Sartre vs. Camus, versión 2.0

En 1952 Jean-Paul Sartre y Albert Camus dejaron de hablarse, y aquella pequeña conmoción, inapreciable a escala cósmica, sirvió como viñeta explicativa de lo que podríamos denominar la gran incomodidad endógena de las doctrinas de la emancipación. Superficialmente, la rencilla enfrentaba a un converso (al comunismo) con un desencantado (del comunismo). El motivo, los campos de concentración soviéticos, cuya existencia Camus interpretaba como una enmienda a la totalidad del marxismo (y de la Historia). Las causas, no obstante, fueron muchas, y algunas de ellas demasiado íntimas o sentimentales. Pero la disputa estaba servida. Y en el fondo llevaba servida desde 1946, solo que en aquel entonces, recién inaugurada la guerra fría, Sartre aún oponía resistencia al comunismo, aún confiaba en construir una tercera vía entre el Plan Marshall y el Cominform, mientras que el objeto de las iras de Camus, Maurice Merleau-Ponty, no gozaba de carisma suficiente entre el público del reality show intelectual.

Las figuras del debate de 1946 (un Camus airado, en la cúspide de su fama y temeroso de una invasión soviética; un Sartre dubitativo y escéptico, supeditado al magisterio político de Merleau-Ponty; los procesos de Moscú como telón de fondo) se solapan apenas con las del de 1952: tras el fracaso del RDR (Rassemblement Démocratique Révolutionnaire), Sartre ha abandonado sus esperanzas de construir una vía política alternativa al comunismo y acepta a los comunistas como compañeros de viaje, mientras que Camus ha publicado L’homme revolté, su más explícita condena del marxismo, y reclama un guiño cómplice de su viejo amigo. Pero Sartre ya no es (si es que lo había sido alguna vez) la sombra más o menos acomplejada ante el carisma de Camus, y goza de suficiente poder como para encargar a un tercero, Francis Jeanson, una demoledora reseña del libro. Camus se encoleriza, publica una violenta carta contra Sartre, y este le responde con parecida delicadeza. Ahí se acabó todo.

O tal vez ahí empezó todo, aunque en seguida llegarían los años sesenta y con ellos la muerte de Camus y el declive del existencialismo. La disputa quedaría sin resolver, pero su potencia simbólica queda reflejada en la vitalidad con que vuelve a saltar a la palestra cada vez que una nueva generación de interrogantes y de interrogadores trata de situarse ante su época. Esquemáticamente, así es como se plantea el problema:

a) No es posible emanciparse de la servidumbre sin un compromiso político en el aquí y el ahora. No obstante,

b) es frecuente que los diversos proyectos políticos yerren y traicionen las esperanzas depositadas en ellos. Ante tales errores y traiciones, uno puede

c) condenar esos proyectos como expresiones de la misma dominación que se pretendía combatir (Camus), o bien

d) juzgar que se trata de males menores, pequeños pasos atrás pero en la dirección correcta (Sartre).

Lo de menos es que el barco elegido por Sartre fuese el PCF. Lo que sigue siendo relevante es que, desde su lectura de la carta de navegación, la Historia mostraba un sentido. Camus, en cambio, interpretaba la emancipación como un quodlibet fuera de la Historia: gesto individual, impugnación constante, revuelta permanente. Sesenta años después, se entiende que la posición de Camus, por inactual, sea más popular, acaso por ser más pop (avant la lettre), más conveniente a las anfractuosidades de nuestra modernidad líquida que la sólida linealidad del compromiso sartreano.

Pero esto no trata de elecciones booleanas, de unos y ceros, de “o Sartre o Camus” a la manera de tantas conversaciones de sobremesa (PC o Mac, Beatles o Stones, Coca-Cola o Pepsi). Lo interesante es la tramoya. Vale que esté en juego algo tan preciado como el ejercicio de la libertad individual, pero es que, en abstracto, esa libertad se diluye, bien en el discurrir inmarcesible de la Historia (Sartre), bien en la infalibilidad de la conciencia individual (Camus). El pragmatismo sartreano (el apego al pragma, a lo que ha sido hecho, al acto y sus consecuencias) frente al catarismo camusiano (la búsqueda de la pureza, de la autenticidad del kazarós, el puro entre los puros). Ensuciarse las manos o dejárselas cortar antes que ensuciárselas: en eso se resume, a efectos prácticos, el dilema.

Confieso que me repugna el catarismo. Siempre que alguien pretende erigirse en conciencia ahistórica de un momento histórico, automáticamente pienso que hay algo ahí de impostura. De impostura o de ignorancia (pero ese es otro tema). En cualquier caso, es más que frecuente que el catarismo conduzca al inmovilismo (no mover un dedo hasta que advenga el instante dorado en que solo los puros se alcen y triunfen sobre los impuros) y tampoco es nada raro que tienda a la violencia indiscriminada (solo la secta está libre de pecados, y por eso tiene derecho a tirar tanto la primera piedra como las siguientes). Sin embargo, soy consciente también de la gran incoherencia de la posición sartreana, a saber: que solo una conciencia igualmente ahistórica y omnisciente sería capaz de ver con claridad y distinción cuál es el sentido de la Historia y cuáles las necesidades tácticas y estratégicas del proyecto emancipador. A mi juicio, la polémica es irresoluble por mal planteada: adolece de todos los defectos de la filosofía de la existencia, y es por esa razón que me parece que, después de todo, quien llevaba razón era Merleau-Ponty: pues la conciencia es histórica y no deja de ser, a su manera, conciencia de clase, y es por tanto esa conciencia configurada socialmente la que elige un proyecto político y lo hace suyo.

A las puertas de un otoño que se adivina caliente, detecta uno cierta tirantez entre la izquierda cátara y la izquierda pragmática, al menos por estos pagos. No es un asunto menor, al menos si pretendemos librarnos algún día de esa trituradora de derechos y libertades que nos gobierna. Frente a los desmanes del PP, hay pragmáticos de izquierdas que parecen dispuestos a olvidar que tampoco el PSOE es un dechado de sensibilidad social: al menos, parecen decir, mantuvo el Estado del Bienestar, y nunca habría arremetido con tanta sevicia contra los más desfavorecidos. En un plano muy diferente se sitúan los cátaros de izquierdas, razonablemente persuadidos de que tanto el PP como el PSOE perjudican seriamente la salud de la democracia: somos los de abajo frente a los de arriba, dicen abiertamente, y podemos salir de esta sin partidos políticos y sin sindicatos. Entre unos y otros, están quienes reclaman (con los cátaros) una revisión radical de la democracia española, enterrando de una vez el relato de la transición modélica, pero (y en esto están con los pragmáticos) sin ficciones adanistas, pues sin partidos y sin sindicatos no hay cambio posible, ni radical ni de los de siempre.

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