En Bohemia, junto al mar

Parte del Cuento de invierno de Shakespeare se desarrolla en un país imposible: “En Bohemia, junto al mar”. Bohemia no está junto al mar, pero a los personajes del Cuento de invierno no parece afectarles esa circunstancia: el autor de sus días ha dispuesto que estos transcurran en un no-lugar, y a ello se aplican con fútil entusiasmo. De un modo análogo, el pueblo checo, habitante de la Bohemia histórica y sustancia de sus sucesivas encarnaciones políticas (República Checa en la actualidad, Checoslovaquia entre 1918 y 1992, con el paréntesis del Protectorado de Bohemia y Moravia entre 1939 y 1945), parece haberse plegado a una lógica narrativa shakespeariana, al menos durante el siglo XX: dar vida a un no-lugar inventado y dirigido por voluntades sobrehumanas.

Esa es, al menos, la conclusión que uno puede extraer de Gottland, el volumen de reportajes sobre el pueblo checo con el que Mariusz Szczygieł obtuvo en 2009 el Premio del Libro Europeo. Se trata de una colección de relatos cosidos con maestría y sobriedad sobre un fondo de investigación periodística. Abarca prácticamente todo el siglo XX, deteniéndose en las estaciones principales del trayecto (la Gran Guerra, la ocupación alemana, el comunismo, la Primavera de Praga, la invasión soviética, la Revolución de Terciopelo), pero hay dos episodios en los que se evidencia el pathos teatral de esa Bohemia, ahora Gottland, donde la tragedia y la comedia se entrelazan anulándose: la reconstrucción de la historia de los Bata, magnates de la industria del calzado (con su orwelliana oficina móvil, el despacho del jefe en un ascensor de cristal desde el que vigila a los empleados), y el relato sobre la estatua de Stalin más grande del mundo (inaugurada dos años después de la muerte del modelo, tras más de cinco años de preparación, y cuyo autor se suicida el mismo día de la inauguración). Como si se quisiera argumentar que los checos, si se ponen, pueden ser cualquier cosa en su versión más extrema: más fordianos que Henry Ford, más estalinistas que el NKVD.

Gottland toma el nombre de Karel Gott, superestrella de la canción checa y un buen ejemplo de cierto carácter acomodaticio que Szczygieł atribuye en general a los checos, carácter cuya plasmación literaria más completa, nos recuerda el autor, es el soldado Švejk, creado en 1921 por el escritor Jaroslav Hašek: “¿Por qué nuestro símbolo nacional es hoy en día Švejk? […] Porque sabemos que el heroísmo es posible, pero sólo en las películas” [de un reportaje checo citado por Szczygieł]. Al igual que Švejk, muchos de los personajes que pueblan Gottland parecen poseídos por el ansia de la sumisión. Al igual que en el caso de Švejk, los esfuerzos de esos personajes por obedecer sin rechistar se vuelven trágicos por su condición de autoparodia involuntaria. Para hacérnoslos creíbles, el autor no necesita utilizar demasiados afeites estilísticos: la fuerza de la narración radica en lo insólito de los hechos narrados. Cierto es que el afán por lo insólito, sin contrapesos, corre el riesgo de ascender al firmamento del cliché sociológico, pero no es este el caso. Al contrario: el interés que mueve a Szczygieł parece ser el de descubrir el heroísmo cuando este opera bajo la máscara de lo prosaico, de lo desesperado. Al mérito de haberlo hallado se añade el de haber sabido narrarlo.

[Publicado en El Cuaderno: Semanal de cultura de La Voz de Asturias, número 24, 1 de abril de 2012.]

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