Cuando abusas del rebujito

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No tengo por costumbre responder públicamente a articulistas, columnistas y otros agentes del oficio, y mucho menos voy a hacerlo en un medio con el que colaboro como es Asturias24. Ahora bien, el último texto que ha publicado Pablo García Guerrero en este diario digital me concierne tanto en lo personal como en lo profesional y, aunque me da mucha pereza, me siento en la obligación de decir aquí cuatro cosas.

Para empezar, y para quitarnos de encima una polémica estéril que aún no ha surgido pero podría surgir, apuntaré que no me parece correcto hacer responsable al diario de lo que uno de sus colaboradores diga en una columna de opinión. A Asturias24 podrán hacérsele, como a casi todos los medios, muchas críticas, y en este sentido puede ser prudente señalar que deberíamos, yo el primero, pedirle un mayor respeto no tanto hacia la cultura asturiana como hacia la pluralidad lingüística asturiana. Pero no seré yo quien exija a un periódico que censure o regañe a un colaborador suyo, por muy bajo que sea el nivel de este o por muy insultantes que sean sus opiniones. Al menos (maticemos), mientras no haga explícito un apoyo sistemático a esas opiniones.

Ahora bien, una cosa es el medio y otra el articulista, y si el primero no es responsable directo, el segundo no es otra cosa: cada articulista es responsable de lo que firma y tiene que atenerse a las consecuencias, esto es, a que se le interrogue y se le examine, pues esos son los riesgos y los compromisos de opinar públicamente. Riesgos y compromisos que yo asumo.

En su artículo “Andaluces, al gulag”, Pablo García Guerrero se despacha a gusto con sus demonios interiores. Sin pararse (para qué) a pensar si las administraciones públicas asturianas deben fomentar las ferias de abril (pues ese es el tema, o la excusa, de su panfleto), pisa a fondo y arremete contra todo dios que en esta fértil, próspera e insolidaria tierra (modo ironía, claro, como espero que sea el suyo al escribir eso de “”Piloña, feudo del más obrerista de los socialismos”) haya hecho algo, lo que sea, por no disimular su condición de asturiano. De asturiano, ojo, no de asturiana: uno de los atractivos de las ferias de abril para este autor consiste en la posibilidad de contemplar culos, se entiende que femeninos (hay alusiones a una foto en la que sale precisamente eso) y desde una mirada heterosexual y un tanto landista. Pero allá él con sus cuitas de género. Aquí el enemigo es otro.

El enemigo, por lo visto, son casi todos: no solo quienes muestran su rechazo a las ferias de abril, sino también todos los “comentaristas de nombres tradicionales como Ánxelu o Xosé Nel”, quienes profieren “las críticas sanguinolentas que esputa nuestro asturianismo” y padecen “un sentimiento de superioridad que alterna entre lo racial, lo cultural, lo económico o lo político”. Yo no sé si he practicado alguna crítica sanguinolenta, y en cuanto a mis sentimientos de superioridad, que los tengo, son como el racismo de Homer Simpson: no discriminan a nadie por su color de piel. Pero como no tengo la menor duda de que se me incluye en el lote, y no solo por lo del nombre tradicional (será que “Pablo” es un nombre vanguardista, oye), no dejo de picarme aunque solo sea un poco.

Si hay un truco retórico especialmente zafio y típico de mentes retorcidas, es el llamado “efecto dominó”. Funciona así: empiezas criticando o burlándote de un punto de vista evidentemente tosco e indefendible, y vas sumándole un número cada vez mayor de objetivos por el simple procedimiento de la contigüidad, hasta que al final, por el mismo precio, has conseguido desprestigiar a un adversario mucho más poderoso sin tomarte la molestia de dar argumentos. Así García Guerrero: partiendo de una minipolémica en Twitter (lo de “mini” lo dice él: “FlamenquismuYeColonialismu, brama en Twitter con nulo éxito el Pravy Sektor asturianista”) llegamos a una enmienda a la totalidad del llamado (qué cruz) “asturianismo”, culpable todo él de inclinaciones xenófobas, totalitarias y claramente nazis (y foristas, de paso, no vayamos a perder la ocasión de identificar asturianismo y Foro, que no hay tantas, cada vez menos).

Todo ello en un tono innecesariamente bronco, chulesco, muy típico de un articulista pródigo en perlas como esta. Es su estilo, está en su derecho. Como yo lo estoy en el mío de considerar que “Andaluces, al gulag” tiene tanto de honesto como de inteligente: es de una indigencia intelectual que da rubor, y el mejor favor que yo podría hacerle a García Guerrero, si fuésemos amigos, sería correr un velo de hormigón armado sobre este patinazo, hacer como que no ocurrió y pensar que pudo ser una mala digestión, un desengaño amoroso o que abusó del rebujito. Pero no somos amigos, ni se me ocurre cómo justificar semejante colección de impertinencias y falsedades, ni me apetece francamente ponérselo fácil para salir del apuro, aunque me gustaría que al menos lo intentara.

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