Por un materialismo histórico de bajo consumo

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Me apasionan las campañas electorales. En mi lista de aficiones, solo las supera mi pasión por las chapuzas caseras. Cierto que en el pasillo de mi casa hay una bombilla fundida desde hace seis años, pero no se dejen engañar por las apariencias: es que uno no saca tiempo ni para cultivar sus actividades favoritas.

Cambiar una bombilla es algo relativamente sencillo. En principio solo hace falta disponer de una muñeca articulada, una escalera o similar y, a ser posible, una bombilla de repuesto (puede intentarse sin esto último, pero los resultados no son igual de satisfactorios, hay que reconocerlo). Los amantes de la chapucería fina ansiamos retos un poco más complicados, como por ejemplo los plafones: cambiar una bombilla cubierta por un plafón es toda una aventura de habilidad e ingenio. Figúrense que, antes de desenroscar la bombilla fundida, ¡hay que quitar el plafón! ¡La física de partículas te impide sacar la bombilla a través del plafón! No me negarán que hay paradojas cristológicas mucho menos estimulantes.

La razón principal de que esa bombilla lleve seis años fundida hay que buscarla en el escaso desarrollo de las fuerzas productivas materiales, esto es: que me da pereza. Lo del plafón me enerva, es la verdad. Tanto es así, que ha habido momentos en que he preferido esperar a que la bombilla, milagrosamente, volviera a funcionar. No he tenido suerte.

Me ocurre algo parecido cuando estoy en modo campaña electoral. De pronto en mi cerebro empiezan a hervir viejos conceptos que, de forma autónoma, lo impregnan todo, empezando por este artículo que estoy escribiendo: fuerzas productivas materiales, relaciones de producción, antagonismos fundamentales. En algún momento, alguna especie de molusco extraterrestre puso en mi cerebro huevos de materialismo histórico que eclosionan por oleadas, en época de elecciones. No puedo dejar de pensar en las contradicciones, las mías y las del capitalismo (que no son necesariamente coincidentes), y en las estructuras económicas determinantes con estructuras regionales dominantes, bendita sea Marta Harnecker. Así se me pasan los días y llegan las elecciones y, una vez más, han ganado los de siempre.

Luego me acuerdo de la bombilla y se me pasa, pero pretender conversar conmigo en plena campaña electoral es una temeridad, si es que uno quiere mantener una conversación mínimamente inteligible, porque puede ocurrir que, en lugar del bipartidismo, me dé por hablar de plafones, y confunda las desigualdades sociales con esa bombilla fundida en el pasillo de mi casa, y me pierda en elucubraciones lejanamente althusserianas sobre cómo la contradicción de primer plano (el bipartidismo rampante, la usurpación de poder por parte de la casta, el bloque hegemónico que utiliza en su beneficio los aparatos del estado) es un mero reflejo de la contradicción fundamental (la contradicción entre capital y trabajo, es que no hay otra), y cómo la articulación de ambas contradicciones perpetúa una superestructura jurídica obsoleta y tirando a chabacana.

Hasta que en mi cerebro enfermo se enciende una bombilla, otra más, y caigo en la cuenta de que, efectivamente, si quiero cambiar esa bombilla fundida tendré que empezar por quitar el plafón, del mismo modo que, si es que algún día queremos abordar en serio las desigualdades sociales en España, tendremos que empezar por quitarnos de encima el bipartidismo y bajar a esa casta de su pedestal, aunque para hacerlo tengamos que mancharnos las manos, pues está todo lleno, el plafón, el pedestal, de cagadas de mosca desde hace seis años o toda una vida.

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