Fin de trimestre

Es difícil vivir al margen del sistema educativo. Quien no tiene hijos en edad escolar tiene nietos, o sobrinos, o hijos de amigos o amigos profesores o conserjes de instituto o encargados del cátering de un colegio. En caso de que uno ayune de todo ello, es probable que tenga alguna que otra ventana en su casa o en el trabajo y que por debajo de esa ventana discurra la ruta informal de alguna banda de adolescentes en sus trayectos al entrar o al salir de clase, trayectos que, dicho sea de paso, no tienen por qué coincidir. En cualquier caso, sea por exposición directa, sea por emulsión refleja, los ritmos de la escuela nos afectan prácticamente a todos. Es un hecho.

Este año habrá notado vuesa merced una tensión emocional algo fuera de serie. Un exceso de mala hostia en el ambiente, para entendernos. Ha sido un trimestre largo y los críos están cansados, llevan varias semanas que no hay quien les mire el morro, y sus profesores se quejan, y con razón, de que ya no hay forma humana de mantener la atención en las aulas. Bajo su ventana habrá oído estas últimas semanas más de una discusión enardecida, más enardecida que de costumbre, y por una vez resulta que no es culpa del gobierno, aunque tal vez con otro gobierno este clima de crispación primaveral fuese más soportable.

Ha sido un trimestre largo. ¿Cómo puede un trimestre ser más largo que otro, si por definición cada uno tiene tres meses? ¿Y cómo puede ser que el último trimestre de este curso tenga solo dos meses? ¿A qué se debe este fenómeno de cronoconfusión?

La culpa la tiene la luna. Nuestro satélite natural tiene la odiosa costumbre de ataviarse cada año de un modo diferente para celebrar el equinoccio de primavera. Como resultado de esa descoordinación entre el calendario lunar y el solar, la primera luna llena posterior a ese equinoccio puede caer en marzo o en abril. Puesto que la Pascua de Resurrección es ineludiblemente el domingo posterior a esa primera luna llena primaveral, de ello se sigue que unos años tendremos Semana Santa a finales de marzo y otros a principios o a mediados de abril. Como el calendario escolar está ineluctablemente fijado al calendario eclesiástico, unos años las vacaciones se adelantan y otros se atrasan, y al que no le guste, que hubiera nacido en un país laico.

Lo más sorprendente es que toda esta compleja coreografía de astros y ceremonias y entregas de notas se da en un tiempo y lugar aparentemente poco proclive a la magia. Uno esperaría, dado que los Presupuestos Generales del Estado se presentan en un USB, que también las fiestas estuvieran sometidas a una regulación racional y acorde con la época. Entendámonos: también podríamos desear que en España las vacaciones escolares no dependieran de las tradiciones de la religión católica, pero parece más sensato esperar que Francisco I derogue los acuerdos del Concilio de Nicea o, ya puestos, que la luna atrase o retrase sus ritmos estacionales. Sabemos dónde vivimos y a qué atenernos: no vamos a sacrificar el Triduo en aras de la excelencia educativa, ahora que ya todos sabemos que estudiar bien o mal depende de ser rico o del montón.

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