Lección de ventriloquía

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A Visit from the Goon Squad es la novela con la que Jennifer Egan ganó el Pulitzer de 2011 y que Carles Andreu ha traducido al castellano con el título de El tiempo es un canalla. Siempre me ha intrigado esa tendencia a retorcer los títulos de los libros como si no formaran parte de la obra, como si constituyesen elementos ornamentales del conjunto. Cierto, el tiempo es el protagonista de este libro, pero tal vez el lector habría agradecido llegar por sí mismo a esa conclusión.

La medida de ese tiempo es geológica: Egan narra la erosión que experimentan unos cuerpos (y también los deseos y las ambiciones que los ocupan) atrapados en trayectorias vitales que discurren en diferentes direcciones y sentidos pero entrelazándose de un modo ocasional: un productor discográfico, su cleptómana ayudante, el mejor amigo de esta en sus años de universitaria, los compañeros de nocturnidad del productor cuando aún no lo era, cuando solo era el inexperto bajista de una inexperta banda punk, además de otra media docena de personajes cuyos oficios suelen remitir al mundo del espectáculo. La experiencia de la erosión es vivida por la mayoría de estos personajes como nostalgia, no tanto de los años juveniles cuanto de la infancia: de la infancia recordada o de la imaginada, esa segunda infancia descubierta en los hijos, edificada en los hijos como desiderátum de los padres. La felicidad no llega al final de la vida, sino que se halla al principio, en un punto de partida desde el cual todo suele ir a peor. Pero lo característico de esos paraísos infantiles es que son vividos al margen del mercado. Salvo en el último episodio del libro, proyectado en un futuro próximo en el que las experiencias infantiles son, al fin, moldeadas por la tecnología.

Donde he dicho “episodio”, bien podría haber puesto “relato”: El tiempo es un canalla es una novela, pero cada uno de sus trece episodios puede tener una existencia independiente y la consiguiente justificación estética. Se trata de una colección de trece relatos anudados, pero tan bellamente anudados que el conjunto es bastante más que la suma de sus partes. Oigo a algún purista afilar los cuchillos. Pues bien, si hay que acuchillar, hagámoslo con conocimiento de causa: hablemos del episodio 12.

El episodio 12 está constituido por una sucesión de diapositivas. Es una presentación en Power Point, ni más ni menos. El lector (digamos) conservador probablemente reaccionará con desagrado ante una audacia que complacerá, en cambio, a los entusiastas del e-book. No obstante, la aparente boutade no lo es: se trata de un episodio conmovedor, y es conmovedor por sus cualidades literarias. Por lo demás, el formato elegido tiene una justificación (que no desvelaré), al igual que la utilización, en otros episodios, del instrumental quirúrgico de las ciencias humanas, o del falso periodismo (notas a pie de página incluidas), o de los SMS.

Tal vez ese mestizaje discursivo sea un rasgo generacional, como lo sería también la tendencia a moverse dentro de un único paradigma narrativo, a saber: un realismo autoparódico heredado de Cheever y de Updike donde el papel del autor queda reducido (aunque no es poco) al de un imitador de voces. Una cierta ventriloquía elegante, para entendernos.

[Publicado en El Cuaderno: Semanal de cultura de La Voz de Asturias, número 13, 15 de enero de 2012.]

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