Munro no se cierra

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Alice Munro ha ganado el Nobel de Literatura y, por primera vez en muchos años, yo he vuelto a sentir un moderado interés por ese galardón. No puedo decir que sea un tema de discusión que me apasione, pero desde luego tampoco comparto la supuesta iconoclastia de los que todos los años aprovechan el segundo jueves de octubre para recordarnos que ni Joyce ni Borges obtuvieron el Nobel, y sí, en cambio, Echegaray y Pearl S. Buck. Algo tendrá ese premio para concitar tanta fascinación, aunque sea en contra.
Lo cierto es que, desde el final de la Segunda Guerra Mundial hasta, más o menos, la del Yom Kippur, el Nobel cimentó el canon literario de la modernidad. No tanto por quiénes eran los premiados (que también: un canon es un canon) sino por las razones que los habían alzado a tal condición: “ideales humanitarios”, “valores humanos exaltados”, “búsqueda de la verdad” y cosas similares. Todo muy en la línea de la gran alianza de clases que durante esos treinta años construyó el Estado del Bienestar como alternativa al comunismo.
En 1967, Miguel Ángel Asturias ganaba el Nobel de Literatura y en Xixón se fundaba Bulnes S.A., una firma especializada en amortiguadores. La Academia sueca valoró en el escritor guatemalteco la huella que las tradiciones indígenas habían dejado en su obra, con lo que no se sabía si el premio era para él o para toda su familia extensa. Ya se empezaba a exaltar la diferencia, la multiculturalidad, la deslocalización. Los suecos ya leían literatura guatemalteca y, de un modo análogo, y a la espera de que Ikea pusiera una pica en Siero, los norteamericanos empezaban a invertir en la industria indígena asturiana: la empresa Armstrong hizo su entrada en Bulnes S.A. y en 1976 se quedó con la compañía. El Nobel de ese año fue para Saul Bellow, también estadounidense.
El premio dejó de ser importante más o menos por esa época, coincidiendo con la llegada al poder del neoliberalismo rampante. El asalto al Estado del Bienestar había empezado: era cuestión de tiempo que el comunismo soviético se viniera abajo, de modo que no había razón para seguir posponiendo el ansiado retorno al capitalismo desregulado y depredador de toda la vida. En 1989 cayó el Muro de Berlín, el Nobel lo ganó Camilo José Cela y, como no hay dos sin tres, Monroe (Tenneco) adquiría nuestra fábrica de amortiguadores. No era exactamente el apocalipsis, pero tampoco había muchas razones para el optimismo: la industria asturiana se venía abajo, el dogma globalizador barría una fábrica tras otra y los neumáticos ardiendo eran el humo nuestro de cada día, todo eso antes del braguetazo de los edificios-barco de El Natahoyo.
Nos estábamos quedando sin amortiguadores. También sin palabras: el Nobel se había convertido en especulación empresarial y en mercado de apuestas. Como el suelo industrial asturiano, más o menos: mucho canapé, mucho traje de etiqueta, pero también mucha felonía, mucha caspa y cada vez menos puestos de trabajo. Ahora que Tenneco anuncia el cierre definitivo de Monroe en Xixón, puede que sea el momento de preguntarse qué habría ocurrido si no hubiéramos hipotecado el discurso de la resistencia. Me gustaría creer que el Nobel de Alice Munro es la respuesta: la gran literatura es resistencia, no velocidad. Por eso una fábrica de palabras como Munro no se cierra. Monroe, tampoco.

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