Tiempo de gaviotas

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Vale. Ahora dice Rubalcaba que si el gobierno no retira la LOMCE, romperá (si gobierna) los acuerdos con el Vaticano. Esto es: que el PSOE hará en un futuro condicional lo que no quiso hacer durante veintiún años de gobierno en presente de indicativo. Majaderías aparte, tampoco es el PSOE, ni Rubalcaba ni ninguno de los demás, quien tiene la menor capacidad de decisión con respecto a la LOMCE, ni falta que hace. Después de todo, su forma de gestionar la educación en Asturies, donde gobiernan, no se caracteriza precisamente por el denuedo con que combaten el poder de los soviets cardenalicios, léase colegios concertados.

No, no debería importar lo que el PSOE diga que hará si vuelven las oscuras golondrinas. Nos guste o no, es tiempo de gaviotas: son los diputados del PP quienes aún pueden devolver la LOMCE a la pútrida sentina de la que no debería haber salido, y a ellos cabría dirigirse en un último esfuerzo por evitar un desastre de magnitud 9 en la escala de Richter. De paso, podremos comprobar si queda algún rescoldo de aquella “derecha civilizada” tan aplaudida por ciertos intelectuales de pseudoizquierda, toda vez que lo de Gallardón se ha quedado en aborto.

A los diputados del PP podría recordárseles, para empezar, el mucho empeño que siempre han puesto (al igual que sus supuestos adversarios del PSOE) en alabar las virtudes de la política estadounidense y en apoyar los desvelos del gobierno norteamericano en su lucha contra el Kremlin (o contra quien sea). Recuerden los perniles de Aznar en el rancho de Bush y hagan como él: marquen hegemonía. Sé que es duro eso de inspirarse en una república presidencialista cuando vives en una monarquía parlamentaria y aspiras a hacerlo en un cuartel o en un convento, pero pidamos seriedad y coherencia: copien el modelo completo, por favor, no solo sus defectos. Cualquier gobierno de los Estados Unidos sufre en sus carnes el escrache combinado de docenas de lobbies religiosos, no solo del católico (que también), y, dado que tampoco allí suelen tener gobernantes ateos, podemos suponer que estos también sufren la presión de sus propias conciencias. Pero la religión se mantiene fuera de las escuelas, y los jueces son inflexibles al respecto: sentencia del caso Engel vs. Vitale (1962), sentencia del caso Wallace vs. Jaffree (1985), sentencia del caso Lee vs. Weisman (1992). ¿Descontentos? A miles. Pero se aguantan. Y no por falta de ganas, sino por consciencia de lo mucho que está en juego: saltarse la separación entre la Iglesia y el Estado sería tanto como suponer que hay una instancia por encima de este último, un superpoder con licencia para interferir en las decisiones del gobierno y del parlamento. (También carecen, por cierto, de lengua oficial. Otra ventaja no suficientemente comentada por estos pagos.)

Ya lo decían en Amanece, que no es poco: los americanos también tienen cosas positivas. Ahí va otra: su obstinación en no confundir el poder ejecutivo con el legislativo, su reluctancia a diluir ambos en esa res cogitans infinita llamada “el partido”. En España, lo normal es que los diputados actúen como meros títeres del gobierno de turno, lo cual no les deja en muy buen lugar, ni a ellos ni a sus votantes. Seamos claros: el modelo de articulación entre poderes y partido no es aquí, ni mucho menos, el de la Constitución de los Estados Unidos, sino el de la Constitución de la Unión Soviética de 1936. La de Stalin, para entendernos. El partido es un todo mayor que sus partes, y gobierno y parlamento se subsumen en él. Y si no es así, a ver entonces por qué parece Cospedal la portavoz de un gobierno del que no forma parte. Yo tengo el frívolo capricho de ver algún día una mayoría parlamentaria rechazando un proyecto de ley presentado por un gobierno de su mismo partido. No sería tan emocionante como ver a los borbones camino de Estoril, pero ya sería algo. Y tampoco estoy pidiendo mucho, al menos (insisto) según el inspirador ejemplo del amigo americano.

Esta es la mejor ocasión para comprobar que en España aún es posible algo parecido a una democracia: la oposición casi unánime que la LOMCE ha despertado en la comunidad educativa debería tener su reflejo en el parlamento. De lo contrario, podríamos empezar a hablar de despotismo y de cosas peores, y muchos diputados (presten atención) podrían perder su escaño en un futuro no tan lejano. Piensen que la Conferencia Episcopal no es como Endesa: no recoloca a sus leales servidores cuando estos pierden el favor de los electores. Mucho me temo que ni siquiera ruegue por sus almas: el suyo es un cielo con reválida.

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