Corona sin norte

En vísperas de la revolución de 1868, Juan Valera describía así el clima político español: “La Corona estaba sin norte, el gobierno sin brújula, el Congreso sin prestigio, los partidos sin banderas, las fracciones sin cohesión, las individualidades sin fe, el tesoro ahogado, el crédito en el suelo, los impuestos en las nubes, el país en la inquietud, la revolución en actitud amenazadora, la prensa perseguida o silenciada y el poder condenado uno y otro día por los Consejos de Guerra que absolvían a los periódicos a ellos sometidos”. Mucho nos suena esto, si no todo, al menos hasta la novena o décima coma. Claro que la historia es, en parte, esto: un surtido de citas donde vernos reflejados.

La Corona sin norte, también ahora. Desde que se conoció la imputación de la infanta Cristina, la Casa Real no ha hecho más que meter la pata. Para empezar, y muy lejos de aplicar las palabras del rey en su última homilía navideña (“La justicia es igual para todos”), ha manifestado su “sorpresa” por la decisión del juez, demostrando de paso que una institución, aunque carente de nervios y emociones, puede sorprenderse, y mucho. A continuación, se ha mostrado conforme con el recurso planteado por la fiscalía anticorrupción (en su nueva fase como abogacía del Estado, o de la Corona, o de las dos cosas), asumiendo implícitamente una posición defensiva francamente ofensiva. Por último, y tras enviar al heredero a dorarles la píldora a los jueces, ha nombrado defensor de la infanta a un dinosaurio de la transición, Miquel Roca, quien tal vez nunca hubiera imaginado que interpretaría a Lanzarote del Lago antes que al Timbaler del Bruc. Con estos tres pasos en falso, la Corona viene a demostrar que le importa más la tradición que la legitimidad democrática, y a eso se aferra, a una tradición secular de empecinamiento, improvisación y horror al vacío.

Nada así podía esperarse a la altura histórica de 2013, con la mayor parte de las monarquías europeas reconvertidas en las Disneylandias de sus territorios. Todo, en cambio, era absolutamente esperable a poco que repasáramos la historia de la monarquía borbónica y su conocida tendencia a encastillarse en el capricho y en jugar a “o César o nada”. Se trata de la misma historia que nos explica por qué Isabel II tuvo que salir por piernas de un país donde el republicanismo era una opción minoritaria incluso entre los propios republicanos, o por qué a Alfonso XIII lo puso en fuga un inviable mejunje de partidos políticos que hasta entonces (1931) no habían resultado aún demasiado inquietantes: tanto la primera como el segundo se empeñaron en huir hacia adelante, hasta que, finalmente, la huida acabó pareciéndose demasiado a un exilio a perpetuidad. Quienes busquen parecidos entre aquellas dos situaciones históricas y este nuestro presente descoyuntado, podrán encontrar unos cuantos, más con la primera que con la segunda; también hay diferencias, de las cuales una no es precisamente baladí, a saber: la talla política de los opositores al régimen en aquellos momentos, o más precisamente el equilibrio entre sus dotes organizativas, retóricas y negociadoras, y su capacidad para influir en el curso de los acontecimientos. En cualquier caso, si algo debiera quedar claro es que tanto en 1868 como en 1931 había en España más partidarios de la monarquía que en la actualidad, y así y todo no fueron suficientes para dotarla de una legitimidad de ejercicio de la que esta, la de ahora, también carece.

¿Qué gana la Corona con convertir el posible juicio de la infanta en un juicio de Estado? ¿Por qué ese empeño en evitar que sea la ciudadana Cristina de Borbón y Grecia la que se siente en el banquillo, colocando en su lugar a toda la dinastía, al régimen constitucional en bloque? Caben seguramente dos respuestas, no sé si mutuamente excluyentes. La primera, que la Corona sea consciente de que sus cimientos llevan tambaleándose demasiado tiempo y quiera someterse a un torticero plebiscito sin plebe y aprovechar los efectos de una sentencia que prevé absolutoria. La segunda, que no sea consciente de nada de eso y simplemente esté actuando sin norte, como sus predecesores, esto es: confundiendo la institución con la familia, el bien público con el privado,  y el Estado con su cortijo particular.

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