, pero es muy discutible qué tipo de orden estaría dispuesto a aceptar cada uno de esos clientes, habituales o no, en cada uno de esos bares. Cabe optar por un modelo franquicia: los círculos como McDonald’s gestionados por los propios clientes y trabajadores. Cabe optar por un modelo asociación de hosteleros: cada círculo una entidad autónoma con su propia estructura orgánica y, levitando sobre todos ellos, una superestructura colegiada, representativa de esa pluralidad. No he elegido el símil al tuntún: bares y restaurantes suelen distinguir entre clientes y camareros, y en bares y restaurantes suele reservarse el derecho de admisión, pero también es cierto que la diferencia entre un cliente y un camarero no es cuestión de talento (uno no es cliente de un bar porque no sepa servir copas) y también lo es que no es lo mismo echar de un local a un borracho agresivo que impedir la entrada a alguien por ir mal vestido.

Todo esto es solo mi lectura, tan sesgada como pueda serlo cualquier otra. Desde luego, no tan objetiva como el relato de El País, con su semisótano y sus catorce mil carteles, pero tampoco tan desenfadada como el comunicado de Izquierda Anticapitalista, que estoy seguro de que pasaría el test de Turing sin demasiada dificultad. Probablemente estoy pasando por alto otros factores, pero, como diría mi amigo Iván Cepedal, no vamos a ponernos a hacer un DAFO a estas alturas.

¿Dónde está el problema? El problema está debajo del debate sobre el modelo organizativo, y solo encapsulado a medias en ese debate: se trata de un problema de fines, y no de medios, de valores, y no de utilidades, y de estrategias, y no de tácticas.

Un problema de fines. ¿Cuál es la finalidad de Podemos? ¿Construir una mayoría parlamentaria de izquierda y poner en práctica un programa de gobierno que solo en parte es compatible con el marco jurídico vigente? ¿Promover un proceso constituyente que dé al traste con ese marco jurídico e instaure un nuevo modelo político e institucional (y, por consiguiente, también territorial) en el Estado español? ¿Preparar institucionalmente el blindaje jurídico para un cambio social que vaya más allá de la asamblea constituyente, en el horizonte de una asamblea infinita?

Un problema de valores. ¿Es Podemos una herramienta en manos de los círculos, y por tanto un dispositivo útil o inútil pero no valioso en sí mismo? ¿O aspira Podemos a la excelencia política y su valor no lo es tanto en relación a las aspiraciones de los círculos como por el efecto contagio que pueda ejercer sobre el resto de partidos e instituciones? ¿Requiere la continuidad de Podemos una mínima estructura orgánica, o puede hacer frente a la metástasis a base de aplausos silenciosos? ¿Hay voluntad de debatir en red unos programas con más de un punto negro, o se impondrá el recurso al cliché para vender el humo de siempre y que solo lo compren los militantes con más tiempo libre y mayores dificultades de socialización?

Un problema de estrategias. ¿Está Podemos preparado para dirigir y canalizar todas y cada una de las mareas de resistencia hacia un escenario de proliferación de conflictos y desbordamiento del régimen, o su papel se agota en el razonamiento táctico de la constitución de un bloque de izquierda? ¿Debe dotarse Podemos con los mecanismos adecuados para integrar la colaboración e incluso la convergencia con otros partidos y procesos, o tiene crédito para seguir maniobrando al margen de esas realidades, como ha hecho con ocasión de la plataforma a favor del referéndum sobre la forma del Estado?

Ya me callo. Seguiremos hablando cuando por fin a alguien le apetezca plantear la cuestión de la composición de clase. Solo una puntualización final: el solo hecho de que alguien en las izquierdas españolas, por una vez en décadas, haya dado muestras de saber lo que se hace, debería ser razón suficiente para prestarle algo de confianza. No se trata de lealtad incondicional, sino de instinto de supervivencia. Por supuesto que duele, pero a nadie le han salido los dientes sin sufrir un poco, y a nadie le importa demasiado, sabiendo que la única alternativa a ese sufrimiento es la desnutrición. Suicide is painless.

Javier Cercas o la retórica de servicios prestados

“Lo primero que debemos recordar es que Franco no fue un político lanzado a la lucha por el Poder; fue un soldado a quien la Historia puso al frente de su Patria cuando ésta se vio irremediablemente arrastrada a una guerra civil. El General Franco intentó evitar aquella guerra; pero, una vez desatada, asumió su dirección e hizo cuanto estuvo en sus manos –y en ellas pusimos nuestra confianza– para conducirla a la victoria”.

Así glosaba Alfonso García Valdecasas en el diario ABC la figura del dictador. Era el 22 de noviembre de 1975, justo el mismo día en que Juan Carlos I era coronado rey de España.

francohamuertoLas loas a Franco, fúnebres o no, son en sí mismas todo un subgénero literario, y hasta una parafilia. Pocas superan los arrebatos neuroépicos de Ernesto Giménez Caballero (“De paso lento y firme, de entrañas implacables y de rostro impasible. Tipo cesáreo, que no vaciló en la guerra. No ha vacilado en la paz –ni vacilará en lo que viene– caiga quien caiga. Sereno, impávido; broncíneo –ese hombre misterioso que casi nadie conoce bien de cerca, pero que todo un pueblo presiente alucinado que le lleva a una gloria cierta y mayor que las pasadas”). Pero son mucho más sintomáticas y elocuentes las comparativamente más discretas palabras de García Valdecasas, cofundador de la Falange (se dice que fue él quien le dio el nombre) y converso a la causa de Juan de Borbón aunque con la boca pequeña: definen ostensivamente la retórica de servicios prestados que tanto se lleva en bodas, funerales y abdicaciones, y de la cual estamos últimamente bien servidos.

Son textos que guiñan constantemente un ojo y lanzan señales solo para iniciados. Aquellos que comprenden las reglas no escritas de la tribu, descodifican automáticamente esas señales y tienden a valorarlas en consonancia con su particular sistema de creencias, mientras que los observadores externos, por muy avisados que estén de las peculiaridades del grupo y su lenguaje, no pueden evitar una sensación de extrañeza y hasta de cierta vergüenza ajena que puede resolverse en risita involuntaria o en carcajada despectiva, dependiendo de lo que a uno le importe herir los sentimientos de la tribu. Es lo que nos ocurre a menudo a los adultos con los sistemas de signos de los niños o de los adolescentes: no podemos evitar una sonrisa o una burla, aun siendo conscientes de que, a su edad, también nosotros participábamos de un código similar, que nos parecía tan sólido e incontrovertible como nuestra propia superioridad moral sobre el mundo adulto.

Es evidente que se trata de textos hagiográficos: cumplen, como las vidas de los santos, una función evangelizadora, tratan de ilustrar al que no sabe pero, al mismo tiempo, dan por sentado que es casi imposible no saber lo sabido: las virtudes del santo son indiscutibles, forman parte de un relato que todo el mundo conoce salvo el que por vicio o ignorancia (suponiendo que sean cosas diferentes) se sitúa al margen del consenso. En ellos la exageración es norma, pero no menos normal es la falsificación del pasado, más propia del relato de aventuras que de la historiografía. La épica del sacrificio es una constante. También lo es el optimismo histórico, la constatación triunfal de que, si este es el mejor de los mundos posibles, lo es gracias a los sacrificios del sufrido protagonista.

La abdicación del rey Juan Carlos I ha inundado los medios de hagiografías similares. Esa sobreabundancia no es casual, ni obedece a una demanda ciudadana de poesía laudatoria. Antes bien, es inducida por el propio sistema de reparto de poder que se beneficia de ella. No trata de elevar a los altares a un aspirante a la gloria, sino de mantener en ellos a una figura discutida o en trance de serlo en un momento tan crítico como un fallecimiento: una abdicación. Las páginas del diario El País están repletas de textos de ese tipo. Pocos tan elocuentes como el firmado por Javier Cercas con el título “Sin el Rey no habría democracia”.

Gran parte de la carrera literaria de Javier Cercas hunde sus raíces en la poética de la transición. Sus dos mayores éxitos, Soldados de Salamina y Anatomía de un instante, vienen a ser los Argonath entre los que discurre el relato oficial de nuestra historia reciente: el primero profundiza en la herida mítica, hesiódica, que creó nuestro presente (la guerra entre hermanos que propició rencores y venganzas y que no se cierra ni debe cerrarse porque eso solo podría hacerse a condición de abandonar la equidistancia y romper el equilibrio de la corresponsabilidad de ambos bandos) y el segundo reconstruye el sacrificio lustral, homérico, que inauguró nuestro futuro (el del rey, naturalmente, alzándose en la noche del 23F como un titán brumoso pero inalcanzable, frente a la mediocridad no menos ejemplar de Adolfo Suárez, espejo donde mirarse el español honrado). La suya es, por tanto, una voz autorizada, la más indicada para glosar la figura del rey recién abdicado, trasfundir sangre nueva al relato de sus tribulaciones y conjurar los peligros del tiempo que se abre tras la abdicación.

Argonath1“Sin el Rey no habría democracia” reúne, desde su título, todos los elementos distintivos de esa retórica de servicios prestados. Se trata de un texto cuya comprensión requiere haber vivido en España durante un par de décadas al menos, o haber estado en contacto con alguien que tuviera esa experiencia, o haber sido, en resumen, socializado a la española: requiere pertenecer a la tribu. Un observador externo, un etnógrafo o un periodista extranjero sin demasiada formación en los asuntos domésticos del reino de España, tal vez tendría dificultades para desentrañar qué quiere decir Cercas con que “sin el Rey, quizá no hubiera habido democracia, o no la hubiera habido tal y como la conocemos, o hubiera tardado años en llegar” [las cursivas son mías]; desde luego, le habría costado tanto como a cualquier español averiguar cómo se llega, desde esa ambigua descripción de las aportaciones juancarlistas a la democracia indefinida, al enunciado taxativo que da título al artículo. Claro que el lector español, o el iniciado en la españolidad transicional, comparte muy probablemente la adhesión de Cercas al relato fundacional de la democracia española, de modo que no necesitará explicaciones supletorias. Salvo que sea muy rojo o muy mal patriota o catalán perdido, el pobre. O demasiado joven. O bien un “memo”, o un “hipócrita”, o un “loco”.

Al lector no iniciado podría resultarle extraño que la pasión hagiográfica de Cercas no remita aquí a hecho alguno, ni a talento alguno, ni a ninguna hazaña especial. Eso es porque es hagiográfica, ni más ni menos, ya que la retórica de servicios prestados trata de santos, no de héroes: el héroe hace cosas, pero el santo, en el fondo, lo es por la gracia de Dios (por esa misma gracia era Franco caudillo de España), de modo que no le es indispensable hacer cosas, solo padecerlas (como los mártires), ni tener talento alguno, solo ser elegido, o ser muy simple (o tener mucha paciencia). Al rey no se le atribuye ninguna cualidad de origen humano: todos sus esfuerzos, todos sus sacrificios, todos sus méritos, tienen su explicación en el universal, no en el individuo: se explican por su condición de rey, son simples prolongaciones de su majestad real. Así, si el rey paró el golpe del 23F porque solo él podía hacerlo, y solo él podía hacerlo porque solo él era rey, y si por ello debemos estarle agradecidos, la conclusión lógica es que debemos estarle agradecidos no porque parase el golpe sino por ser rey, esto es: le debemos gratitud tan solo por su posición y a causa de nuestra no elegida condición de súbditos. Ciertamente, como hagiografía es un poco ofensiva.

Al igual que Franco, según García Valdecasas, no escogió ponerse al frente de su Patria, sino que fue elegido por la Historia, tampoco el rey escogió esta democracia, aunque contribuyera “de manera decisiva” a instaurarla: una democracia “frágil, pobre y escasa”, que tras casi cuarenta años no ha conseguido volverse “fuerte, rica y abundante”, a pesar de que esos años han sido “los mejores de nuestra historia moderna, los de mayor libertad y prosperidad”. Ni Franco ni el rey tienen la culpa del carácter español: la santidad del segundo apenas alcanzó a impedir que nos abriéramos unos a otros en canal, pero solo eso ya puede ser considerado un milagro, habida cuenta del “ominoso conflicto civil que el mundo entero auguraba para nuestro país a la salida de la dictadura”. He aquí otra característica de la retórica de servicios prestados: su optimismo histórico es compatible con un pesimismo antropológico extremo: el santo nos da a elegir entre él o la antropofagia.

Puede ser objeto de debate cuántos lectores de García Valdecasas se reconocían en sus guiños emocionados y asentían conteniendo una lágrima, pero no parece que queden hoy día muchos de aquellos entusiastas de 1975, ni siquiera entre los franquistas. Uno lee en 2014 esas parodias involuntarias, o las muchas que pergeñaron Giménez Caballero, Pedro Laín Entralgo, José Antonio Maravall y tutti quanti, y no puede dejar de debatirse entre la sonrisa condescendiente y la carcajada liberadora: hay algo inimitablemente muerto en esas palabras fosilizadas, algo que mueve a la vergüenza o al desprecio. De un modo análogo, no es muy aventurado afirmar que el artículo de Cercas moverá a reacciones análogas en un futuro no muy lejano. Tal vez sería apropiado preguntarse cuántas adhesiones suscita en el presente.

Sin proponérselo, Javier Cercas nos ha brindado un procedimiento de decisión mucho más significativo y vinculante que un referéndum sobre monarquía o república: leer “Sin el Rey no habría democracia” y no pestañear, no sonreír ni avergonzarse sino asentir sin perder la serenidad, sería un sí inequívoco a la continuidad de los borbones y, con ellos, de todo el tinglado de la transición. Pongámoslo en práctica. Que ese sea nuestro particular Pacto de San Sebastián.

Confluyan con precaución

Parece que a Podemos le va a resultar más difícil explicar cómo funciona qué cuál es su programa. Las últimas horas nos han servido un quintal de ejemplos de que un millón doscientos mil votos son demasiados como para ignorar los clichés más habituales en las discusiones políticas, no digamos ya en los medios. Acostumbrados como estamos a que las declaraciones públicas de los dirigentes de los partidos procedan formalmente de una deliberación interna (cliché: no es precisamente infrecuente que esos dirigentes declaren lo que les viene en gana, calibrando solo los equilibrios de poder de los que depende su posición), puede provocar cierta estupefacción que Jiménez Villarejo opine según qué cosas (cliché: tampoco es infrecuente que confundamos la representación política con la ideológica, como si al dar nuestro voto a un candidato para que represente nuestra voluntad le autorizáramos también a ser portavoz de nuestras opiniones). No menos acostumbrados a que los partidos sean organizaciones con carné y cuotas (cliché: es facilísimo sacarse el carné de un partido, a pesar de dar la impresión de ser clubs privados y selectos), no es menor la perplejidad que provoca ser invitado, sin más, a participar en un círculo o asamblea (cliché: no es del todo cierto que la burocracia de los partidos sea el gran obstáculo a la participación ciudadana). Pero cuidado: no es desdeñable el peso de los clichés dentro de Podemos, y es así que hemos podido recabar opiniones contrarias a una confluencia con Izquierda Unida desde el argumento del asamblearismo (como si a Izquierda Unida o a quien fuese le costara mucho aplicar el clásico método del desembarco de militantes y colonizar uno a uno los círculos de Podemos) o desde el pseudoargumento de la pureza (como si los círculos estuviesen abiertos a todos salvo a aquellos manchados por no se sabe qué impurezas). Cierto que, tanto dentro como fuera, estos ejemplos son menos que anecdóticos, pero abren más de un interrogante sobre el tipo de relación que se quiere articular entre movimiento partido e instituciones.

No es ningún secreto que el horizonte de Podemos es el de un proceso constituyente, y no es ningún misterio que en un proceso constituyente el músculo es parte del mensaje. Leer este momento en clave frentista, bajo consignas del tipo “parar a la derecha”, por muy tentador que pueda ser, ni es meritorio, ni realista. No es realista porque quedarse en construir una mayoría parlamentaria y una opción de gobierno de izquierda bloquearía cualquier posibilidad de hacer saltar el marco constitucional (aunque otra cosa es que pueda hacerse saltar ese marco sin construir esa mayoría). No es meritorio porque, como decía aquel personaje de Braveheart, no nos hemos vestido así para nada: se ha puesto en marcha algo demasiado grande como para pretender redirigirlo ahora hacia un vis a vis de mayorías y minorías.

Es inevitable que en la fase actual del movimiento (más de afluencias que de confluencias, me parece) triunfen en Podemos los discursos apofáticos, más efectivos en negar que Podemos sea esto o aquello que en definirlo con claridad y exactitud. Pero Podemos no es un incognoscible, de modo que algún paso habrá que dar hacia una clarificación colectiva, extramuros, que no requiera un curso acelerado de política spinozista. Personalmente creo que el modelo organizativo de Podemos aguantará sin demasiadas tensiones, no por su solidez, sino por su capacidad de adaptación e innovación. No obstante, habrá que prepararse para pulir algún tipo de discurso catafático, del tipo “esto es así” (un discurso que recoja la realidad efectiva, conductual, de Podemos), que evite los debates estériles, sobre todo en los medios. Las experiencias del 15M y de las CUP así lo aconsejan.

Es texto largo

Vamos poco a poco aterrizando, unos más rápido que otros, después de unas elecciones elocuentes y atípicas, y yo supongo que a estas alturas ya se habrán producido dimisiones y ceses en el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS), cuyos técnicos fueron absolutamente incapaces de prever el ascenso de Podemos y las verdaderas dimensiones del declive del bipartidismo. A propósito de esta enésima cagada metedura de pata del CIS, una página web cometía hoy un lapsus muy significativo: “Los resultados comienzan a ofrecer dudas de si la mitología del CIS se adapta a las nuevas realidades sociopolíticas del país”. Seguro que el redactor quiso decir “metodología”, pero el azar o el corrector o ambos pusieron las cosas en su sitio, pues no es otra cosa que mitología lo que entorpece tanto la capacidad predictiva de las encuestas como las posibilidades reales de un cambio social en España. El caso de Podemos es un buen ejemplo, tal vez el ejemplo.

En los últimos meses he estado muy pendiente de la evolución de Podemos, al principio con más dudas que certezas, hasta implicarme finalmente, en la medida de mis posibilidades (no sin dudas, nunca sin dudas, ni en esto ni en nada), en un proyecto que empieza ahora, y no antes. Por cierto que no he podido dejar de observar cómo algunas voces entusiastas de primera hora se desinflaban a medida que avanzaba la campaña electoral, tal vez poniéndose la tirita ante una previsible herida, para regresar hoy, como si nada, a aquella efervescencia inicial. Pero dejemos eso para otro momento. Quedémonos con esas expresiones de entusiasmo y proyectémoslas donde mejor se vean para mejor analizarlas. Y la pantalla ideal para hacerlo es, a día de hoy, Izquierda Unida.

Izquierda Unida (La Izquierda Plural) ha obtenido 6 eurodiputados y un 9,99 % de los votos. En 2009 fueron 2 diputados y un 3,8 %. Eso se llama triplicar, y es un dato no solo aritmético, sino político, que nadie debería infravalorar, so pena de querer quedar a la altura de un técnico del CIS. Que entre buena parte de la militancia de Izquierda Unida y muchos de sus cuadros se haya extendido hoy una sombra de frustración, solo atenuada por la evidencia de sus buenos resultados, nos permite medir el alcance de la apuesta de Podemos (5 diputados y un 7,97 % de los votos). Nadie lo dice (o yo no lo he oído), pero en muchas miradas parece asomar un reproche dirigido no se sabe a quién: “Esto lo deberíamos haber hecho nosotros”. “Sí, pero la cara de Pablo Iglesias en las papeletas…”, amaga el superego del centralismo burocrático, intentando todavía convencerse de que la disensión es esa, solamente esa y nada menos que esa.

Sea como fuere, que tanto Willy Meyer como Cayo Lara hayan hecho un llamamiento a un “proceso de confluencia” con Podemos es un gesto importante que abre más puertas de las que cierra. Otra cosa es lo que signifique “proceso de confluencia”, y no es menos cierto que se prevén sonoras dificultades a la hora de entender cómo entenderse con algo que, en cada uno de sus movimientos, desborda tanto las ambiciones como las potencialidades de los partidos clásicos. Será complicado establecer unas reglas de juego si al menos uno de los jugadores no reconoce el tablero, y si a eso le sumamos que, en este caso, los tableros son muchos, el pronóstico es que el romance, si lo hay, será tormentoso.

No es factible, ni debería serlo, que Izquierda Unida se lance a ese proceso sin haber interpretado antes los resultados de estas elecciones, y aquí es donde la cosa puede ponerse fea. Yo tengo la convicción de que leer cualquier proceso electoral tiene más que ver con la alquimia que con las ciencias sociales, pero hasta los alquimistas tienen un método, por extravagante que este sea. ¿Qué método se seguirá para leer el 25M? ¿La cruda aritmética electoral con sus gráficos de quesitos y sus “fugas de votos”, escenario ideal para una cargante exposición de filias y fobias? ¿El nauseabundo DAFO del que siempre se extrae la lacerante conclusión de que la historia universal camina en nuestra dirección y no a la inversa? ¿O se estrenará en esta ocasión no tanto el razonamiento táctico como la inteligencia de las voluntades, esto es, dejar que el entusiasmo haga su parte y reconocer que nada entusiasma tanto a un entusiasta como dejarle expresar sus emociones?

En modo alguno se trata aquí de privarse de razones y ceder a pulsiones prerracionales. Al contrario, nada más racional que un diálogo intersubjetivo sin cerrojos burocráticos. Ahora bien, para que esas subjetividades (los militantes de Izquierda Unida, en este caso, solo a título de ejemplo) puedan dialogar, y confluir en un diálogo con otras subjetividades (las que dialogan en Podemos), deben primero poder expresarse. Y esa expresión puede ser entusiasta o no serlo, pero será tan pasional como racional, y no menos racional (y no menos pasional) que el supuestamente frío discurso del aparato y sus cauces de decisión. De nuevo habrá que reventar una mitología: la mitología de la representatividad, con todas sus figuras (consejos políticos, asambleas federales, secretarías generales) y todas sus narrativas.

Lo dijimos en su día: el 15M fue acontecimiento. El 25M no puede leerse ni entenderse sin ese acontecimiento y supone haber leído y entendido ese acontecimiento. Podemos ha hecho esa lectura, al igual que (a su manera) la han hecho Anova y Esquerda Unida o (por una vez) la izquierda soberanista asturiana. No es que Izquierda Unida se haya desentendido del acontecimiento, ni mucho menos, y tampoco ha sido la suya una mala lectura, solo una lectura incompleta. Ya es hora de que se lea el texto hasta el final.

¿Cabe esperar que otros lectores se sumen a ese reto? En principio, no parece descabellado anticipar que algo va a moverse en el subsuelo de la política española, y no solo la placa tectónica catalana. La mitología de la representatividad, si bien no ha muerto, ha empezado a mutar. No ha sido más que eso: no inflemos el 25M hasta convertirlo en otro icono castrante. Pero tampoco ha sido menos que eso, y esa frágil certidumbre justifica, creo yo, un poco de alegría. La misma que deberían sentir no solo los activistas de Podemos sino también (esto lo creo sin ambages) todos los militantes y votantes de Izquierda Unida, Anova, Compromís, Equo y tantos otros agentes y colectivos que han hecho de la resistencia un espacio de diálogo.

Hoy empieza todo.