Con la boca caliente

Vengo del carbón. En la mina trabajó mi padre, y en la mina trabajaron mis dos abuelos y mis bisabuelos. Es una simple circunstancia biográfica. O no tan simple. En todo caso, no soy nada aficionado a la épica, a no ser que trate de griegos improbables, y estoy bastante convencido de que en cada tribu humana las miserias, las traiciones, las vergüenzas y las venganzas son parte irrenunciable de la identidad colectiva y que precisamente por eso no conviene abusar del orgullo tribal, no sea que al aceptar la parte del león tengas que comerte también la correspondiente ración de tripas humanas. Hasta aquí el exordio y la buena educación.

Vengo del carbón, repito. Tal vez hubiera preferido nacer en Versalles o en Puerto Banús, aunque no es seguro. Pero, una vez hecho el gasto de llegar hasta aquí, asumo mi biografía, y hasta mi prebiografía, con todas sus contradicciones, sumándolas a las mías. No he salido de la nada. Sé lo que es estar en el colegio, con diez años, y oír la sirena (el turullu) del pozo y que minutos después saquen a tu compañero de clase porque a su padre se lo acaba de comer un derrabe de carbón. Sé lo que es ir a visitar a mi padre al hospital, no una sino varias veces, a causa de lo que el lenguaje civil llama “accidentes” (mancase, decimos nosotros, los espartanos), y recuerdo haber pensado más de una vez que quizá no volvería a verlo, a mi padre, después de irse a trabajar. Llamadme resentido, pero estoy convencido de que los hijos de los banqueros no conocen esa clase de pensamientos.

Lo he pensado mejor: no me llaméis resentido. Aquí no hay nada que tenga que ver con el resentimiento, porque en el fondo esto no trata (nunca ha tratado) de negaciones, sino de afirmaciones. El lenguaje minero es una afirmación de la vida, una confirmación cotidiana, y en él he crecido y de él me he formado. Y en él, también, he experimentado esa forma de orgullo que no procede de las propias victorias interiores, sino de las ajenas. Y de él he aprendido la blasfemia, el cagamentu, esa modalidad del menosprecio de la adversidad que me ensucia la boca más veces de las que mi familia quisiera pero que espero, también, que prevalezca.

Escribo estas líneas a altas horas de la noche, mientras las llamadas fuerzas del orden se ensañan por segunda vez con los vecinos de La Pola L.lena cuyo único delito es no haber nacido en Versalles ni en Puerto Banús. Hay una parte de mí que me impele a coger el coche y plantarme ahí donde sin duda no hago ninguna falta. No lo haré: hay otra parte de mí que sabe esperar y confiar en que cada uno haga lo que debe, empezando por uno mismo. No me refiero, por supuesto, a ninguno de esos sinvergüenzas uniformados a quienes jalea Marhuenda y a los que Gabino de Lorenzo suministra coartadas sonrojantes: ni les comprendo ni deseo comprenderles. Ni siquiera deseo insultarles, por eso prefiero echar ya el freno y no añadir una palabra más, antes de rendirme a la tentación de escribir que son unos borregos y unos hijos de puta.

Vaya.

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4 comentarios sobre “Con la boca caliente

  1. Nestos tiempos de verdaes a medies y mentires a enteres, ye un placer y una allegría lleer verdaes como puños –en altu–, palabres con sostancia, de les de tola vida, que falen de persones en riesgu y non de primes de riesgu. Munches gracies por dar la cara, Xandru.

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