Escéptico ma non troppo

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Con elefantes o sin ellos, pero aún más con ellos, la monarquía española hace tiempo que dejó de ser un mal chiste para convertirse en esperpento. Sin embargo, no parece que estemos más cerca de la III República de lo que estábamos ayer, o hace un año, o hace veinte: los deseos no se hacen realidad a fuerza de repetirlos en voz alta. ¿Agorero? Pudiera ser. Pero si ni siquiera hemos sido capaces de evitar que nos gobierne Mariano Rajoy, no veo cómo vamos a desembarazarnos de la borbonería.

La primera vez (1868) fue una revolución. La segunda (1931) una ofensiva electoral republicana. En 2012, ni el PSOE ni el PP plantean nada parecido a una impugnación de la monarquía, ni siquiera una tímida reprobación de los actos del rey: es más probable una revolución que un pacto constitucional republicano refrendado en la urnas, pero a Prim lo mataron en la calle del Turco y no acabo de ver yo a Cayo Lara plantando la tricolor en San Jerónimo. ¿Aguafiestas? Pudiera ser, pero siempre a mi pesar.

Sea como fuere, habrá que insistir una y otra vez en que no sólo es justo y necesario enterrar la monarquía. También es un imperativo higiénico: dinamitar el puente que une a la democracia española con el fascismo que la precedió y la engendró. Porque la criatura, insisto, ya no tiene gracia, si es que alguna vez la tuvo, y las risas enlatadas son, ahora mismo, un lujo asiático.

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