Serán cabrones (Respuesta a Xabel Vegas)

Querido Xabel:

Leo (con gran interés, como siempre) tu artículo sobre el “Manifiesto de los 343 cabrones”. Como siempre que no estamos de acuerdo, me alegro de esa discrepancia: creo que, hasta ahora, los dos hemos aprendido mucho de esos desacuerdos y confío en que esta vez ocurra igual. Puesto que la discrepancia, más que de fondo, es de forma, se impone un pequeño introito metodológico.

Me he referido a una discrepancia en la forma. Con ello no pretendo descomponer una realidad compleja en dos sencillas vertientes (el fondo o la materia, la apariencia o la forma), sino separar, por un lado, el contexto polémico del Manifiesto, y por otro los argumentos con los que está construido, mucho más trascendentes y duraderos que cualquier polémica incidental. Lo de menos, a mi juicio, es que los firmantes del Manifiesto rechacen o apoyen el proyecto de ley presentado por el Partido Socialista Francés con que se pretende sancionar a los clientes de las prostitutas. Es lo de menos porque, como es mi caso, se puede estar en contra de ese proyecto de ley y, al mismo tiempo, rechazar el contenido de ese Manifiesto cuyo primer defecto (político, que no retórico) es justamente este: jibarizar el debate sobre la prostitución hasta hacerlo encajar en una plantilla booleana de adhesiones y condenas, de abolicionistas frente a legalistas.

Resumiré mis objeciones comentando tres afirmaciones de tu artículo convenientemente (y estratégicamente) descontextualizadas. Son las siguientes.

1. “La prohibición de la prostitución (ya sea vía penalización del cliente o de la prostituta) solo se sostiene por medio de un discurso moral sobre el sexo como una actividad oscura y sucia que muchos no compartimos”. Permíteme decirte que no es así: cada sociedad prohíbe lo que prohíbe por diferentes motivos, y hasta por diferentes causas, y aquí, curiosamente, nos encontramos con un caso en que la disparidad es la norma. La penalización del cliente está siendo defendida por abolicionistas y legalistas por igual, esto es, por personas que creen que hay que hacer desaparecer la prostitución (proyecto utópico, a mi juicio) y por personas que creen que hay que regular su ejercicio como el de cualquier otra profesión. De un modo análogo, la práctica de la prostitución ha sido promovida y alentada por los mismos defensores del orden moral que públicamente condena esa práctica, y esto es algo tan sabido que no merece la pena insistir en ello, pero quedémonos por si acaso con la imagen de aquel burdel que poseía un armario específico para guardar en él los alzacuellos de algunos de sus clientes.

2. “La sexualidad es una de esas parcelas de los seres humanos que no debiera ser materia legislable por ningún tipo de autoridad política, cuando se desarrolla entre adultos y en libertad”. Estoy de acuerdo si dejamos la prostitución fuera de ese aserto, pero si lo formulas aquí será porque también la incluyes en el lote, y eso no puede ser salvo que pidamos el principio: no podemos defender que se regule la práctica de la prostitución como oficio y al mismo tiempo aspirar a que esa regulación se haga sin intervención de la autoridad política. Ocurre lo mismo que cuando exigimos que se persiga a las mafias que trafican con mujeres (y con hombres) pero rechazamos que la policía patrulle por las zonas donde trabajan las prostitutas porque si lo hacen las estamos “estigmatizando” y poniendo su vida en peligro: en algún momento tendrá que intervenir la autoridad política si queremos que esa actividad se regule y se protejan los derechos de esas mujeres (y de esos hombres).

3. “Nos podrá gustar más o menos pero lo cierto es que existen y existirán personas que por muy diversos motivos no pueden mantener relaciones sexuales sin pagar por ello. Y existirán también mujeres y hombres dispuestos a ganarse la vida prestando un servicio tan básico para el bienestar de los seres humanos como es el del placer y el cariño”. Desde luego. Y también hay gente dispuesta a torturar animales y a dar palizas por encargo, y no por ello vamos a reformar el Código Penal para explotar esa veta de recursos humanos y económicos. Actitudes ante la prostitución hay muchas, empezando por las propias prostitutas: la casuística no es aquí buena consejera (no lo es casi nunca), y si tú, deliberadamente, evocas el placer y el cariño como atractivos (alicientes para ese cliente que demanda ambos), de igual modo podría sugerirse que también la posibilidad de ejercer dominación, brutalidad y vejación contra un semejante son a menudo motivos que impulsan al cliente a buscar esos servicios.

Entiendo perfectamente que te enerve ese moralismo con que cierta izquierda aborda el tema de la prostitución y que priorices el punto de vista de la prostituta frente al del observador externo y cargado de prejuicios. Pero no conviene que olvidemos que tan sesgado es el estereotipo de la prostituta forzada por las mafias como el de la prostituta concienciada que alquila su cuerpo libremente, y puestos a contar, apostaría a que hay más de las primeras que de las segundas.

En cualquier caso, en ese enfoque podemos estar de acuerdo: la voz que hay que escuchar es la de la prostituta. Por eso no puedo defender a los 343 cabrones (ellos lo dicen): porque su voz es la del cliente. Y no la de un cliente cualquiera, ni siquiera la de un cliente mayoritario, sino la de un cliente que aspira a ser también constituyente de opinión y de legitimidad. No me gusta el proyecto de ley del PSF, pero tampoco ese Manifiesto que pretende reducir la prostitución a un asunto de libertad de comercio, como si aquello con lo que se comercia no fuesen seres humanos. Si mañana el gobierno español quisiera regular las empresas de trabajo temporal, aunque fuera mediante un artificio tan banal como el del PSF, ¿qué pensaríamos si la patronal respondiera con un manifiesto titulado “No toques a mi obrero”?

Desde el placer y el cariño: no pierdas el tiempo con esos cabrones.

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