El verano del Skylab

Ahora que de nuevo nos anuncian que un satélite está a punto de precipitarse sobre nuestras cabezas, recupero un texto de 2007 que publicó en su día El Comercio. Así, de paso, lo firma alguien, y no como en la edición digital del afamado decano de la prensa asturiana.

EL VERANO DEL SKYLAB

Había sido una noche toledana. El telediario nos había puesto los pelos como escarpias. En mis sueños, una nube de gas y escombros devoraba los cimientos de mi casa, tragándome a mí y a mis padres y a mis hermanas: todo el valle, todo Turón era pasto de las llamas, un cráter donde había habido un valle, una llaga de troncos cenicientos y helechos carbonizados donde, hasta hacía tan sólo unas horas, habíamos jugado a ser los hombres de Harrelson. Así eran los telediarios en 1979: cuando no era ETA, era el Skylab.

El Skylab era una estación espacial estadounidense. La primera estación espacial estadounidense, puesta en órbita en 1973. Por lo que podíamos deducir de los inexactos partes en blanco y negro de Rosa María Mateo, algo se había escacharrado en el interior metálico de la augusta nave, y amenazaba con precipitarse sobre la Tierra. Aunque su destino final parecía ser -y al final sería- el hemisferio Sur, los locutores españoles no las tenían todas consigo -la ciencia aún podía equivocarse, no así la palabra de Dios- y especulaban sobre las consecuencias de un impacto colosal sobre el magno solar de la Restauración borbónica. De modo y manera que el sábado nos fuimos a la cama con una soberana cagalera, y así amanecimos el domingo entre olores variopintos que no eran precisamente los del azufre y la destrucción, pero que tampoco auguraban nada bueno.

Olor a tortilla y a filetes de carne empanados: empieza el desfile. Legañas, mal humor, discusiones, barahúnda de sandalias que se arrastran y hocicos que se chocan en el pasillo de casa, y en la escalera, y en el portal, y calle abajo hasta encajarlo todo y encajarnos todos en las entrañas del autocar donde con más resignación que entusiasmo nos precipitamos rumbo a otra jornada playera con Hunosa, la gran familia. Viva Hunosa. Cada domingo un destino: La Isla, Santa María del Mar, Verdiciu, Xivares, Rodiles, L’Aguilar, y así hasta completar todo el verano de excursión por un litoral asturiano que ya empezaba a abrir sus brazos a la especulación inmobiliaria aunque ésta aún no había hecho sino asomar las uñas de los pies.

A tumbarse al sol, a levantar castillos de arena, a jugar al fútbol con una pelota ridícula y a nadar con un estilo misérrimo entre pedrero y pedrero. Y el pater familias, claro, a discutir y a emborracharse subrepticiamente en el establecimiento de hostelería más cercano, donde correrían los naipes y los vasos de tubo y algún duelo al sol por miradas indiscretas o comentarios poco caballerosos acerca de este o aquel bikini.

Docenas de autocares cargados de familias mineras hacían aquella ruta cada domingo. Imagino que los incondicionales de cada una de aquellas playas sentirían que el mundo se abría bajo sus pies al contemplar aquella marabunta de proletarios campar por sus respetos a la sombra de unas sombrillas que de encaje, poco, y de seda, menos aún. Tambores de guerra. Tambores playeros. El viaje de ida era lo mejor de la jornada -el de la vuelta, ya sabíamos cómo iba a ser: cánticos patrocinados (como el Club Patín Mieres, al menos hasta esa temporada) por Gin Kiber, la ginebra del país y de los Bernaldo de Quirós-: veíamos desfilar verdes colinas y montañas boscosas, y si el viaje era largo -todos lo eran, sólo que algunos más que otros- hacíamos un alto para desayunar en algún bar siempre demasiado pequeño, donde empezaban ya nuestros padres a llamarse a voces los unos a los otros, subían los decibelios irremediablemente, y ya era hora de que alguien pusiese fin a aquellos ritos de la Edad del Bronce. Si tenía que caerse un Skylab para dejar de ir a la playa, bienvenido sería.

El Skylab cayó, un 11 de julio, en Australia, un poco lejos para mi gusto. Justo un año después del famoso accidente del camping de Los Alfaques, que tanto me había impresionado. En aquellos momentos no caí en la cuenta, naturalmente: es hoy cuando ato cabos, carbonizados cabos de mi infancia, mientras desfilan ante mis ojos con mayor nitidez que entonces los peludos torsos de cientos de mineros con sus hijos a cuestas, las sufridas espaldas de cientos de mujeres con sus maridos a cuestas, la superficie perlada de una playa asturiana con nuestras sombras a cuestas, y todas esas voces se confunden en la lejanía con el zumbido de una estación espacial que sin prisa, pero sin pausa, corre a precipitarse contra nuestras vidas. Así de arrasados quedamos, nosotros y nuestra conciencia de clase. Carbonizados en efigie, hechos de carbón y en carbón -qué remedio- conservados.

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Un comentario sobre “El verano del Skylab

  1. Uff! ¡Cuantos recuerdos! El día que digan que un cacharro de esos cae sobre mi casa, a mi me pilla fijo. Cuando veo esas noticias me da la risa. Antes de que caiga encima de nadie ya llegará algún Bruce Willis al que le encante soltar misiles para desviarlo o destruirlo. La realidad siempre supera la ficción. ¿O no? Solo nos faltaría entonces Liv Tyler.

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