Mein Herr

Lo ha dicho el avatar de Rajoy: España crecerá “con claridad” en 2014. De donde se deduce que, a ojos del ciberpresidente, vivimos en una España que crece a oscuras. Será por culpa del precio de la luz. O porque andamos a ciegas, a bastonazos con los demócratas de toda la vida, a escrache limpio contra los defensores del bien público. Nos tenemos merecido todo lo que nos pasa.

O eso, o no nos salen las cuentas, y no me refiero a las del tesoro público, ni a las del Partido Popular, sino a las cuentas de la vieja, a esas que consisten en comparar lo que tienes delante con lo que te susurran al oído. No es la primera vez que se produce un conflicto entre esos dos sentidos, de hecho. Por mi parte, si tuviera que elegir, tomaría la misma decisión que Heráclito: “Los ojos son testigos más fiables que los oídos”. Y así, diga lo que diga ese altavoz, lo que ven mis ojos es una versión azulenca del Mago de Oz repitiendo clichés cuya solvencia se remonta, como poco, a la Alemania de Hitler.

Lo hemos visto, y en todos los casos la imagen ha podido más que los mil balbuceos que la Joven Guardia Coja ha proferido a guisa de comentario. Hemos visto a Alberto Núñez Feijóo en bañador con Marcial Dorado en bañador. Hemos visto facturas y más facturas, fracturas y más fracturas, desahucios y más desahucios, ineptitudes una tras otra. Aún no lo hemos visto todo, pero ya hemos visto a una infanta imputada y hemos visto a Rubalcaba balbucear como si se le hubiera muerto el hámster. Estamos viendo que de esta no salimos sin perder el guardabarros, pero las elites siguen haciendo como que ya viene la grúa: escuchemos la radio mientras esperamos.

Lo que oímos son rebuznos. Bien nos vendrían rebuznos sinceros. Un maestro de cermonias como el que encarnaba Joel Grey en Cabaret, con su optimista visión del naufragio: “Ya se lo dije, aquí no hay problemas. Aquí la vida es hermosa. Las mujeres son hermosas. Hasta la orquesta es hermosa”.

O que, al menos, en la próxima telecomparecencia del telepresidente, algún periodista áulico fuese la mitad de ocurrente que aquel crítico del New York Times ante la actuación de Lola Flores en el Madison Square Garden y le anunciara como se merece: “No sabe cantar, no sabe bailar, pero no se lo pierdan”.

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