El gambito de Papandreu

No tiene mucho sentido tratar de averiguar en qué pensaba el primer ministro griego, Yorgos Papandreu, cuando anunció que sometería a referéndum el rescate del país. Lo cierto es que hace ya mucho tiempo que, cuanto menos se sepa de cómo piensa cierta gente, mucho mejor para la confianza en la especie humana. Pero una cosa son los motivos y otra sus efectos, y está claro que, por sus efectos previsibles, la jugada de Papandreu merece figurar en los anales del mus político, siempre y cuando seamos capaces de clasificarla: ¿es un órdago, o un envite a la chica?

Si es un órdago, ha estado bien. En pasado, porque no durará: ni la UE ni la banca (no sé por qué duplicar el sujeto de esta oración si es uno solo) permitirán que los griegos les dejen un pufo insostenible. De hecho, ya han empezado a mover no sólo hilos sino sogas, a fin de que quede todo atado y bien atado por si sale el no. (¿Y si no sale el no? Grecia no es Islandia, y Papandreu tampoco es Perón: no tiene margen de maniobra suficiente para meterse en el bolsillo a todos sus “indignados” de la noche a la mañana. De hecho, lo que podría interpretarse como un triunfo de los insurgentes puede trocarse en derrota y de las gordas: las Horcas Caudinas de Papandreu. Cabe pensar que el referéndum se convoca desde la presunción de que ganará el , y no es una presunción precipitada.) En cualquier caso, sólo por haberles sacado los colores a los demócratas de toda la vida, ya habrá merecido la pena.

Si es un envite a la chica, Papandreu ha ganado. Perderá la partida, naturalmente, pero ya ha conseguido rociar de gasolina la cuestión de confianza a la que se verá sometido el próximo viernes, de donde puede salir defenestrado, pero a ver quién teme saltar por una ventana desde un edificio en llamas. La escenografía no parece improvisada: hasta la destitución de la cúpula militar tiene un toque granguiñolesco, una suerte de política de gestos que jamás esperaríamos de un Berlusconi o un Sarkozy. Antes bien de su paisano Alcibíades, aquel que traicionó a Atenas y logró, pese a ello, que los atenienses lo aclamaran.

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