El día después

21 de noviembre de 2011. Interior. Día. Iluminación natural post electoral: un cielo metafórica y ominosamente azul al otro lado de las ventanas inexplicablemente abiertas de la sala de profesores de un instituto cualquiera de educación secundaria. No hay bullicio ni ajetreo a estas horas, al final de la jornada. De hecho, apenas hay vida: media docena de individuos de ambos sexos corrigiendo exámenes o haciendo fotocopias. ¿Todos? No: una pareja de varones amantes de los pantalones de tergal y las chaquetas de ante intercambia impresiones en voz alta (a gritos, vamos) sobre el día después. La escena tiene algo de exhibición de testosterona involuntariamente difuminada por el hecho de que ambos han traspasado la línea de sombra del medio siglo. A uno se lo ve vagamente preocupado por los resultados de las elecciones, fundamentalmente por la paga extraordinaria de diciembre. El otro, en cambio, muestra una despreocupación afectada, hemingwayana, apenas desmentida por el temblor apocalíptico de su discurso. Ambos están de acuerdo en que España se hunde, en que el PSOE es cosa del pasado, en que un buen gobernante es un buen gestor, y también en detestar a los vascos. En realidad, están de acuerdo en todo salvo en lo que concierne a la antigua disputa sobre los universales: el apocalíptico se preocupa por la juventud española, el pragmático se limita a preocuparse por los singulares llamados “mis hijas”. En todo lo demás, son uña y carne.

Ni el pragmático ni el apocalíptico son representativos de un colectivo, aunque aspiren a serlo. El resto de los presentes carraspea de cuando en cuando, de pura incomodidad, también de vergüenza ajena. Sigue en su sitio el cartel a cuatricromía convocando a una asamblea en defensa de la enseñanza pública.

No obstante, algo hay en esa berrea matinal que me desagrada profundamente. Algo oxidado, como si algún mecanismo cerebral hubiera dejado de funcionar en cerebros supuestamente preparados para aprender y enseñar. No es sintomático: esos dos, mañana mismo, medirán fuerzas con excusas diferentes: fútbol, cine, gastronomía, literatura. Entre los dos serán incapaces de dar a luz una sola idea compleja. Pero su grosería rampante seguirá siendo creadora de opinión. En esa sala, pero también, y de qué modo, en bares, comidas familiares, pistas deportivas, reuniones de vecinos. Ese alarido no necesita Twitter ni Facebook para inficionar gruesas capas del tejido social. Su ideal de democracia es la acclamatio de Carl Schmitt, y lo demás, la campaña electoral, las votaciones, el escrutinio, mero trámite administrativo con tintes de agitación y propaganda.

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