Leo

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Leo Shakespeare y la ballena blanca, de Jon Bilbao. Me acuerdo de Shakespeare In Love y no puedo dejar de pensar en la mala cara que tenía Joseph Fiennes y en lo guapa que estaba Gwyneth Paltrow y en lo gran actor que es Geoffrey Rush y en que Colin Firth está soberbio aunque le toquen papeles ridículos y en que mejor le hubieran dado a él el papel de Marlowe en lugar de a Rupert Everett. Cuando quiero volver a prestar atención, ya estamos en la página quince. Vuelvo a empezar. Esta vez llego a la página treinta sin pensar en Shakespeare In Love pero no puedo dejar de pensar en El hermano de las moscas, de Jon Bilbao, y en lo mucho que me gustó El hermano de las moscas, a pesar de la crueldad con que apuñalaba la gramática, y me pregunto si este Jon Bilbao y el otro serán parientes o algo.

Leo Karnaval, de Juan Francisco Ferré. Es un panfleto simpático, sin apuñalamientos gramaticales, de trazo suelto, pero no me atrapa. Me da un poco lo mismo si Strauss-Kahn llega a perfilarse como personaje novelesco. Me lo apunto, no obstante, para una futura reencarnación.

Leo El jardín colgante, de Javier Calvo. Una novela política a pesar de que va bastante ligera de realismos (de hecho, muchas de las mejores novelas políticas son así: véase, si hay dudas, El hombre que fue Jueves, con la que El jardín colgante guarda más de una semejanza). La trama se acerca bastante a la versión que daría Terry Pratchett de la transición española, si alguien se la pidiera: un meteorito, un grupo terrorista, un agente doble, un agente sencillo aunque complejo, un paseo con psicotrópicos por las intersecciones entre las cloacas del Estado y los túneles del terrorismo (la expresión es de El Roto, creo recordar). Tiene mucho de gran guiñol, al igual que otras novelas de Calvo que he leído (quizá Corona de flores sea la mejor de todas). Es curioso que una trama tan aparentemente disparatada resulte verosímil: sin duda es mérito del autor, pero no descartemos que también el país y la época tuvieron mucho de disparate.

Leo Anatomía de un instante, de Javier Cercas. El disparate de la transición, pero como si nos lo tomáramos en serio. Tiene páginas brillantes, pero también las tenía Soldados de Salamina, y en ambas la misma sensación de que Cercas quiere venderme algo que yo no quiero comprar. Aquí también hay arquetipos, pero disfrazados de agentes históricos con nombres y apellidos: no siempre salen las cuentas, a veces el modelo se niega a reconocerse en la fotografía y se produce un desenfoque bastante desagradable.

Leo Twist, de Harkaitz Cano. La reconstrucción del secuestro, la tortura y el asesinato de dos activistas de ETA, Soto y Zeberio (claros trasuntos de Lasa y Zabala), a través de los ojos de su compañero de militancia Diego Lazkano. Es en parte novela policíaca, novela política, pero no solo. Una parte importante de la novela gira alrededor de la idea de arte (la cita de Joseph Beuys, la conferencia sobre este, las instalaciones de Gloria, etc.), pero tanto esa parte como la que recoge la trayectoria de la amiga periodista no acaban de encajar en el conjunto, aunque lo equilibran. Esto es, la estructura gana con esa dispersión, pero la estatura del personaje de Lazkano pierde varios centímetros. Algo en esos capítulos me recuerda a La contravida, de Philip Roth. La imaginería sexual, interesante. Los diálogos, en ocasiones, pecan de afectación (¿tal vez se ha perdido algo en la traducción?). Se nota que fui tomando notas mientras la leía.

Leo Aire Nuestro, de Manuel Vilas. Podría ser un estupendo libro de relatos si Vilas no se hubiera empeñado en que tenía que hacer una novela. Así que son demasiados relatos y demasiado poco afinados como tales, lo que nos conduce de nuevo al gran problema del esfuerzo y de cómo si uno escribe “pam-pam-pam”, que diría el Señor de las Nocillas, generalmente lo que sale no suele estar a la altura de la música que sonaba en tu cabeza. Me alegro de que la moda se haya terminado. Me alegro por Vilas, también, pero me alegro sobre todo por sus lectores. Yo mismo, sin ir más lejos, me apunto a leerme El luminoso regalo si me prometen que no más hipercosas pangeicas, ya tú sabes.

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