Arengando, que es domingo

Alguna vez se me ha ocurrido la peregrina idea de acercarme a alguien, con un papel y un lápiz en la mano, y pedirle a la manera del pequeño príncipe de Saint-Exupéry: “Por favor, dibújame un revolucionario”. Apostaría mi hacienda a que el retrato sería más o menos el de un individuo barbudo y cejijunto, subido a un estrado o a un taburete, con un puño levantado y dirigiendo una invisible arenga a un bullicioso corrillo de barbudos cejijuntos con el puño levantado. Me temo que no importaría demasiado la extracción social ni la formación académica del dibujante. Claro que, como he dicho, es una idea peregrina.

Cada vez me angustia más la carga icónica que soportan ciertas palabras, ciertas ideas. Son como despojos de un lenguaje que una vez fue pero ya no. Algún día habrá que hacer historia de demoliciones y reconstrucciones. Explicar cómo los discursos de la emancipación se vinieron abajo, quién y cómo derribó esas paredes aparentemente sólidas y bien cimentadas, con qué velocidad las piquetas hicieron polvo los conceptos. Rastrear el destino de los cascotes, averiguar el paradero de algunos fragmentos especialmente valiosos e interrogarse sobre la necesidad de mantener pegados ciertos sillares extraídos de muros diferentes y heterogéneos. Cantería fina. Arqueología semántica. También una historia íntima de la vergüenza.

A la vergüenza le debemos, por de pronto, el habernos dejado persuadir por la ilusión modernista de un tiempo postmoderno: como si la modernidad no consistiera en tratar de estar a la altura de la historia, se nos vendió la paradoja de que para progresar había que abominar de la idea de progreso. Y la compramos. Cuanto mayor se hacía el poder de los aparatos ideológicos del estado, más nos avergonzaba utilizar expresiones como “aparatos ideológicos del estado”. A mayor extracción de plusvalía, mayor sonrojo al oír la palabra “plusvalía”. Los revolucionarios quedaron fijados para siempre en una ilustración del libro de texto de ciencias sociales. Una tras otra fueron expropiándonos palabras: el estructuralismo nos quitó “progreso”, la publicidad se apropió de “revolución”, “comunismo” se la quedó la Unión Soviética y “socialismo”, hay que joderse, el PSOE. Nos quedamos con el comodín de la baraja, una insulsa “izquierda” que solo sirve para diferenciar pero no para unir. No es de extrañar que podamos pasarnos horas perorando sobre los males de la izquierda, su carencia de proyecto, sus errores históricos: estamos hablando de un hueco semántico, de un conglomerado de actitudes semejantes pero difíciles de reunir bajo el paraguas de la precisión. De ahí el recurso al término “indignados”: solo la expresión de un sentimiento, no la enunciación de una alternativa.

Así es como triunfan los miserables: obligan a su víctima a habitar un universo ajeno, la fuerzan a hablar el idioma del verdugo. Al igual que tantos maltratadores que consiguen inyectar en sus esclavas el veneno del autoodio, de la autonegación, de la humillación asumida como esencia, así también las elites han logrado persuadirnos de que ni somos pueblo (una abstracción vacía, dicen, como si sus patrias y sus mercados fuesen lo más concreto del mundo mundial) ni somos fuertes (y lo dice precisamente quien sería incapaz de prepararse un huevo frito sin ayuda de un destacamento de criadas filipinas) ni sabemos lo que queremos (como si su errática insatisfacción no fuese el síntoma, más que la causa, de una ignorancia supina bañada en coca y horterez). Se llevan, encima, nuestro aplauso y nuestros votos, y aun nos llena de orgullo contribuir a su causa como si tuviésemos la menor oportunidad de que fuera también la nuestra.

No les defraudemos: sigamos haciéndoles el juego, sigamos creyéndonos todas sus gilipolleces, difundamos en Twitter sus santurronerías. Sigamos dibujando a mano alzada revolucionarios con el puño alzado. Tal vez así nos ganemos el minúsculo pedazo de fosa común que nos han reservado.

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