El ministro Brighella

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Cuando Mariano Rajoy anunció quiénes serían sus ministros, es probable que estos no supiesen con exactitud qué papel les tocaría representar. No importaba: Rajoy sí lo sabía. Al menos, es de suponer que en la mente de Rajoy había un diseño originario, y también la confianza en que cada uno de los actores elegidos sabría amoldarse a un papel y sólo a uno. Yo sostengo que Rajoy, consciente o inconscientemente, deseaba un gabinete de commedia dell’arte. Lo está consiguiendo.

Hete aquí que, tras los comprensibles titubeos iniciales, cada ministro va haciéndose a un personaje de la commedia. Con una soltura insólita para un principiante, Luis de Guindos lo borda haciendo de Pantaleón. Sáenz de Santamaría será, con el tiempo, una excelente Colombina, y Jorge Fernández está a tan sólo una representación de revelarnos el gran Polichinela que lleva dentro. Algo más de tiempo le tomará a Montoro asumir que le ha tocado de Arlequín. En cuanto a José Ignacio Wert, su tendencia al teatro del absurdo le aproxima a un Somardino postmoderno.

Pero el único que parecía encajar desde el principio con un personaje de la commedia era Alberto Ruiz-Gallardón. Y, sin embargo, ha resultado ser otro totalmente distinto. Uno le hubiera atribuido dotes más que de sobra para hacer, cómo no, de Pierrot: lunar, afrancesado, tierno y duro a la vez como una galleta de barquillo. Pero al ministro de Justicia le sale más natural dárselas de Brighella.

Nadie le negará, al menos, que le gusta enredar con las palabras. Es un hombre de discursos. Siempre lo ha sido, aunque hasta ahora practicara lo que los guionistas de televisión llaman walk-and-talk: siempre en movimiento, arropaba sus declaraciones con estudiadas poses trajeadas que lo hacían más cercano, más carnal, menos verbal. Ahora, instalado en su ministerial condición de busto parlante, el discurso lo es todo.

Sus últimas declaraciones han sido, desde luego, dignas de un Brighella en estado de gracia. “En la sociedad actual en muchas ocasiones se genera una violencia de género estructural contra la mujer por el mero hecho del embarazo”, ha dicho, o así lo ha citado la prensa. Es de suponer que ha querido decir “violencia estructural de género”, pero se entiende igual. O tal vez no ha querido decirlo pero sí ha querido dar la impresión de que lo decía. En definitiva, poco importa: se trataba de introducir un matiz moderno en su ajada cruzada antiabortista, esa expresión, “violencia de género”, tan denostada por muchos de sus compañeros de partido. Lo de “estructural” le da también un toque poco menos que científico, y si a eso le añadimos una subliminal naturalización del embarazo (un “mero hecho”, nada de “milagro de la concepción”), el ministro parece un tipo culto y progresista y poco amante de los totalitarismos.

Así sea: la Ley del Aborto que proyecta el ministro acabará con esos trenes repletos de indefensas mujeres gestantes conducidas al sacrificio por los diabólicos agentes de la Gestapo abortista. Lo que sea por defender “el derecho por excelencia de la mujer: el de la maternidad”. Es lo que yo siempre he dicho: ¿quién querría viajar, trabajar, vivir, pudiendo parir? Agudo y astuto Brighella, evita el ministro afirmar que el derecho por excelencia del hombre sea el de la paternidad, no sea que alguno, amparándose en los mismos argumentos que se emplearon en su día para calificar de discriminatoria la Ley contra la Violencia de Género, le exija rectificar y llamar a las cosas por su nombre. A fin de cuentas, como dice mi sociólogo de cabecera, Homer Simpson: “Soy un hombre blanco, de edad entre los 18 y los 49. Todo el mundo me hace caso, por estúpidas que sean mis propuestas”. Y hasta pasada la cincuentena, diría yo, si tienes buena percha y don de gentes.

Un comentario en “El ministro Brighella

  1. Eloy

    Una vez más, Xandru, lo has clavado:
    Brighella no es sólo un sirviente (como Arlequín), sino que realiza innumerables otras profesiones más o menos legítimas, por lo que siempre se encuentra entre las diversas intrigas. Los elementos característicos del personaje son su disponibilidad y la agilidad de su mente para el engaño. Es intrigante, muy inteligente y sin escrúpulos. Brighella también es un tipo mentiroso, cuenta cuentos con la confianza y la convicción de que es casi imposible distinguirlos de la verdad. También es muy hábil en el canto, tocar y bailar.

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