El dolor en un grano de arena

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            Óscar Esquivias es burgalés, cosecha del 72, y escribe exactamente como un burgalés del 72: sus relatos llegan al lector todavía cubiertos por el líquido amniótico de una experiencia vital intransferible. Somos muchos los que creemos que esa es una de las virtudes que singularizan al buen narrador frente a la pléyade de vendedores de incienso obsesionados con las grandes palabras y la exhibición barroca de los Problemas Fundamentales: por mucho que lo adornemos, los lectores de cuentos (y, hasta cierto punto, también de novelas) buscamos ni más ni menos que personajes vivos, anécdotas narradas con detalle, emociones cuya genealogía tal vez pueda rastrearse en el aparato mitológico de la memoria colectiva (o tal vez no). Lo demás (la petulancia, la moralina, la alegoría) nos trae al fresco.

            En Pampanitos verdes, la más reciente colección de cuentos de Esquivias, hay todo eso: personajes vivos (muchos de ellos, adolescentes, o estudiantes universitarios en situación de excedencia emocional por prolongación de la adolescencia), anécdotas narradas con precisión y justeza (como el sórdido y a la vez desopilante proceso por el cual un niño aprende a sacar partido del abuso sexual) y emociones nacidas de experiencias compartidas por el común de los mortales pero vividas por cada uno de nosotros como algo íntimo, terriblemente íntimo (así la desolación del narrador en el relato que da título al libro). Algunos de estos cuentos beben del repertorio tradicional del género, como el titulado “Viene Gordon” (tal vez el mejor de todos), enésima e indispensable revisión del tema clásico del cazador cazado. Hay algún caso en que al lector le asaltan dudas: puede que a “Viaje al centro de la Tierra” le sobre la coda explicativa (pero entonces nos privaríamos de un aldabonazo no por discutible menos emocionante), y puede que el “Monólogo del técnico de sonido” pudiera prescindir de las formalidades teatrales donde se encuentra encajonado (pero entonces perderíamos el efectivo distanciamiento que esas formalidades le imprimen al relato).

            Adolescentes o no, todas las voces de Pampanitos verdes hablan desde la orfandad: el tísico que en “El estudiante de Salamanca” ve cómo se descompone la figura del padre; el niño de “El dolor”, arrojado a la fiebre (y al semen, y al chantaje) en ausencia de la madre; el vendedor de piscinas de “El hijo de la modista”, desterrado en las fronteras del lujo con una aguda conciencia de clase y una improbable cultura literaria. La mirada de Esquivias es, sobre esos huérfanos, tan cruel como compasiva: no redime a sus personajes, tampoco los humilla. Se diría que la humillación les viene dada, que está ahí fuera, como el helado entorno al que esos personajes son arrojados sin contemplaciones. Es fácil reconocerse en su rubor cuando pronuncian mal una palabra en inglés o se atascan en su propia ignorancia.

            “Cuando la autodestrucción penetra en el corazón, al principio parece apenas un grano de arena”, escribió John Cheever a propósito de la humillación. Dolorosos granos de arena son los deslices, los equívocos, las casualidades que conducen a los personajes de Esquivias a su condición de humillados (y de huérfanos, y de inconsolables). Puede ser que, si uno rasca un poco, se dé de bruces con la prosaica fatalidad que convierte esos granos de arena en instrumentos de tortura, pero no hallará ni rastro de los Problemas Fundamentales, ni falta que hace.

[Publicado en El Cuaderno: Semanal de cultura de La Voz de Asturias, número 1, 16 de octubre de 2011.]

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