Mecánica impopular

Hace años tuve un Renault 5 de enésima mano que me enseñó mucho sobre la vida. Durante nuestra breve relación aprendí lo indecible sobre mí mismo, y también algo de mecánica y de economía política. Más o menos lo que otras personas de mi generación aprendieron en la mili.

Una lección que no he olvidado tiene que ver con la necesidad de identificar correctamente un problema antes de ensayar ninguna solución. Cierto, algo había oído sobre Francis Bacon y sus tablas de presencia y de ausencia, pero aquel Renault 5 era una máquina compleja, no una quimera renacentista, y quedarte tirado en la carretera de Navia un domingo al atardecer no es algo que estimule el buen humor filosófico: necesitas saber qué pasa, y lo necesitas con urgencia.

Si un percance de tan poca trascendencia es capaz de trastocar nuestra salud mental, no es de extrañar que perdamos los estribos cuando, en vez de un motor, se nos estropea un capitalismo. Sin embargo, la conducta más recomendable en este caso es exactamente la misma que en aquel: identificar correctamente el problema antes de dar un paso. Ante un horizonte tan negro como el que se vislumbraba tras la quiebra de Lehman Brothers en 2008, al menos parecía que los mecánicos del sistema habían dado con el delco defectuoso: los excesos neoliberales y su desregulación de los mercados. Se habló, así, de “refundar el capitalismo”, recurriendo a recetas de raigambre keynesiana que probablemente no evitarían el desguace pero dilatarían el tiempo de vida del motor hasta que hubiésemos reunido suficiente valor como para cambiar de vehículo.

¿Qué ha sido de todo ello? Sencillamente, nada. La carretera desierta ante nosotros, y el motor que no da señales de vida, y en lugar de cambiar el delco estropeado lo dejamos donde está y nos ponemos a extirpar piezas que a estas horas y con esta oscuridad (aúlla un lobo) nos parecen prescindibles. En menos de tres años, las recetas keynesianas han sido maravillosamente sustituidas por el mismo catecismo neoliberal que nos dejó tirados. En lugar de procesar a los culpables del desastre, autores intelectuales incluidos, los ciudadanos europeos hemos consentido en auparles a la condición de caudillos.

Un caudillo de la Antigüedad, el rey Creso de Lidia, fue quien, deseoso de ganarse el favor del oráculo de Delfos, hizo ingentes sacrificios en los que quemó, entre otras cosas, “una gran pira de lechos dorados y plateados, de tazas de oro, de vestidos y túnicas de púrpura”, según Herodoto, tras lo cual ordenó a todos y cada uno de los lidios que sacrificasen, de sus propiedades, cuanto les fuera posible. Si nuestros oligarcas hubiesen gobernado Lidia, no habrían arriesgado ni una onza de sus fortunas personales. Como a los lidios, nos han exigido a todos contribuir con nuestros bienes, aun sin tenerlos, mientras ellos ordenan y reciben el tributo en su triple y obscena condición de reyes, dioses y adivinos.

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2 comentarios sobre “Mecánica impopular

  1. Salgo convencíu, como siempre, que´l mediu de tresporte más perfectu ye´l tren.
    Aparte d´esta medio broma medio seria, m´encanta esta entrada, Xandru. Bacon, Keynes, Herodoto, R5. Nun hai quien dea más.

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