Ahola no es de leil

Ignoro si lo que voy a confesar puede achacarse a un desorden mental identificado y catalogado en el DSM-IV, pero hay días, cada vez con más frecuencia, que la actualidad política española me parece fruto de una representación, como si toda ella obedeciera a un guión y, para ser más precisos, al guión de una comedia. Siendo como soy, receptivo a todo tipo de chistes, hasta a los más zafios (especialmente a los más zafios), lo que me inquieta en este caso es que la comedia en cuestión no me hace ninguna gracia. De ahí mi desconfianza, pues como espectador soy el tipo más dócil del mundo, caigo en todas las trampas sin remisión y sospecho de todos los personajes menos del verdadero asesino, así que, cuando algo me hace reír, lo atribuyo a la natural simpatía de mis congéneres, mientras que, si me deja frío o me irrita, empiezo a sospechar que hay por ahí algún guionista que no ha hecho bien su trabajo.

De otro modo, no me lo explico. Que un señor ministro como Jorge Fernández Díaz, que es el hombre así como seriote y de misa fácil, le suelte a un periodista que el aborto tiene “algo que ver” con ETA, “pero no demasiado”, no cabe atribuirlo a su natural donosura, ni a que se haya fumado dos canutos antes de salir a escena: han tenido que escribírselo. Y el autor, sea quien sea, tiene que ser el mismo que ha puesto en boca de ese otro ministro apellidado Margallo esta perla a propósito de la “desimputación” de Cristina de Borbón: “Me parece una magnífica noticia porque es una Infanta de España”. Son frases que llevan sello, el marchamo de un Jardiel Poncela hasta las cejas de peyote, pero no de un comediante de ideas fijas, o al menos es generoso en lo que a repartir gracejo se refiere: a Beatriz Talegón le da parlamentos brillantes, como ese en que atribuye al 15-M el triunfo del PP, aunque el papel de esta chica está inspirado directamente en el de aquel aspirante a presidente que se calificaba a sí mismo de “socialista libertario”.

Lo cierto es que últimamente no tengo el ánimo para bromas, lo confieso también: a veces se necesita una cierta aquiescencia para hacer reír, y está claro que yo no se lo estoy poniendo fácil al hipotético libretista de esta ópera bufa. Ahora bien, estoy dispuesto a reconocer el talento allí donde lo veo, y es de justicia admitir que es un genio el que convenció a Felipe de Borbón para soltar este eslogan, tan fácil de confundir con un lamento real: “El planeta no nos pertenece”. Digno de Falstaff.

En todo caso, cualquier comediante sabe que el exceso conduce a la apatía: demasiado ingenio, demasiados chascarrillos, por larga que sea la comedia, solo consiguen poner nervioso al público. Si por lo menos el rosario de chistecitos vienera salpimentado con algo de slapstick, la representación se haría menos pesada, pero el rey ya se ha caído más veces de las recomendables para un hombre de su edad, y los tartazos son escrache, es decir que son ETA. Ha de ser por eso que nuestro guionista anónimo se ha visto obligado a recurrir a la categoría más ínfima e infame del humor: la inocentada. Una especialidad que arranca carcajadas al humorista, pero no a ti como espectador, sobre todo si la inocentada consiste en retirarte una prótesis por no poder pagarla o en dejarte morir de tuberculosis por lo mismo.

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