Noche de Reyes

Sí, es cierto: envolvemos a los niños en una mortaja de mitos que, con el paso de los años, se acabará rasgando y mostrando una realidad sin magia, incapaz de competir con los relatos de la infancia. Pobres niños. Se diría que celebramos su credulidad desde el cachondeo, como si con cada trola que les contamos nos volviéramos más fuertes, más maduros. Somos unos abusones de tomo y lomo, pero ahí está la gracia, en creernos por unas horas más listos que nadie.

Así de enteradillos vamos por la vida, nosotros los padres, los reyes, los urdidores. ¿Quién diría que también nosotros consumimos nuestra ración de mitología barata? Cualquiera que nos vea deslizándonos, furtivos, en la madrugada del seis de enero, tejiendo la red de apariencias en que nuestros hijos, pobres ilusos, caerán al despertarse, pensará que somos mentes avispadas, maestros del escepticismo, indagadores natos. No es posible que a intelectos de nuestro calibre se les pueda vender un relato tras otro como si fuésemos bobos, no, no es posible, es todo un juego, quién va a creerse que nos pueden dar gato por liebre una vez y otra y otra más.

Pero ahí está, también, la gracia, en engañar al engañador, doble torsión donde el cazador resulta a su vez cazado sin saberlo, y no por tres reyes, sino por uno solo, en entrevista editada y con Jesus Hermida haciendo de paje. No puede haber mayor humillación. El cachondeo a nuestra costa debe de ser mayúsculo.

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