Estética del diluvio

El Partido Popular no es un simple revival de la vieja derecha española. Es algo más (o algo menos). Cuanto más insistamos en comparar a la actual nomenklatura popular con sus presuntos ancestros, más nos equivocaremos al predecir sus comportamientos y evaluar sus actitudes.

Ya no queda rastro en el PP de las viejas glorias tradicionalistas que dieron empaque al único proyecto exitoso de la derecha española desde 1978. En la época de Aznar todavía era posible observar algunas inercias del pasado, pero cualquiera puede darse cuenta de que las mismas inercias eran fácilmente detectables también en el PSOE. Todo eso ha pasado. Al menos en la estética, pero también en la ética, las nuevas voces del PP son cualquier cosa menos franquistas, y esto es algo que sus votantes perciben con claridad meridiana: de no ser así, jamás podría producirse un trasvase de votos populares al partido de Rosa Díez, con su estética glam y su estridencia riot grrrl.

Si Aznar ejemplificaba la vulgaridad del señorito -esa tendencia, asumida conscientemente por las elites del régimen, por la cual se exhibía una retórica ampulosa en el frente frío de la política pero salpimentada con gracejo popular al más puro estilo Paco Martínez Soria-, los actuales halcones populares (pensemos en Soria, en Wert, en Cospedal) hacen gala de una vulgaridad desenfrenada, visceral, de chiringuito playero. En algo habrá influido el magisterio de Rita Barberá, pero el ingrediente fundamental de la mezcla no es, como en la alcaldesa de Valencia, el pantojismo (un sentimentalismo cínico), sino el bisbalismo (un sentimentalismo naif). A Aznar, como a Barberá, como a Piqué, como a Gallardón (el único resto de la estética aznarista, y así y todo reciclado hasta extremos que ni él mismo hubiese considerado admisibles hace dos años), les preocupaba gustar a los demás; no a todos, pero sí, al menos, a la claque. A los actuales condotieros populares tan solo les importa gustarse a sí mismos.

Tal vez a uno le influya la “ansiedad de la influencia” (dicho sea de paso, releer a Harold Bloom puede ser una fructífera vía de acceso a la deconstrucción de la tómbola estética del peperismo), pero en Wert, más que a Mussolini (que también), veo a Jabba The Hutt. De un modo análogo, la tan comentada fotografía de Cospedal y Soraya en el Vaticano me ha hecho pensar, más que en Julio Romero de Torres, en la señora Alien y en Grace Jones. Aquí no hay gestos estudiados, no hay exhibición de mediocridad programática ni vindicación de lo retro frente al rodillo progresista. Hay, en cambio, un estridencia formal que, más que escandalizar, pretende asustar. Y asusta.

Esa falta de mesura verbal, gestual y textil, tiene muy poco en común con la rigidez carpetovetónica del señorío y el catecismo. Este PP profesa una estética vivalavirgen que aspira a obtener legitimidad indirecta de un contexto catastrófico: está diluviando, señores, sálvese quien pueda. No intentemos encontrarle las esencias a un partido que, a fuerza de soltar lastre, se ha convertido en el primer partido punki sin complejos de la historia de Europa.

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