La serie de moda: saber si podremos

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En los últimos días se ha vuelto casi obligatorio que cualquiera de los que circulamos por la izquierda opine públicamente sobre la irrupción de Podemos en el panorama político español. Como a mí lo de opinar se me da tan bien y tan mal como a todo el mundo, no veo por qué voy a quedarme con la boca cerrada. Aunque, eso sí, prefiero narrar antes que opinar. En primer lugar, porque detecto un cierto hedor a secreto de confesión en muchas de las opiniones que he escuchado y leído, y en segundo lugar porque, si he de ser honesto, poco puedo decir sobre este asunto sin repetir algunas de las razones que ya han expuesto, con una claridad envidiable, Santiago Alba Rico y Luis García Montero, cada uno a su manera y desde diferentes coordenadas. Lo único que puedo aportar es el relato de lo que se está cocinando en mi conciencia. Vayamos, pues, paso a paso, episodio a episodio.

Capítulo primero. Se hace público el manifiesto “Mover ficha” y automáticamente se produce una conmoción en la fuerza. Los más conmovidos parecen ser ciertos próceres de Izquierda Unida, a los que hay que reconocer que tontos no son y las ven venir a la legua. En la superficie no hay nada inquietante: un manifiesto correcto, asumible por miles de personas con independencia de sus simpatías partidistas, atravesado por una razonable indignación cívica y una retórica conciliadora, pero en el fondo se intuye un órdago: ¿qué más tiene que pasar para que las izquierdas den un paso al frente y formalicen una alianza programática contra el régimen heredado de la transición? ¿Por qué, a pesar de los palos y los recortes, la fuerza más legitimada para encabezar ese movimiento, Izquierda Unida, no se decide a dar ese paso al frente? ¿Es momento de conformarse con un 13 % de intención de voto en las encuestas? ¿O es la hora de ser ambiciosos por fin y dar una respuesta contundente y eficaz al bipartidismo fieramente inhumano?

Capítulo segundo. Pablo Iglesias responde al llamamiento de “Mover ficha” y anuncia su disposición a encabezar o facilitar una candidatura unitaria de la izquierda a las próximas elecciones europeas. Mientras tanto, en una galaxia muy lejana, un servidor se entera de que Pablo Iglesias y Javier Gallego no son la misma persona. Moriré más sabio. Empieza a preocuparme que Iglesias cumpla lo que acaba de anunciar: ¿no estaremos precipitándonos? ¿Y si al final lo que ocurre es que esta candidatura solo sirve para restarle apoyos a Izquierda Unida, para una vez que Izquierda Unida parece estar en situación de dar el dichoso salto adelante? ¿Y si se nos jode el 13 %? ¿Y si las masas obreras y campesinas no están por la labor y todo termina en una masacre electoral, con el PSOE cosechando las cobardías de siempre e Izquierda Unida anunciando su paso a la clandestinidad?

Capítulo tercero. El movimiento encabezado por Iglesias se llama Podemos y consigue en un solo día las 50.000 firmas que se había propuesto como condición para dar el paso. Nerviosismo y estupor. A Julio Anguita le gusta Podemos pero se debe a Izquierda Unida. Cayo Lara dice que la cosa no va con él. Alberto Garzón tiende tímidamente una mano, se supone que la izquierda. Empieza a proliferar, en las redes sociales, la cantata tremendista: revolucionarios de sofá creen ver en Pablo Iglesias la versión grunge de Stalin. También hay mucho quincemayista salivando hasta la deshidratación y algún que otro impaciente que exige desde su escritorio de Ikea que Izquierda Unida deponga las armas y se entregue. Todos lloramos mucho porque Izquierda Unida ni se rinde ni se defiende ni parece haberse enterado de que ya la han llamado a declarar varias veces.

Capítulo cuarto. El periódico eldiario.es nos hace saber que detrás de Podemos está Izquierda Anticapitalista. No salimos de nuestro asombro, pues, aunque habíamos visto perfectamente a Jaime Pastor entre los firmantes de “Mover ficha”, en el fondo somos imbéciles y nos creemos que estas cosas ocurren sin que nadie las organice. Menos mal que la prensa desprejuiciada nos informa y nos forma.

Capítulo quinto. Acudimos a la presentación de Podemos en Xixón. Es un decir: hay tanta gente que nos quedamos fuera. Aprovechamos para pasar lista: no faltan las caras conocidas con las que solemos coincidir en este tipo de actos, ex militantes del MC y de la LCR, algún dirigente de Compromisu por Asturies, sindicalistas de la CSI, pero también mucha gente joven, activistas de la Marea Verde y de la PAH, y mucho militante de Izquierda Unida. Algunos promotores de la iniciativa Podemos en Asturies son, en efecto, militantes de Izquierda Unida. La cosa se pone en plan Novecento y casi apetece cantar, pero no cantamos porque nos da vergüenza entusiasmarnos en público.

Solo cinco capítulos, de momento, y ya hemos abusado del cliffhanger hasta la saciedad: en cada uno de ellos, una revelación insólita en los últimos cinco minutos, un sobresalto, una incógnita que deberá resolverse en el capítulo siguiente. También hemos abusado del crossover: fantasía épica en el primer episodio, terror gótico en el segundo, melodrama en el tercero, trama conspiratoria en el cuarto y comedia musical en el quinto. ¿Llegaremos a emitir una segunda temporada? Al paso que vamos, la trama habrá hecho aguas antes de que empiece la próxima campaña electoral: nos habremos quedado sin adjetivos con que calificar a Pablo Iglesias (y esto vale tanto para sus defensores como para sus detractores) y habremos hecho cálculos desde todas las hipótesis plausibles y aun desde alguna de las menos plausibles. Y todo para nada: mi principal temor es que el escenario más deseable de todos los posibles (un frente único de izquierdas con capacidad para iniciar un proceso constituyente) no llegue ni siquiera a insinuarse no por falta de voluntad sino por falta de claridad. Permítanme explicarme en plan musolari y plantear una pequeña pregunta antes de volver otra vez al sofá a no hacer nada.

Suponiendo que Podemos e Izquierda Unida fueran los contrincantes de una partida de mus, yo diría que, hasta ahora, Izquierda Unida está jugando muy bien: coloca sus cartas, hace cálculos de resistencia, caza todas las señas de su adversario. Tácticamente, lo mejor es seguir jugando como si nada y recoger, al final de la partida, tantos puntos como lances. Ahora bien, esa estrategia no vale nada frente a un órdago. Y Podemos ha lanzado un órdago como una casa: no es que dé igual qué cartas tengas, pero sí que dejan de importar todas las maniobras tácticas que habías ensayado. Si Izquierda Unida interpreta la irrupción de Podemos en términos tácticos, su única conclusión posible es que Podemos no es un adversario digno y, por tanto, habrá que emplearse a fondo, pero sin exagerar, en minimizar los daños colaterales que Pablo Iglesias pudiera infligir en las próximas elecciones. Sin embargo, creo que se trata de una interpretación errónea: el órdago de Podemos exige tomar conciencia de que se trata de una cuestión de estrategia, no de táctica; de aspiraciones, no de votos; de voluntad de cambio, no de posibilidad de recambio.

Sin haberlo pedido, es cierto, a Izquierda Unida se le acaba de hacer la pregunta del millón: ¿estáis dispuestos a ser la punta de lanza de un proceso constituyente, o vais a conformaros con recoger las migajas del descrédito del bipartidismo con la esperanza de influir en el PSOE o, en el mejor de los casos, sustituirlo? La respuesta a esa pregunta es lo que muchos de nosotros, votantes de Izquierda Unida en más ocasiones de las que hemos reconocido, queremos conocer antes de decidir si podemos o Podemos.

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