Repostería de clase

Estándar

Según Jorge Fernández Díaz, ministro de interioridades, la proyectada y anunciada Ley de Seguridad Ciudadana solo debería preocupar a “violentos y radicales”. Bien está lo que bien empieza: por un momento, yo había creído que la nueva ley era para amedrentar a ancianos y a discapacitados psíquicos, pero cierto es que para los primeros ya funciona la reforma de las pensiones y, para los segundos, la Audiencia Nacional. Esta nueva ley/herramienta/arma/cosa es para violentos y radicales. Como la doctrina Parot, pero sin doctrina.

No aclara el ministro cómo tiene uno que interpretar esa conjunción copulativa, esto es, si deben preocuparse aquellos que son violentos y, además, radicales, o si se trata de una disyunción no excluyente disfrazada y por tanto los violentos moderados y los radicales no violentos tienen igualmente motivos de preocupación. Personalmente, me vendría bien un poco de luz al respecto: no suelo ser violento (al primer café me calmo y al segundo recupero el uso del lenguaje), pero me temo que un pelín radical sí que me he vuelto en los últimos veintitantos años, y por otra parte también me inquieta la suerte de algunos amigos míos que son, a su vez, radicales en sus cosas: veganos radicales, cicloturistas radicales, estructuralistas radicales, hiperrealistas radicales… Que se tengan que preocupar a estas alturas, como si no tuvieran bastante con lo suyo, me parece una muestra de crueldad innecesaria.

Interpretar la forma lógica de un enunciado no parece que sea prioritario para este prócer de las buenas maneras. Lo suyo es abroncar a diputados y elevar a rango de ley la cosmovisión de una clase, la suya, que ignora si una cuchilla puede producir daños pero no ignora que una tarta puede matar, y mucho. Después de todo, el suyo es el partido de las cupcakes: un postre hortera, mojigato, insípido y que causa furor en los hogares pijos y en las mentes infantiles. Es una cuestión de perspectiva y de falta de empatía: así como Gallardón no tiene vagina, que se sepa, y por tanto le resulta imposible imaginarse qué se siente al introducir por ella un alambre, Fernández Díaz no espera verse en la tesitura de tener que saltar frontera alguna, y por eso dejará las cuchillas en la valla de Melilla hasta que aparezca un remedio más eficaz contra los invasores. Barcina debería explicarle que, para eficaces, las tartas: una valla de crema pastelera y España será por fin inexpugnable.

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