No hay consolación (en) (para) la filosofía

Cuando alguien pregunta para qué sirve la filosofía, la respuesta debe ser agresiva ya que la pregunta se tiene por irónica y mordaz. La filosofía no sirve al Estado, ni a la Iglesia, que tienen otras preocupaciones. No sirve a ningún poder establecido. La filosofía sirve para entristecer. Una filosofía que no entristece o no contraría a nadie no es una filosofía. Sirve para detestar la estupidez, hace de la estupidez una cosa vergonzosa. Sólo tiene un uso: denunciar la bajeza en todas sus formas. ¿Existe alguna disciplina, fuera de la de filosofía, que se proponga la crítica de todas las mixtificaciones, sea cual sea su origen y su fin?

Gilles Deleuze

Goyo-Etica-ImperdibleLa última versión (por el momento) del anteproyecto de la LOMCE introduce algunas novedades sorprendentes respecto a la enseñanza de las disciplinas filosóficas. Para empezar, suprime la Educación para la Ciudadanía y los Derechos Humanos, como ya se esperaba, pero también la Educación Ético-Cívica de 4º de ESO. Aparece, eso sí, también en el cuarto curso, una indefinida asignatura “específica” (curiosamente, el anteproyecto denomina así a todas aquellas asignaturas cuya naturaleza no se ha especificado todavía) titulada, a secas, “Filosofía”; por otro lado, aparece una asignatura de “Valores éticos”, de 1º a 4º de ESO, como alternativa (evaluable) a la asignatura de Religión. En cuanto al Bachillerato, desaparece la obligatoriedad de cursar Historia de la Filosofía en el segundo curso, y de nuevo vemos cómo esta asignatura figura en la lista de “asignaturas específicas”, junto con, mira tú por dónde, la Religión.

El peso de la filosofía en el sistema educativo español (y no solo en el español) ha ido menguando progresivamente desde hace décadas. La Ley General de Educación de 1970 supuso el clímax en cuanto a carga horaria (dos cursos de cuatro horas cada uno). La LOGSE suprimió la Historia de la Filosofía en el segundo curso del Bachillerato (la mantuvo solo en una de las modalidades del mismo, hasta el año 2001 con la llamada “reforma de las humanidades”) y redujo de cuatro a tres horas la Filosofía del primer curso. La LOCE mantuvo esas seis horas repartidas en dos cursos, y la LOE, a través del Decreto de Enseñanzas Mínimas de 2007, las redujo a cuatro, dos en cada curso, si bien la mayoría de las comunidades autónomas ampliaron a tres horas esa carga lectiva.

Ninguna de estas reformas, incluída la reforma en curso, ha tenido en cuenta la opinión ni la experiencia de los profesores de filosofía. Esto no quiere decir que los distintos gobiernos hayan prescindido de asesores “filosóficos”: todo gobierno que se precie tiene sus filósofos áulicos, que conocen el favor y el destierro igual que todos los seres de áulica naturaleza, llámense Fernando Savater, Adela Cortina, Gustavo Bueno o Alain Finkielkraut, y cuya impronta se puede apreciar en los planes de estudios y a menudo también en las listas de libros más vendidos. Pero al profesor de filosofía, al ejecutor final de esos planes de estudios, jamás se le ha pedido opinión.

Hasta donde yo sé, esta reducción paulatina de la enseñanza de la filosofía no es exclusiva de España. La filosofía no es obligatoria en Dinamarca ni en el Reino Unido; en Suecia lo es dependiendo de la modalidad de Bachillerato elegida; es obligatoria, en cambio, en Portugal, en Finlandia y en Luxemburgo; en Italia también es obligatoria, y con un gran peso dentro del horario, pero su excesiva orientación historicista tiende a diluir la especificidad de la asignatura; en Alemania, donde cada Land tiene su propia legislación al respecto, lo más común es que la filosofía sea una suerte de alternativa a la enseñanza religiosa; en Francia, pese a la actitud combativa del profesorado, su peso se ha reducido considerablemente, aunque mantiene gran parte del prestigio del que gozaba antaño.

Honestamente, me gustaría sumarme a las muchas voces que defienden la pertinencia de la filosofía en la educación por sus intrínsecos valores formativos, por su capacidad para formar ciudadanos autónomos y críticos, pero a la vista está que la casta gobernante también ha estado sujeta a ese poderoso influjo y eso no les ha librado del fanatismo ni de la tentación de confundir lo privado con lo público. Si la filosofía es capaz de dar oxígeno al pensamiento crítico, a lo mejor es que se enseña poca filosofía; de otro modo, no se explicarían las tendencias suicidas de tantos millones de votantes (¿faltaron todos a clase el día que se explicó lo de la “elección racional”?). Lamento ponerme tenebroso, pero no creo que más horas de filosofía nos libren de la burrez hispánica.

En cambio, estoy convencido de que la filosofía contribuye activamente a la formación de ciudadanos pasivos, mojigatos, fanáticos y rencorosos. Del mismo modo, creo que el problema del sistema educativo español no es la escasez sino el exceso de enseñanza filosófica. Y todo ello por dos razones fundamentales.

La primera razón es que no solo se enseña filosofía en las clases impartidas por profesores de filosofía. La filosofía atraviesa la educación primaria y secundaria, y está presente en la enseñanza de las materias lingüísticas, de la historia y la geografía, de las ciencias naturales y de la educación física. Es inevitable, gloriosamente inevitable, que en todas esas disciplinas se traten, de vez en cuando, problemas filosóficos: la relación entre el significante y el significado, el concepto de nación, el origen de la vida, los hábitos saludables. Etcétera. Lo que ocurre en todos estos casos es que se aborda esa temática de un modo dogmático y amateur. Y no por falta de voluntad en el profesorado, ni siquiera en muchos casos por falta de conocimientos, sino por desconocimiento del método adecuado. Para decirlo brevemente: donde hace falta enseñar filosofía es en los estudios universitarios, sean del área que sean.

La segunda razón es que una determinada escuela de pensamiento filosófico goza de trato preferente en el sistema educativo español: el pensamiento cristiano. Se trata de una orientación filosófica que, en justa competición con las demás, podría formar parte de cualquier discusión racional. Sin embargo, al concedérsele un estatuto especial dentro del sistema educativo, se la coloca por encima del resto, anulando cualquier intento de clarificación conceptual por la simple vía de la repetición del dogma. Esta situación es incompatible con cualquier ideal de educación democrática, habida cuenta de que la democracia no es otra cosa que la prohibición de que una voluntad particular invada el espacio público y común y se lo apropie.

Solo esas dos razones justifican la defensa de las disciplinas filosóficas en la enseñanza: porque solo en las clases de filosofía el debate filosófico está libre de amateurismo y solo en ellas se muestra al cristianismo como una opción entre muchas, no la única, no la verdadera. Es poco, y está muy lejos del ideal de educación laica y republicana al que uno aspira, pero sabido es que la educación no suele conspirar contra la sociedad, antes al contrario: en el sistema educativo se reproducen los valores y los intereses de la sociedad y, al no ser la nuestra una sociedad laica ni republicana, difícilmente puede la escuela ser otra cosa.

Pese a todo, resistimos. Y, consecuentemente, nos entristecemos.

A hombros de gigantes: Filosofía en secundaria from Antes de las cenizas on Vimeo.

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