Anime su desayuno con un giro copernicano

Marzo, luego Kant. Y por culpa de Kant he decidido montarme un giro copernicano, que a priori suena un poco guarro pero no es para tanto.

Consideremos el problema según se plantea en la Crítica de la razón pura y no perdamos los nervios. Dice Kant que, si convenimos en que lo que llamamos “conocer” es una relación entre un sujeto (cognoscente) y un objeto (lo conocido, pero también lo cognoscible o su contrario), no avanzaremos gran cosa al suponer que es el objeto quien determina esa relación. Inspirado por Copérnico, propone Kant darle la vuelta al dibujo y suponer que es el sujeto quien condiciona al objeto, y no a la inversa. De ahí surge toda la filosofía crítica y, en su estela, todo el pensamiento hegeliano y antihegeliano, con cuyas migajas seguimos alimentando a la bestia filosófica, o a lo que queda de ella.

Giramos copernicanamente más a menudo de lo que creemos. Es frecuente oír a alguien describir su desayuno diciendo: “Me he tomado unas galletas con el café”. Sin embargo, esa misma persona, al referirse al almuerzo, no suele comentar que ha acompañado un vaso de vino con unos garbanzos, sino al revés, invirtiendo así la relación sólido/líquido bajo la cual había contemplado el desayuno. Ocurre algo parecido en un sinfín de contextos. Convengamos en que es más sencillo decirle a alguien: “No eres tú, soy yo”, que proponerle un giro copernicano para no herir las formas a priori de la sensibilidad a flor de piel.

Lo que a mí me ocurre últimamente es que no pasa día sin que constate que cada vez hay más gente en desacuerdo conmigo. Y esta constatación se la debo a un giro copernicano, pues hasta ahora pensaba que era yo quien estaba en desacuerdo con mucha, demasiada gente. Cabría suponer que esa sería la forma correcta de expresarlo: “No pasa día sin que constate que cada vez estoy en desacuerdo con más gente”. Ocurre, no obstante, que si así fuera sería yo quien se encontrara al margen del acuerdo. Yo, el discrepante. Los demás, unidos en consenso. Sería yo la mosca cojonera que a todo le pone peros, hasta a los peros.

Uno ya está habituado a verse de ese modo, y no falta una épica del discrepante, fácil de vestir en cualquier estación. Sin embargo, mi decisión es firme: comprendo mejor mi relación con el mundo si asumo de una vez que no soy yo quien discrepa de la opinión general, sino que no hay tal opinión general y que, por tanto, mi discrepancia es tan normal como el simple hecho de discrepar. Lo raro, en efecto, sería el consenso. De ahí que lo que ahora me preocupe (el caso es preocuparse, he ahí otra constatación apresurada) es haber estado de acuerdo con tanta gente.

Los acuerdos no vienen solos. Se dice que son fruto de la negociación, de la renuncia, del apaciguamiento de las pasiones y las urgencias, del reconocimiento de lo común por encima de lo individual. E pluribus unum. Pero más bien parece que son simples ilusiones, el resultado de un proceso no tanto de negociación como de oscurecimiento, como si cada uno de nosotros se esmerase en traducir a su propio código las expresiones del otro, los intereses y los deseos del otro, hasta lograr ver en qué se parecen a nuestros propios intereses y deseos y, movidos por la simpatía, identificarlos con nuestros propios intereses y deseos. Se trata de ceguera, de un velo de ignorancia (la expresión es de Rawls, pero no lo expresado) que nos permite pasar por encima de los desacuerdos sin darnos cuenta de que lo son.

Así las cosas, resulta que la única opinión con la que puedo estar de acuerdo es la mía, y tendré que sospechar, cada vez que alguien me dé la razón, que no se me ha entendido o se me ha malinterpretado. Yo sé lo que opino sobre Hugo Chávez, sobre Ángel González (el portavoz parlamentario de Izquierda Xunida en la Xunta Xeneral del Principáu, no el poeta), sobre Mario Vargas Llosa y sobre la curia vaticana. Pero si mi opinión solo va a ser tenida en cuenta a condición de distorsionarla para que coincida con un cliché, me interesa tanto que me den la razón como que me la nieguen. Eso sí, siempre estaré disponible para explicarla con todo lujo de detalles. Lo que no me entusiasma demasiado es seguir perdiendo el tiempo hablando con las paredes.

Pero es marzo, luego Kant. Y los desayunos kantianos tienen estas consecuencias.

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