Es política

Durante muchos años he enseñado ética y filosofía en centros públicos de educación secundaria. Docenas de veces me he enfrentado a ese nudo gordiano de mi profesión que consiste en plantear a mis alumnos las ventajas y los inconvenientes de las democracias avanzadas. Me repito a mí mismo que forma parte del temario, pero también forma parte del êthos que represento en mis clases, y no eludo esa responsabilidad. Mostrar mis propias contradicciones al respecto forma parte de ese êthos y de esa responsabilidad.

Así, después de haber explicado y debatido docenas de veces los procedimientos de conformación de mayorías parlamentarias, los mecanismos de elección de representantes políticos, sin olvidarnos de la sacrosanta separación de poderes que mis alumnos se saben de carrerilla desde mucho antes de conocerme, vienen días (y meses) como estos, días (y meses, y puede que años) de mayorías absolutas y ejercicios ilegítimos del poder delegado en las urnas, y esos mismos alumnos, que serán cualquier cosa pero no son estúpidos, llegan a la justa conclusión de que nuestras protestas, las protestas de sus profesores contra los recortes en la educación pública, impugnan en cierta medida esa solvencia archiproclamada del sistema democrático.

“Estoy protegido por mis contradicciones”, escribió Pasolini; “son ellas las que aseguran mi espíritu democrático”. Por lo que a mí respecta, con espíritus o sin ellos, reconozco que la contradicción permanente me ha permitido blindarme frente al pensamiento mágico y esquivar bastantes simplificaciones capciosas. No espero que el gobierno de Rajoy rectifique en función de las pitadas y las protestas ciudadanas. No confío en que las masas obreras y campesinas asalten La Moncloa, ni siquiera me parece que planeen asaltar El Corte Inglés. El quincemayismo me genera una simpatía vaga y poco fundamentada, más proclive a resaltar sus efectos sobre la formación intelectual de las elites futuras que su más que discutible eficacia en el aquí y ahora. Con todo, no conozco ejercicio más sano de democracia real que la fluidez intransitiva con que una multitud hace suyas las calles y se hace oír incluso por quienes no desean escuchar.

Un cambio social no es un simple estornudo. Es un choque de fuerzas en más de un nivel del edificio social. De momento, las sacudidas que estamos experimentando tienen su epicentro en la praxis de un gobierno advenedizo, cínico, débil con los poderosos y despótico con los débiles, inculto e intoxicado de patrioterismo y sevicia de hooligan. Sabemos que el foco del temblor se sitúa varias capas más abajo, en las simas más corruptas de la sociedad europea (y no sólo de la europea). Pero seamos claros por una vez: un gobierno no puede contentarse con ser el epicentro de nada, antes bien (por seguir con el símil) debe parecerse a una estación sismológica. El gobierno de Rajoy ni predice terremotos ni atenúa sus daños. Más bien los amplifica.

¿Podría ser de otra manera? Sin duda. Tal vez (muy seguramente) deberíamos estar a estas horas discutiendo qué hacer con el foco (con los focos) de los seísmos, cómo descender a esas simas mefíticas y sanearlas de una vez. Eso sería hacer política. En cambio, elaborar presupuestos con la sola finalidad de obtener un porcentaje de déficit determinado, no es política, ni se le parece, sino contabilidad.

¿Cabe algún tipo de pedagogía que nos permita distinguir a los contables de los políticos? Claro que cabe, y también eso es política. En una democracia que funcionara según lo que dice el libro de texto de mis alumnos, serían los representantes de la voluntad ciudadana quienes pondrían todo su empeño en facilitar esa pedagogía. No sé qué grado de adecuación habrá entre esa imagen idílica y el estado actual de nuestra democracia, sospecho que un grado muy sutil o simplemente ninguno, pero confío en que sepamos apreciar quién, en esas condiciones, sigue haciendo política y no simple contabilidad. Ya es bastante grave que un gobierno mienta o se equivoque haciendo cuentas, pero lo más grave de todo es que no le pagamos para eso.

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Un comentario sobre “Es política

  1. ¿Estaba todo bien hasta ahora? Aprovecho que utilizas el término hooligans para recordarte que hasta que Rajoy, muy a mi pesar, ganó las elecciones, no comienzan a aparecer los descontentos( fuera del movimiento indignados).¿Y eso por qué?, pués porque la izquierda está llena de hooligans que cuando no gana su equipo insultan al arbitro,, rompen lunas de autobuses o llamna hijoputa a los jugadores.Así no es.El problema que mencionas viene de mucho antes y aunque en tu caso lo desconozco, no se oian voces contra la opulencia, el descontrol y el nogobierno anterior

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