El lenguaje soez de las urnas

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Dice mi hija que digo demasiadas palabrotas. Lo dice así, “palabrotas”, y uno piensa que está a salvo de parecerse a su padre. Ojalá. Hubo un tiempo en que también a mí el lenguaje malsonante me parecía malsonante. Tengo un recuerdo muy vívido de la primera vez que oí a alguien de mi entorno emplear la expresión “a tomar por culo” y de la impresión que me produjo.

Ese alguien fue mi abuelo. No debía de tener yo más de seis años, pues Franco no llevaba muerto mucho tiempo, y la muerte de Franco tiene mucho que ver con esto. Alguien vino a casa preguntando por mi abuelo y, como este no salió a recibirle, el visitante le explicó a mi abuela qué quería. Las cosas están cambiando, decía; quería evitar que mi abuelo se tomara la revancha por viejos agravios. Mi abuela le llevó el recado a mi abuelo y fue entonces cuando este se despachó con un “a tomar por culo” no solo insólito hasta entonces sino también en adelante: nunca, solo en aquella ocasión, le oí hablar en esos términos.

Los detalles los conocí mucho tiempo después. Aquel vecino, un notable fascista de camisa vieja, había denunciado a mi abuelo en los años cincuenta, cuando Hulleras del Turón perforó el pozo San José. La empresa había contratado a un ingeniero inglés para que explicara a los trabajadores cómo funcionaba toda aquella costosa maquinaria y se encontraron ambos, la empresa y el ingeniero, con que nadie entendía una palabra de inglés salvo mi abuelo. Les faltó tiempo para convertirlo en traductor oficioso y endosárselo al extranjero durante su estancia en el valle, y a aquel vecino le faltó tiempo para ir a quejarse de que le hubieran dado ese puesto a un rojo convicto y confeso que había combatido al lado de la república y había regresado del penal de Burgos a duras penas.

Mi abuelo era (y, hasta donde yo sé, nunca dejó de serlo) militante socialista. Siempre asumió sus contradicciones, que fueron muchas, no demasiado visibles porque hablaba poco y escuchaba aún menos (en teoría era sordo, pero yo creo que fingía, si no todo el tiempo, al menos muchas veces). No fue ningún héroe: rechazó una concejalía y renunció voluntariamente a una vivienda de la empresa en beneficio de una familia que, según él, la necesitaba más. Nunca habría entendido que nadie de su partido se aferrara a un puesto público con uñas y dientes, y creo que tampoco habría entendido que nadie de su partido contribuyera a dejar sin techo a una familia.

Lo que nunca asumió fue su propio nombre, el que figuraba en todos sus documentos oficiales y con el que lo enterraron: Gaspar. Su nombre de pila era otro (Baltasar: se ve que había afición a los reyes magos en aquella época). Gaspar era su hermano mayor, pero Gaspar murió en la mina y, para que la familia no dejara de percibir aquel jornal, y puesto que mi abuelo era demasiado pequeño para trabajar, incluso según los cánones de hace cien años, le borraron la identidad y lo convirtieron en su hermano muerto. Le cayó encima un nuevo nombre, y con él le cayó encima un empleo y cumplió de golpe varios años.

Nunca asumió esa identidad, no del todo. Cuando tuvo un hijo, le puso por nombre Baltasar, aunque para entonces aquel nombre era ya tan extravagante como Sisebuto o Nabucodonosor. Del mismo modo que nadie le privó de su condición de ex presidiario, tampoco le restituyó nadie el nombre y la identidad que le habían arrebatado, ni el pie que perdió entre dos vagonetas y que tal vez habría conservado si no hubiese sido tan pequeño.

Cojeaba, naturalmente, y en sus últimos años solo salía de casa para dar un corto pero lento paseo del que regresaba, si no renovado, al menos aliviado: era el segundo hombre más viejo del pueblo, y confiaba en que la muerte no se saltara al primero, un anarquista con quien no se hablaba, de modo que daba aquel paseo solo para convencerse de que aún no le tocaba ostentar el título ni necesitaba, por tanto, prepararse para abandonar esta orilla. Tampoco en eso tuvo suerte: el anarquista le sobrevivió.

No sé por qué pienso en mi abuelo cada vez que hay elecciones. Será que me acuerdo de su memoria traicionada. O será que a veces votar es tan sano y elocuente como mandar a tomar por culo a aquel fascista de mi infancia.

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