Violentos itinerantes

El ministerio del Interior (que es mi ministerio favorito porque al menos reparte cosas, aunque sean hostias, mientras que los demás se obstinan en quitárnoslas) ha denunciado la presencia, en las protestas de Burgos, de “violentos itinerantes”, lo cual no es de extrañar en una tierra que conoció hasta no hace mucho la trashumancia. Se trataría de individuos escurridizos, obsesionados hasta tal punto con romper cosas, que no dudan en desplazarse los kilómetros que hagan falta con tal de dar rienda suelta a sus pasiones. Se les atribuye un origen vasco y una extraordinaria habilidad para escurrir el bulto, pues se da el caso que todos los detenidos son burgaleses de pura cepa, aunque no cabe descartar que itineren de algún modo, de vez en cuando.

Lo más curioso de estos violentos itinerantes es que parecen interactuar de diferentes formas con diferentes observadores. Así, en las últimas horas han sido vistos por una reportera de televisión mientras que, milagrosamente, la cámara que la acompañaba no era capaz de registrar la violencia y la tensión que según ella estaban generando. También un reportero radiofónico se ha sentido increpado por alguno de estos violentos, aunque los demás oyentes, sin duda confundidos por algún tipo de alucinación acústica, oyéramos solamente a un señor bastante educado. Puede que no nos enfrentemos con un problema social sino metafísico, y no debemos descartar que, en lugar de una ley de seguridad ciudadana, lo que España necesite sea un anillo para dominarlos a todos y atarlos a las tinieblas.

Reacio como es uno a depender de instrumentos mágicos, me inclino a pensar que, en este caso, como en tantos otros, se da una especie de profecía mediática autocumplida: la periodista de La Sexta vio violentos porque esperaba verlos, y el reportero de RNE se sintió increpado porque le habían dicho que le increparían. No obstante, y como ocurre a menudo con los seres de ficción, cuando se da nombre a un bicho es porque hay bicho, aunque se parezca poco al que finalmente se convertirá en leyenda. El mito de los violentos itinerantes tiene su origen en verdaderos violentos itinerantes: si uno presta atención (y no es necesario que preste demasiada) los detecta en seguida: van vestidos de azul, llevan cascos y rifles, y sacuden indiscriminadamente a todo el que se les ponga por delante. Es evidente que son, como ha dicho el ministerio, muy violentos, y su carácter itinerante está fuera de toda duda: están en todas partes donde huelan descontento social, y en todas partes se comportan con parecida violencia. Los medios de comunicación persisten en el error de llamarles “antidisturbios”, ignorando el hecho de que son ellos quienes más disturban. Razón lleva el ministerio en darles el nombre que merecen: violentos itinerantes: te los traen a domicilio y no hace falta agitarlos antes de servirlos.

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