La mina, otra vez (y las que haga falta)

Las cifras, por sí solas, no dicen mucho. Hay que poner delante de cada cifra un rostro, y delante de cada rostro un nombre y, a su lado, una familia entera en la mayoría de los casos. Las cifras del carbón hace tiempo que dejaron de añadir ceros a nuestra cuenta de bajas, y sin embargo esos rostros tiznados siguen apareciendo y mostrándonos la cara cruda de una injusticia perpetrada sotto voce. En términos cuantitativos, son muchos más los puestos de trabajo que las comarcas mineras han perdido en las últimas décadas que los que quedan aún y pueden perderse. También entonces, hace 20, 25 años, había gobernantes que exigían sacrificios.

En nuestro caso, poblaciones enteras de decenas de miles de habitantes iniciaron un trayecto humillante a través de un páramo de prejubilaciones que calmaron los ánimos e inyecciones millonarias de fondos europeos en proyectos inviables y, en muchos casos, tan superfluos como la Ciudad del Tenis que agoniza –era de esperar– en mi pueblo. Cuando yo nací, había en Turón cuatro pozos mineros y 20.000 habitantes que vivían, directa o indirectamente, de la mina. Hoy tenemos una Ciudad del Tenis que no pisa ninguna de las escasamente 4.000 personas que allí quedan. Un disparate tras otro, pero ese fue el pacto: asumir una muerte lenta, con paliativos, manteniendo algunas explotaciones a medio gas por su valor estratégico, y con el futuro planificado, pautado en plazos predefinidos.

De repente, quienes impusieron ese sacrificio deciden reinventar las reglas del juego y acortar los plazos del cierre total. Supongo que cualquiera habría podido anticipar las consecuencias: si al enfermo agonizante, sedado hasta las trancas, le cortas el gotero de morfina, comienzan las convulsiones. Así han empezado a agitarse otra vez esas regiones oscuras, horadadas, pobladas por gente que sabe, por pura experiencia, que la definición de “traidor” es “aquel que abandona a un compañero”. Es gente que se siente traicionada y estafada en sus tres puntos cardinales: el pasado, el presente y el futuro.

Es gente que recupera sin apenas pensárselo gestos atávicos, tácticas y estrategias de un combate que no había concluido sino que había quedado aplazado. Gente, en ocasiones muy joven, que no vivió los conflictos de hace 20 o 25 años, pero que es capaz de recordar lo que la memoria colectiva ha custodiado: cómo cortar una carretera, cómo enfrentarse a un contingente armado, cómo defender lo poco que uno tiene. Está en el aire, en el polvo del carbón que cubre las cunetas, las orillas de los ríos. Está en el orgullo de clase que se ha respirado desde la cuna. Y no está en venta.

[Texto publicado en Diagonal, número 179, julio de 2012, con fotografías de Olmo Calvo, David Fernández y José Alfonso. Siga el enlace.]

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