Política para el hombre que tiene prisa

Cuando yo era muy pequeño, allá por la primera o la segunda década antes de Windows, existía una colección de libros, también muy pequeños, que se publicitaban con la siguiente leyenda: “Para el hombre que tiene prisa”. Eran minúsculos ensayos divulgativos que te lo contaban todo, muy resumido, sobre las drogas, la mitología griega o los zares rusos. Cabe suponer que el apresurado hombre a quien iban destinados no podía permitirse el lujo de recurrir a enciclopedias o fuentes originales. También cabe suponer que no se pensaba en ninguna mujer lectora, ni con prisa ni sin ella.

Puede que nunca existiera ese hombre apresurado a quien se hacía objeto de todo tipo de ofertas, alabanzas y amenazas. Pero por debajo de esa abstracción publicitaria se movían, y se mueven, millones de empleados públicos y privados, trabajadores con cualificación o sin ella, hombres y mujeres cuya jornada laboral se extiende de sueño a sueño. Se les presupone un hastío infinito hacia el esfuerzo intelectual y una adicción indolora a artefactos informativos tipo Marca o Sálvame. Existan o no, a ellos va dedicada esa instantánea del presidente del gobierno sosteniendo el diario deportivo de mayor difusión como si fuera un báculo.

Esa ficción del hombre con prisa ha calado a diestro y siniestro: hay una izquierda cerebrotónica que desprecia a las masas porque estas desprecian el estudio y el análisis, y hay una derecha emotivista que ansía personificar a ese ciudadano anónimo a quien le gustan las bufandas de colores y los prejuicios en blanco y negro. No tenemos la certeza de que el ciudadano medio se parezca a ese estereotipo, pero da lo mismo: vivimos en una democracia diseñada para que sea la voz de ese estereotipo la que resuene en los medios sin ser oída. Cada semana parten en su busca expediciones heroicas que reciben el nombre de sondeos de opinión, y muchas veces hay suerte y se lo encuentran, al otro lado de la línea telefónica, dispuesto a confirmar la hipótesis de que lo que necesita España es que no pare la siesta, que continúe la alternancia del PSOE y el PP, que tanto el uno como el otro se deslicen hacia el centro, ese lugar paradisíaco donde habita el elector ideal que va al fútbol los domingos y compra y vende sin factura el resto de la semana. Si no aparece, porque se haya escondido o se haya dormido o haya brotado en su lugar algún ejemplar de la avifauna extremista, no por eso los sondeos de opinión van a dar fe de su ausencia: para algo está la cocina demoscópica.

No sabemos qué será de la política española el día que se extinga del todo ese gañán atribulado con el que sueñan los telediarios. Lo que sí sabemos es que, mientras los medios sigan creyendo en él, esta será una democracia a la medida del hombre que tiene prisa. O a la medida del hombre que tiene PRISA, que viene a ser lo mismo.

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