Cui prodest?

Estándar

En el verano de 1953, Jean-Paul Sartre escribe a Maurice Merleau-Ponty una larga carta a propósito de ciertos problemillas del momento: “que te apartes de la política”, le dice, “que prefieras consagrarte a tus investigaciones filosóficas es un acto a la vez legítimo e injustificable. Quiero decir: es legítimo si no intentas justificarlo. Es legítimo si se ampara en una decisión subjetiva que no te compromete más que a ti y que nadie tendría el derecho de reprocharte […]. Pero si, en nombre de ese gesto individual, pones en cuestión la actitud de aquellos que permanecen sobre el terreno objetivo de la política y que intentan, bien o mal, decidirse por motivos objetivamente válidos, mereces entonces una consideración objetiva. Ya no dices: haría mejor con abstenerme, sino que dices a los otros: es preciso abstenerse”.

Sartre no da tregua. Sabe que su amigo es incapaz de apartarse de la política sin exponer antes sus motivos, y sabe que esa exposición de motivos conlleva una condena sin paliativos de la política. El gesto de Merleau-Ponty es, en sí mismo, aceptable, pero aceptable en tanto que gesto, no en tanto que proyecto. Al dejarse llevar por la repugnancia y el rechazo que le generan ciertos hechos, Merleau-Ponty sin duda toma una decisión respetable y legítima al no querer mezclarse en ellos, pero al condenar la postura de quienes sí se mezclan, no por cómo se mezclan, sino por mezclarse, está abriendo el debate sobre las razones de la repugnancia y los motivos del rechazo, y en ese debate lleva las de perder, pues puede que los hechos no sean en sí mismos tan repugnantes y uno haya de reconocer en sí mismo una aquiescencia repugnante hacia aquello que le genera el mayor de los rechazos. Veamos esto con un ejemplo no precisamente al azar.

El pasado 22 de marzo confluyeron en Madrid los caminantes de las Marchas por la Dignidad y recorrió el centro de la ciudad una multitudinaria manifestación durante la cual hubo enfrentamientos entre un reducido grupo de manifestantes y el dispositivo policial habitual en estos casos. La trifulca se saldó con veinticuatro detenidos y varias decenas de heridos, policías muchos de ellos. Desde entonces, las valoraciones, las interpretaciones y los dictámenes sobre lo ocurrido han inundado informativos y periódicos, y se ha generado una enconada discusión en la que no han faltado calumnias, exabruptos y gemidos de plañidera. Muchas reacciones han sido ni más ni menos que las que se esperaban: la delegada de gobierno en Madrid abriendo expediente a los organizadores de la protesta, la alcaldesa de la ciudad y el ministro del interior proponiendo limitar el derecho de manifestación, y Rafael Hernando hablando de huevos de serpiente y exigiendo, como siempre, a la izquierda lo que jamás ha reclamado a los suyos. Nada nuevo. Tampoco demasiado novedosa la actitud de buena parte de la izquierda tratando de desmarcarse de los altercados y pidiendo sensatez y buenas maneras, que somos compañeros, coño. Acaso lo único llamativo haya sido, en este caso, la contundencia y la intensidad en el debate, como si por fin hubiera algo de lo que hablar, después de tres años de ver las calles inundadas de gente que parece más cabreada que de costumbre y creer que es por culpa de la prima de riesgo. Los gritos silenciosos del 15M se han convertido en estruendo y ahora parece que sí se oyen en las redacciones de los medios.

¿Estamos ante un punto de inflexión? Me temo que sí, pero no por la intensidad que hayan alcanzado las protestas, sino por la contundencia con que los medios están aplicando una estrategia de criminalización que nos es de sobra conocida pero que no por serlo deja de ser eficaz. En este contexto, no me parece prudente ensayar actos de contrición ni poner la otra mejilla, apelando al pacifismo implícito y hasta explícito de los llamados (por los medios) indignados. Porque, utilizando la terminología de Sartre, si bien es legítimo sentir rechazo hacia actitudes poco meditadas, descoordinadas y un tanto infantiles, en cambio tratar de justificar ese rechazo y convertirlo en manual de buenas prácticas solo puede redundar en beneficio de la criminalización de la protesta.

Cuando Merleau-Ponty criticaba el compromiso político de Sartre lo hacía desde la convicción del que ha realizado un viaje y reconoce el paisaje: esa repugnancia que decía experimentar tenía su origen en haber defendido las mismas posiciones que Sartre y tenía mucho, por tanto, de repugnancia hacia sí mismo, o hacia un yo que se supone superado pero que se nos aparece, cuando tratamos de condenarlo, todavía demasiado repleto de razones. Algo así cuando algunas voces condenan la violencia política: en muchos casos, carecen de la fuerza de persuasión del inocente, y en otros carecen de la experiencia del converso, pero en todos contribuyen a acrecer una bola de nieve propagandística que lo reduce todo a un asunto de orden público sin detenerse a investigar las causas de la violencia ni a explicar por qué cuando ocurre en Caracas o en Kiev es el pueblo frente a la opresión mientras que en Madrid es ETA o alguno de sus primos.

La violencia en general y las exhibiciones de testosterona en particular me generan un legítimo rechazo, pero no me veo capaz de justificarlo sin plantearme interrogantes que desde luego no van a difundir esos mismos medios que ahora las convierten en objeto de disputa y condena. En estas circunstancias, solo puedo preguntarme a quién beneficia una descalificación moral en abstracto y solo puedo responderme que a los mismos que desean hacer fracasar cualquier alternativa a la poda de derechos en curso y apuntalar un régimen más que cogido con alfileres.

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