Y en Roma misma a Roma no la hallas

En sus Cuadernos de notas sobre Memorias de Adriano, Marguerite Yourcenar dice haber concebido la novela entre 1924 y 1929, “entre mis veinte y mis veinticinco años de edad”. Si uno se toma la molestia de repasar la copiosa bibliografía que cita la autora, comprobará que la mayoría de los títulos son anteriores al primero de esos años; hay excepciones, naturalmente, que vienen a confirmar el largo proceso de reelaboración de la novela, publicada finalmente en 1951. Aun siendo así, Memorias de Adriano no es, en absoluto, una obra de juventud.

Perseguir durante décadas el retrato fidedigno de un emperador romano, sea cierto o no el novelesco proceso de reescritura al que se refieren los Cuadernos, nos autorizaría a emplear la palabra “obsesión”, de no ser porque las obsesiones, al menos las que uno conoce de primera mano, no acostumbran a resultar tan elegantes. La elegancia en el trazo, esa torsión de adagio cantabile que tanto debe a André Gide (y a la que tanto deberá el Bomarzo de Mujica Lainez), hace de Memorias de Adriano un peplum manierista, al menos si lo comparamos con la sobriedad, casi sequedad, de Robert Graves, cuyo Claudio parece haber estudiado con Jack London. La personalidad de Adriano se amolda a las sinuosidades de ese estilo un tanto displicente: la construcción del personaje se solapa con la persecución de una noción precisa aunque inasible de la felicidad, aquella que se rastrea en Lucrecio pero no en Virgilio y mucho menos en Marco Aurelio: la vindicación epicúrea del placer, y del aprendizaje como placer, a la cual debe Memorias de Adriano su aura de obra clásica.

El gran acierto de Memorias de Adriano consiste en usar el mundo romano como pantalla en la que proyectar una película griega: la Roma de Adriano es más la de Escipión Emiliano que la de Catón el Viejo: una Roma que mira hacia Oriente con los ojos de Grecia. Las intrigas palaciegas que tanto interesaban a Graves quedan reducidas aquí a la condición de nimiedades de las que apenas un emperador debe ocuparse (y una escritora mucho menos). La Roma de Adriano quiere ser un híbrido de Platón y Julio César: mente griega, eficacia romana. Buen intento. Y doble acierto, por cuanto llega en el momento adecuado: en 1951 no se asocia a Roma con la exaltación de los placeres y las artes, sino con la maquinaria bélica y los espectáculos de masas, debido a la influencia, aún muy reciente, de la imaginería fascista, pero también del cine (de hecho, en 1951 se estrena Quo Vadis?, tal vez el filme que mejor expresa ese concepto de Roma como epítome del totalitarismo). Memorias de Adriano deja que brote y se desborde esa Roma oculta bajo los estandartes de los legionarios, una Roma a la medida del cuerpo, no del Estado. No impedirá que Hollywood imponga su relato de los hechos, pero dará pie a pensar que otra Roma fue posible.

De ahí, también, mi mayor objeción a Memorias de Adriano: la ingenuidad política de los epicúreos, su total desinterés hacia la mecánica del cambio social, también está presente en este Adriano cuya concepción del poder político es una mezcla de ambición personal y fatalismo y cuyos puntuales asomos de civismo responden más al hábito y a la necesidad de mantener una imagen pública que a implausibles convicciones democráticas: “Las costumbres menos rudas, el adelanto de las ideas durante el último siglo, son obra de una íntima minoría de gentes sensatas; la masa sigue siendo ignara, feroz cada vez que puede, en todo caso egoísta y limitada; bien se puede apostar a que lo seguirá siendo siempre”. Cierto, las ideas políticas de Adriano no tienen por qué ser las de la autora, y no seguiríamos alabando la verosimilitud histórica de esta novela si el emperador se nos apareciera como un demócrata de toda la vida, pero en cambio transigimos con sus digresiones sobre la mesocracia (“Parte de nuestros males proviene de que hay demasiados hombres vergonzosamente ricos o desesperadamente pobres. Hoy en día, por suerte, tiende a establecerse el equilibrio entre los dos extremos”) y con sus anacrónicas exaltaciones del libre mercado (“A veces nuestros comerciantes son nuestros mejores geógrafos y astrónomos, nuestros naturalistas más sabios. Los banqueros se cuentan entre los mejores conocedores de hombres”; “Una distribución juiciosa de los graneros del Estado ayuda a contener la escandalosa inflación de los precios en épocas de carestía, pero yo contaba sobre todo con la organización de los productores mismos”) y de la burocracia (“En tiempos de crisis, la administración bien organizada podrá seguir atendiendo a lo esencial, llenar el intervalo, a veces demasiado largo, entre uno y otro príncipe prudente”). Nada tiene de censurable que un romano del siglo II se convierta a los postulados del gran pacto interclasista que surgió de la Segunda Guerra Mundial, y a ello parece referirse Yourcenar (de nuevo los Cuadernos) al afirmar que “se escribe para atacar o para defender un sistema del mundo”. Es una lástima que uno no pueda abrazar ese sistema con el mismo entusiasmo.

[Publicado en El Cuaderno: Mensual de cultura, número 45, mayo de 2013.]

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s