Con Pablo Iglesias en Saigón

Kilgore: ¿Hueles eso? ¿Lo hueles, muchacho?

Soldado: ¿Qué es?

Kilgore: Napalm, hijo; nada en el mundo huele así. Me encanta el olor del napalm por la mañana. Una vez durante doce horas bombardeamos una colina y cuando acabó todo, subí. No encontramos ni un cadáver de esos chinos de mierda. Qué pestazo el de la gasolina quemada. Aquella colina olía a… a victoria.

Me encanta el olor a carteles recién encolados por la mañana. Claro que no sé muy bien por qué, pues, a diferencia de lo que le sucedía al teniente coronel Kilgore en Apocalypse Now!, en mi caso ese pestazo a campaña electoral no me trae a la memoria ninguna victoria. En todo caso, es el olor de la derrota, una y otra vez. Quizá porque me ha tocado ser uno de esos chinos de mierda y no un oficial enloquecido del noveno de caballería.

ankilgoreNo lo olvidemos: la guerra de Vietnam la ganaron los chinos de mierda. En nuestro caso, está por saber cómo vamos a ganar, pero perseveramos. Vamos a votar con la nariz tapada, y no por el napalm, ni por la cola de los carteles. Depositamos un voto derrotado de antemano, pues no es ese el programa electoral que nos gustaría, no es ese el proceso de decisión en que creemos, y desde luego no confiamos en contar con un ejército mínimamente preparado a pesar de creernos poseedores de la razón y la altura moral necesarias para una victoria holgada. Es muy poca pasión la que ponemos en esas operaciones militares. Así no se gana una guerra. Pero perseveramos. Cogemos una papeleta y perseveramos.

Willard: ¿Quién está al mando aquí?

Soldado: ¿No es usted?

Alguien tiene que ponerse al frente de un proyecto político, no para liderarlo (nos sobran líderes y candidatos a líderes, podríamos regalar media docena con cada voto de izquierdas) sino para representarlo. Para ejemplificarlo, ponerlo en escena, hacerlo reconocible. Ser el rostro de, ponerle cara a. Transmitir toda la credibilidad que han perdido las siglas y han enterrado las retóricas.

No me cambiaría por Pablo Iglesias por nada del mundo. Ha prestado su rostro, su trayectoria y su nombre a un proyecto político completamente nuevo, Podemos, dando la cara probablemente para que se la rompan, y arriesgando su credibilidad y su carrera sin ninguna garantía de éxito. Reconozcámosle el valor. Reconozcámosle también sus habilidades, que son muchas: habla bien, es fotogénico, domina los recursos expresivos del medio audiovisual, y encima sabe de lo que habla. ¿Ya se ha ganado con eso nuestra admiración? Todavía no. Apocalypse NowPara empezar, su proyecto no encaja con nuestra idea (el plural es más simbólico que numérico, más intensional que extensional, pero sigamos) de cómo se conquista el poder: acostumbrados a pensar en colectivo, no sabemos qué hacer con las personalidades individuales, y hasta creemos a veces que cuidar la imagen de un candidato es hacerle el juego al sistema, de ahí nuestra insistencia en apostar por candidatos con ojeras intercambiables, incapaces de sonreír y amantes de las oraciones subordinadas. Además, resulta que, por fin, su apuesta es arriesgada, pero no solo para él: para todos nosotros. No está dispuesto a esperar sesenta años para conseguir darle un vuelco al sistema. Lo quiere ahora. ¿Se cree Jim Morrison? Y por si fuera poco está el asunto de las primarias: ¿más de cien candidatos para elegir al cabeza de lista? ¿Estamos locos o qué? ¿Vamos a aceptar a estas alturas que el pueblo es plural y que no hay democracia sin acogerse a la voluntad de esa pluralidad?

Willard: Acusar a alguien de asesinato en este lugar, es como poner multas por exceso de velocidad en la carrera de Indianápolis.

La irrupción de Pablo Iglesias en la oferta electoral supuso un pequeño escándalo en el que no faltaron el estupor, el entusiasmo, el desprecio, la burla y el ataque furibundo. Particularmente entre muchos simpatizantes de Izquierda Unida, sector nariz tapada (mis compañeros de sector, para decirlo todo), se extendió una indignación más bien subida de tono, como si alguien se hubiera atrevido a hacer lo que siempre quisimos que se hiciera pero nadie se atrevió a intentar: plantear un cambio de régimen, una alternativa democrática al discurso transicional, no tanto desde la consigna o la memoria histórica como desde el deber cívico de darle la palabra al pueblo. El estupor es contagioso, pero tiene raíces muy finas: hasta ahora decíamos “pueblo” y no sabíamos quién era el pueblo, y por eso nos resultaba tan sencillo reírnos del pueblo como de una abstracción de épocas remotas o un cliché del folklore albanés de los tiempos de Enver Hoxha. Ahora hay que volver a ponerle cara al pueblo, y el pueblo es plural, refractario a los retratos de grupo y alérgico a los flashmobs de los partidos tradicionales (los cuales, por otra parte, siguen siendo necesarios, pero hay que devolverlos a su condición de instrumentos, retirarles su actual posición de directores de orquesta). ApocalypseNow2Para aquellos que siempre creímos en una izquierda democrática, popular, que aceptábamos a regañadientes la única versión descafeinada que los medios podían digerir, Podemos no puede ser una mala noticia, en absoluto. Y lo cierto es que razones en contra no encontramos demasiadas, por no decir ninguna (una vez eliminamos de la lista de razones lo que no son sino expresiones de legítima desconfianza ante lo nuevo o manifestaciones de un miedo inconfesable a dar un paso adelante o prejuicios estéticos, que si la coleta, que si el lumpen, que si la música en Pravia). Yo, al menos, he estado esperando con verdadera impaciencia una sola crítica fundada, sólida y bien argumentada, contra Podemos. No la he encontrado. También he estado esperando a que Izquierda Unida respondiera al brindis de Podemos y se sumara a lo que (eso creo) constituye el deseo de la mayoría de sus propios militantes y simpatizantes: una revolución democrática. No lo ha hecho.

Willard: Yo quería una misión, y por mis pecados me dieron una. 

No soy muy amigo de las podemoselegías y tampoco de los gregarismos: no estoy por la labor de entronizar a nadie a estas alturas, por muchos que sean sus méritos (del mismo modo que, ya puestos, demonizar solo lo justo y cuando queda tiempo libre, que no es mucho), y tampoco me parece prudente despreciar por la de buenas el buen hacer de estos o aquellos solo por no ser los míos (ya puestos, ¿quiénes son los míos, los nuestros, los de alguien?). Pero nadie me pide que me case con Pablo Iglesias, y es seguro que celebraré, si lo hay, el tan ansiado ascenso electoral de Izquierda Unida, del mismo modo que me alegraré por los resultados de Equo, Compromís y tantos otros defensores de lo público en cuyas filas milita lo mejor de esta sociedad que nos ha tocado heredar. Pero votaré a Podemos y le agradeceré a Pablo Iglesias el haberse arriesgado a cumplir un deber que no era el suyo sino el de otros: el de todos aquellos en quienes confiamos nuestro voto estos últimos años.

Queríamos una misión, y por nuestros pecados nos dieron una. Dejemos de fruncir el ceño como si esto no fuera con nosotros.

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