La realidad y el deseo

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Fueron los elementos los que chafaron las ambiciones de Felipe II. Mariano Rajoy es de metafísicas menos atomistas, y a la hora de buscar un chivo expiatorio no se contenta con menos que con “la realidad”.

Así, en abstracto y sin marinar, la realidad parece cosa temible y poco afable. Pero también demasiado consabida, al menos en la retórica común de quienes no somos presidentes de nada. A esa amplia mayoría le daría cierta vergüenza escudarse en “la realidad” como excusa para un fracaso o una incapacidad. Sería como decir que no podemos correr más rápido que Usain Bolt porque la realidad nos lo impide. Será verdad, pero es una verdad que se parece mucho a una estupidez.

No obstante, es un alivio comprobar que el presidente ha superado su fase sentimental y rociera: temíamos que empeorara y acabara oyendo voces o viendo hilillos de plastilina. Ahora que se ha reencontrado con la realidad, solo nos falta que aprenda a interpretarla. O eso, o que dimita, lo que sea más fácil: no vayamos a confundir la realidad con el deseo.

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