Calabazas (Un monólogo)

El drama de las ciencias humanas es que cualquiera puede practicarlas en casa. No es algo que se pueda hacer con cualquier ciencia: practicar física o química en modo doméstico conlleva una alta probabilidad de sufrir desperfectos, pero no hay peligro de romper una ventana por proponer una hipótesis toponímica absurda, ni de rayar el parqué por confundir un verbo transitivo con uno intransitivo. Además, una ciencia casera tiene que servir a un fin más alto que la búsqueda de la verdad, a saber: proporcionar temas de conversación para los descansos de los partidos de fútbol. Frente a la incomodidad de pretender demostrar el principio de inercia sosteniendo un cubalibre, con las ciencias humanas todo son ventajas, especialmente con la antropología.

La antropología es la reina de las fiestas porque trata sobre fiestas y poco más (también sobre relaciones de parentesco, un tema muy socorrido en bodas y funerales). Explicar los orígenes del carnaval, las ventajas adaptativas del potlatch o la pervivencia de los ritos solsticiales en la sociedad del espectáculo, si no te enredas en tecnicismos, puede producirte muchas satisfacciones como animador de actos sociales de bajo voltaje. Con Halloween triunfas seguro.

Los detractores de Halloween suelen tener en común una clara animadversión por la cultura estadounidense. De hecho, suelen detestar tanto Halloween como el cine de masas (léase cualquier película que no trate sobre las desventuras de un burro en una aldea afgana), el hip hop o la moda de llevar gorra con la visera hacia atrás. Se cuentan entre ellos furibundos defensores de la identidad española (Santa Claus, ese impostor), pero también agudos impugnadores de la sociedad de consumo y hasta misántropos cuya única concepción de la vida social consiste en distribuir likes en Facebook. Todos ellos hacen causa común contra la calabaza sonriente y los niños disfrazados de zombis.

Lo de las calabazas acalaveradas ha sido un viaje de ida y vuelta: un ornamento de la víspera de Todos los Santos muy normal y muy corriente en las aldeas asturianas hasta hace medio siglo más o menos. Desaparecieron durante unas décadas y volvieron gracias a la televisión. También los disfraces y el pedir a la puerta de las casas: costumbre aldeana que había que extinguir y extinguimos, hasta que América nos enseñó a ser aldeanos con glamour y perdimos los complejos. Unos cardan la lana y otros se llevan la fama (y las franquicias), pero al final todos somos hermanos en una misma y muy sana afición al cachondeo.

A mí me encanta Halloween, la nueche de les ánimes. Es la única festividad donde los zombis se disfrazan de niños y se ponen guapos para pedir caramelos. El resto del año se comportan como verdaderos antropófagos: delinquen a discreción, se muerden y se acusan unos a otros, y unos a otros se defienden, se juzgan y se absuelven. Son como hienas, pero en maloliente. Uno no dejaría a sus hijos jugar con gente así.

Por comparación, las siniestras calabazas de Halloween son amables, inteligentes y hasta tiernas. No como esa que todos los años nos felicita la Navidad desde su cripta en la Zarzuela.

Anuncios

2 comentarios sobre “Calabazas (Un monólogo)

    1. Y de relaciones de parentescu, tamién. Pensaba tranquilizate diciendo que yera un artificiu retóricu pela mio parte, pero igual nun lo ye tanto, agora mesmo asáltenme les dudes. Habrá que pensar más sobre ello. Un saludu, José Ángel.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s