Teoría y práctica del spoiler

Spoiler número 1. Tenía dieciséis años cuando leí El nombre de la rosa. Supe quién era el asesino antes de llegar a la mitad de la novela. Si se lo hubiese revelado a alguien, eso habría sido un spoiler, pero a los dieciséis años yo no conocía esa palabra y, de haberla conocido, no le habría otorgado ninguna trascendencia. Más grave me parecía el hecho de que Umberto Eco hubiera cometido un error tan garrafal como el de hacer que el asesino, en la página 169, mostrara extrañeza ante un elemento de la escena del crimen que solo podría chocarle si hubiese estado en ella con anterioridad. El spoiler más sangrante lo había ejecutado el propio autor.

Spoiler número 2. La buena literatura, como la vida, está repleta de spoilers. Cierto que, también como en la vida, hay lectores a quienes desagrada que el autor haya sembrado el relato de señales cuya correcta interpretación permite anticipar el desenlace. Puede que el lector ideal de muchos escritores sea aquel que es capaz de ver por el rabillo del ojo esas señales premonitorias, sin reparar realmente en ellas, o interpretándolas en todo caso como elementos ornamentales, de tal modo que, al presentarse el desenlace, se produce esa sorprendente y agradable sensación de que todo encaja: el mecanismo de la ficción ha funcionado. En ocasiones, ese clímax intelectual es vivido al unísono por el lector y el protagonista de la obra. Pienso en Señales, la película de M. Night Shyamalan, y en el momento concreto en que Mel Gibson casa por fin todas las piezas y reconstruye el dibujo que estas formaban: las señales que ni él ni el espectador habían identificado como tales adquieren, de pronto, un significado inequívoco. Es un súbito arranque de inspiración por parte del protagonista, algo así como un transporte místico, como si se le hubiese abierto aquello que el hinduísmo llama “el tercer ojo”: un órgano perceptivo oculto en lo más profundo de la mente humana y cuya apertura nos permite reconocer todos y cada uno de los spoilers diseminados a nuestro alrededor.

Spoiler número 3. A veces todo está ahí, a nuestro alcance: por todas partes hay señales que remiten no tanto a una revelación futura como a una racionalidad presente, inmanente, desentrañable a poco que uno sepa reunir la información pertinente y extraer conclusiones razonables, sin necesidad de andar hurgando en orificios metafísicos. Es la estupidez la que conspira contra esa catarsis intelectual. Nos ocurre como al protagonista de “La cosa no tiene remedio”, un cuento de Iban Zaldua sobre las segundas oportunidades*. Trata de un hombre cuya vida ha sido una cochambre absoluta y que ansía, por encima de todo, regresar al pasado y corregir el instante en que su trayectoria se torció. En su adolescencia, a este hombre le partió el corazón una compañera de instituto al revelarle, el día que por fin él se atrevió a invitarla a salir, que habría aceptado si se lo hubiera propuesto dos días antes. Fue entonces cuando se jodió el Perú, y es pues comprensible que, cuando el héroe logra retroceder en el tiempo, cite a la chica dos días antes de las calabazas, sin darse cuenta de que, al hacerlo, la está colocando dentro del radio de acción de un atentado terrorista. No solo arruina por segunda vez su propia existencia, sino también la de ella. Y habría podido evitarlo, pues recordaba perfectamente el atentado, hasta el punto de ser capaz de describir (el lector lo ha leído, junto con el relato de su desengaño) el cortejo fúnebre que desfilaría dos días después. No hacía falta que se abriera en su mente ningún tercer ojo: cualquier inteligencia normal y corriente habría sabido leer los spoilers, habría reconocido esas señales, no precisamente crípticas, pero, al igual que el lector no ha reparado en ellas (pues el autor ha sabido mostrárnoslas sin estridencias, no como Umberto Eco en la fatídica página 169), también él estaba ciego para todo lo que no fuera el gañido luctuoso de su corazón roto. Algo así parece ocurrirle a la izquierda europea en nuestros días, incapaz de leer esas señales que anticipan el desastre, carente de la lucidez necesaria para interpretarlas y construir desde ellas una resistencia coordinada y eficaz, y tan absorta en sus memeces retóricas y en su rencores históricos que solo verá las cosas claras cuando se le abra el tercer ojo. Solo que, para entonces, ese tercer ojo no será el de la mente, sino el otro.

*Iban Zaldua, Porvenir. Lengua de Trapo, 2006.

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