El detective del padre

Sería difícil justificar en quinientas y pico palabras por qué creo que Patricio Pron ha escrito una novela política (y mucho más difícil explicar por qué creo que, en última instancia, una novela, o es política, o es dietética), pero entra dentro de lo posible argumentar de qué modo, en El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia, Pron supera una de las pruebas más duras que tiene ante sí toda novela política, a saber: coger un cliché y hacerlo polvo.

El cliché, en este caso, es uno de nuestros favoritos: la muerte del padre. Desde que Frazer y Freud nos alertaron de la posibilidad, y aun de la necesidad, de cumplir con nuestro deber hacia la tribu asesinando al autor de nuestros días, cada varón con aspiraciones de eternidad, y no digamos ya de gloria literaria, ha intentado conducir a sus lectores a través de las dudas, las vacilaciones y los reconocimientos que jalonan el proceso por el cual un joven investiga la identidad de su padre hasta que, liberado y aliviado por tan ardua tarea, ocupa el lugar preeminente que este le ha dejado libre. Pron es chico listo: se ha leído a los clásicos, y a los no tan clásicos, y dispone las piezas en el tablero de tal modo que nos invade una engañosa sensación de familiaridad. De hecho, hasta bien avanzada la novela no empezamos a oír notas discordantes, pequeños chirridos indicadores de que algo no encaja y de que tal vez no estemos leyendo, una vez más, la novela de siempre.

Así es: “cómo escribir sobre el padre, cómo ser un detective del padre” constituye, más que el reto de la novela, el tema de la misma, la pregunta que la novela trata de responder. El acercamiento a la identidad de ese hombre entubado en el hospital se efectúa, a saltos, a través de una investigación fragmentaria, la del asesinato de un viejo conocido suyo, que a su vez nos remite a la investigación truncada de otro asesinato, el de la hermana del recién asesinado (un viejo caso de desaparición durante los años negros de la dictadura argentina). Y aquí es donde nos salimos del cliché: el hijo apático y desmemoriado, de golpe y porrazo, recuerda. Pero no recuerda para redimir al padre, para salvarlo de sus fantasmas y dejar que se vaya, sino que recuerda para reencontrarse a sí mismo, para reordenar la memoria y hacer sitio en ella a la vergüenza, a la humillación y a sus pares, la ira y el orgullo. Los fantasmas del pasado adquieren relieve y perfiles propios: son, más que fantasmas, compañeros: los compañeros de lucha del padre, los amigos de la familia, los rostros conocidos de la infancia del narrador. En la novela de Pron no hay catarsis, sino reconciliación: no opera a profundidad psicoanalítica, sino en los niveles más prosaicos y mundanos de las relaciones familiares. La brevedad y aun el laconismo de sus páginas adquieren un sentido: no es esta la novela del padre, no estamos ante el resultado definitivo de una investigación sobre la identidad del padre, sino que aquí se nos ofrece únicamente la introducción a la misma, algo así como una propedéutica del detective del padre. De hecho, el padre no muere, y por consiguiente tampoco el hijo ocupa el trono vacío. La vida sigue, pero de otro modo.

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