Indignación

En 2008, cuando publica Indignación, Philip Roth tiene setenta y cinco años. En 2010, a los noventa y tres años, Stéphane Hessel publica ¡Indignaos! Casi dos décadas de diferencia entre la edad de uno y la del otro, apenas dos años entre la publicación de ambos libros. Los paralelismos pueden extenderse en varias direcciones (el origen judío de ambos autores, un horizonte de motivaciones en el que Palestina e Israel ocupan un lugar de privilegio), pero ningún paralelismo es más agudo que ese llamamiento a la indignación que (explícito en Hessel, subrepticio en Roth) recorre ambos textos.

El protagonista y narrador de Indignación, Marcus Messner, extrae esa sombría palabra del himno nacional de China. Se diría que la indignación forma parte de su carácter, que le sobreviene como algo inevitable. Son los días de la guerra de Corea. Messner, un chico judío, hijo de un padre carnicero, intenta por todos los medios a su alcance no acabar desventrado en una trinchera, y eso implica estudiar una carrera universitaria y llevarla a término de manera ejemplar. En su cabeza resuena el himno chino cada vez que el ambiente mojigato de la ciudad universitaria (Winesburg, Ohio, en un evidente homenaje a la obra de Sherwood Anderson) se vuelve demasiado opresivo. Evidentemente, los chinos son el enemigo, pero en su cabeza el himno le devuelve a su infancia, al momento en que China era aliada de los Estados Unidos frente a Japón: la Segunda Guerra Mundial, antesala de la carnicería coreana, donde dos familiares de Messner perdieron la vida. Messner no es en absoluto indiferente al poder evocador de la carne y la sangre sobre su destino.

En el texto de Hessel, las experiencias de la Segunda Guerra Mundial, y en particular el programa social de la Resistencia francesa, están en la base de una reflexión no demasiado florida pero eficaz, aunque toda ella destile ese tufillo admonitorio que ningún joven quiere oír de sus mayores. Los argumentos de Hessel son simples, dicho sea sin acritud: la indiferencia es el peor de los rasgos de carácter, la indignación es la mejor de las actitudes. “Sed como Marcus Messner”, podría haber dicho Hessel dirigiéndose a un auditorio de lectores de Indignación. Eso sí, debería haber añadido, saltaos las cinco últimas páginas de la novela o de lo contrario estamos todos perdidos.

Hay, no obstante, un personaje en Indignación que practica el mismo tipo de retórica que Hessel: se llama Albin Lentz, y es el presidente de la Universidad de Winesburg, un tipo con una trayectoria política claramente conservadora, de esos que se suelen hacer llamar “pilares de la comunidad”. En un encendido discurso, el presidente Lentz regaña a los estudiantes por una especie de algarada bautizada como “el Saqueo de las Bragas Blancas” y les insta a comparar su privilegiada situación con la de los soldados que día a día se enfrentan en Corea a las bayonetas comunistas. El suyo es un llamamiento a no perder el tiempo en frivolidades, a comprometerse con los valores de la comunidad, de un modo análogo al de Hessel, aunque los valores invocados sean diametralmente opuestos.

Lentz subraya la necedad de que un grupo de niñatos consentidos se rebele contra las convenciones sociales. Hessel exhorta a los jóvenes a buscar motivos de indignación, “cosas insoportables”. Messner, por su parte, no necesita que le animen a buscar lo insoportable: se las apaña muy bien solo, encuentra situaciones intolerables por todas partes y cada cinco minutos le asalta la indignación sin poder (y a menudo sin querer) evitarlo.

Sin embargo, ¿qué es la indignación de Messner frente a la de Lentz? También Albin Lentz da rienda suelta a su indignación, y desde un punto de vista meramente retórico hay que reconocer que lo hace mucho mejor que Messner. Su discurso (cuatro encendidas páginas) cae en cascada desde una altura jerárquica que Messner no puede ni soñar. De hecho, la de Lentz es una indignación irresponsable, puesto que no le compromete: prevé cualquier plausible reacción a sus palabras y está más que dispuesto a lidiar con lo que venga. No es el caso de Messner: sus arrebatos indignados le ponen continuamente en la picota y su obstinación, finalmente, le llevará a la tumba. Cae víctima de una especie de ceguera moral (la ate homérica) que le compele a contravenir las normas de la comunidad. Al igual que los participantes en el Saqueo de las Bragas Blancas (un grupo de estudiantes borrachos que asaltan una noche las residencias estudiantiles femeninas), Messner es básicamente incapaz de contenerse: que a este le mueva la indignación (frente a la imposición de asistir a los servicios religiosos como requisito para graduarse) mientras que a aquellos los mueva una libido desatada (el impulso de masturbarse sobre las bragas robadas), es una simple diferencia de matiz. Simple diferencia de matiz, claro está, desde el punto de vista de Lentz, tan homérico en su defensa de una moral de guerra contra el comunismo.

De guerras y conflictos es de lo que se habla, en el fondo, y si Lentz promueve una cruzada contra los comunistas y en defensa de los valores del llamado mundo libre, también Hessel reclama de los jóvenes una defensa enconada de los avances sociales promovidos por los combatientes antifascistas de su generación. Una moral guerrera, la del indignado, la de aquel incapaz de mostrarse indiferente ante la carne y la sangre.

Desde el 15-M, la expresión “indignados” ha sido explotada por los media para referirse a la multitud de acampados, asambleístas y manifestantes que protagonizan el actual pulso de una nueva generación (o de una parte de ella) frente al régimen político-económico español. La etiqueta es cómoda, pero inexacta. Proviene, es sabido, del libro de Hessel, una atribución de paternidad de nuevo inexacta o completamente errónea. Las connotaciones son abundantes: los indignados son o podrían ser los ofuscados, los exasperados, los intolerantes, pero también los apolíticos, los puros, los sin ideología. Una pátina de falsa rabia juvenil difumina la foto.

¿Es esta la indignación de Hessel, o es la de Messner? ¿Es una exhibición de frivolidad, o lo es de seriedad? ¿No hay, tras la foto, una sinuosa línea de puntos que une todas y cada una de esas actitudes? Creo que sí: Hessel quiere preservar las conquistas sociales derivadas del ideario de la Resistencia, Lentz quiere preservar el estilo de vida americano frente a la amenaza comunista, Messner quiere preservar su propio autoconcepto de joven norteamericano con derecho a profesar lo que le plazca, y los jóvenes “indignados” del 15-M quieren preservar su noción de democracia (aquella que la generación anterior les inculcó) frente a las disfunciones y las perversiones de la democracia española realmente existente. La indignación, en todos ellos, es un pathos conservador, y en todos ellos se apoya en una interpretación sesgada del medio social. Lo que los diferencia, sin duda, no es el punto de partida, sino el horizonte al que se dirigen.

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2 comentarios sobre “Indignación

  1. Gústame muncho l´artículu. Una pregunta o reflexón (sobre lo que dices al final de los xóvenes del 15M, la idea de democracia que-yos inculcamos y l´apelación al sentimientu o pathos conservador). Cuando la transición falábase de “ruptura” o “reforma”. Ganó la segunda, pero muncha xente quedó/quedemos con ganes d´otra cosa. ¿Nun pue tar el sentimientu d´esa indignación nesto tamién, sobre too nos que nun somos tan mozos? Un saludu.

  2. Claro, Miguel. Ye la dificultá de facer una foto fixa del 15-M. Pero’l componente xeneracional véolu bien claru. Tamién ye verdá que precisamente los reproches que-y cain al 15-M de “indefinición”, “inxenuidá”, “adanismu”, incluso “populismu”, suelen (insisto: suelen) provenir de les xeneraciones anteriores (y de los miembros d’eses xeneraciones más desencantaos col réxime). Hai un reproche-tipu que, rebaxando octanos, podía formulase asina: “¿Qué ye, ho? ¿Dáisvos cuenta agora? Hai munchos que llevamos indignaos más de venti años”. Y claro que ye verdá, pero venti años, pal qu’anguaño tien venticuatro, son cuasi una vida.

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