Historia Universal de la Infamia: The Next Generation

“El presidente es intachable en todos los sentidos”. Lo ha dicho Javier Arenas refiriéndose a su jefe, que es el de todos los intachables, el de todos los intocables, don Mariano Rajoy Brey. Se necesita tener la cara como el cemento para proferir una sentencia semejante, pero también es posible, aunque poco probable, que Arenas, haciendo honor a su apellido y a los usos y costumbres de la picaresca inmobiliaria, esté haciendo pasar por cemento lo que no pasaría de argamasa y que, lejos de pretender ser sincero, se haya dejado llevar por la moda florianil de las frases lapidarias. Sea como fuere, de intachable, nada, y menos en todos los sentidos, pues tampoco hay muchos sentidos que buscarle al atributo.

“Intachable” es todo aquel que no puede ser tachado, esto es, censurado; aquel a quien no cabe colgarle una “tacha de infamia”, la cual no era otra cosa, en el Derecho romano, que la nota censoria que despojaba a un ciudadano de su condición de elegible para un cargo público. El lenguaje no tiene dueños, por muy estupendos que se nos pongan los Arenas, los Florianos y los Marianos, y si el presidente acaba de echar mano de un concepto como el de “Estado de Derecho”, aunque sea para convertirlo en sujeto de una oración ridícula, deberá atenerse al significado del mismo y a sus implicaciones no solo lingüísticas sino también jurídicas: un Estado de Derecho atribuye condición de ciudadano, y por tanto de elegible, y en su nombre puede tacharse a un individuo de infame, con todas las consecuencias legales y morales que ello comporta.

El Estado de Derecho es intrínsecamente heredero del corpus jurídico romano. A menos que se produzca un Gran Salto Adelante, y aun produciéndose, será inviable arbitrar un espacio público habitable sin hojear de vez en cuando el Digesto. Puede intentarse, naturalmente, y a ello han dedicado cuantiosas energías algunas eminencias grises como George Bush Jr. o Mobutu Sese Seko. Rajoy no es el primero, y no será tampoco el primero en fracasar: un infame lo es aunque lo niegue, e incluso, como es el caso, aunque se niegue a negarlo.

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