Javier Cercas o la retórica de servicios prestados

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“Lo primero que debemos recordar es que Franco no fue un político lanzado a la lucha por el Poder; fue un soldado a quien la Historia puso al frente de su Patria cuando ésta se vio irremediablemente arrastrada a una guerra civil. El General Franco intentó evitar aquella guerra; pero, una vez desatada, asumió su dirección e hizo cuanto estuvo en sus manos –y en ellas pusimos nuestra confianza– para conducirla a la victoria”.

Así glosaba Alfonso García Valdecasas en el diario ABC la figura del dictador. Era el 22 de noviembre de 1975, justo el mismo día en que Juan Carlos I era coronado rey de España.

francohamuertoLas loas a Franco, fúnebres o no, son en sí mismas todo un subgénero literario, y hasta una parafilia. Pocas superan los arrebatos neuroépicos de Ernesto Giménez Caballero (“De paso lento y firme, de entrañas implacables y de rostro impasible. Tipo cesáreo, que no vaciló en la guerra. No ha vacilado en la paz –ni vacilará en lo que viene– caiga quien caiga. Sereno, impávido; broncíneo –ese hombre misterioso que casi nadie conoce bien de cerca, pero que todo un pueblo presiente alucinado que le lleva a una gloria cierta y mayor que las pasadas”). Pero son mucho más sintomáticas y elocuentes las comparativamente más discretas palabras de García Valdecasas, cofundador de la Falange (se dice que fue él quien le dio el nombre) y converso a la causa de Juan de Borbón aunque con la boca pequeña: definen ostensivamente la retórica de servicios prestados que tanto se lleva en bodas, funerales y abdicaciones, y de la cual estamos últimamente bien servidos.

Son textos que guiñan constantemente un ojo y lanzan señales solo para iniciados. Aquellos que comprenden las reglas no escritas de la tribu, descodifican automáticamente esas señales y tienden a valorarlas en consonancia con su particular sistema de creencias, mientras que los observadores externos, por muy avisados que estén de las peculiaridades del grupo y su lenguaje, no pueden evitar una sensación de extrañeza y hasta de cierta vergüenza ajena que puede resolverse en risita involuntaria o en carcajada despectiva, dependiendo de lo que a uno le importe herir los sentimientos de la tribu. Es lo que nos ocurre a menudo a los adultos con los sistemas de signos de los niños o de los adolescentes: no podemos evitar una sonrisa o una burla, aun siendo conscientes de que, a su edad, también nosotros participábamos de un código similar, que nos parecía tan sólido e incontrovertible como nuestra propia superioridad moral sobre el mundo adulto.

Es evidente que se trata de textos hagiográficos: cumplen, como las vidas de los santos, una función evangelizadora, tratan de ilustrar al que no sabe pero, al mismo tiempo, dan por sentado que es casi imposible no saber lo sabido: las virtudes del santo son indiscutibles, forman parte de un relato que todo el mundo conoce salvo el que por vicio o ignorancia (suponiendo que sean cosas diferentes) se sitúa al margen del consenso. En ellos la exageración es norma, pero no menos normal es la falsificación del pasado, más propia del relato de aventuras que de la historiografía. La épica del sacrificio es una constante. También lo es el optimismo histórico, la constatación triunfal de que, si este es el mejor de los mundos posibles, lo es gracias a los sacrificios del sufrido protagonista.

La abdicación del rey Juan Carlos I ha inundado los medios de hagiografías similares. Esa sobreabundancia no es casual, ni obedece a una demanda ciudadana de poesía laudatoria. Antes bien, es inducida por el propio sistema de reparto de poder que se beneficia de ella. No trata de elevar a los altares a un aspirante a la gloria, sino de mantener en ellos a una figura discutida o en trance de serlo en un momento tan crítico como un fallecimiento: una abdicación. Las páginas del diario El País están repletas de textos de ese tipo. Pocos tan elocuentes como el firmado por Javier Cercas con el título “Sin el Rey no habría democracia”.

Gran parte de la carrera literaria de Javier Cercas hunde sus raíces en la poética de la transición. Sus dos mayores éxitos, Soldados de Salamina y Anatomía de un instante, vienen a ser los Argonath entre los que discurre el relato oficial de nuestra historia reciente: el primero profundiza en la herida mítica, hesiódica, que creó nuestro presente (la guerra entre hermanos que propició rencores y venganzas y que no se cierra ni debe cerrarse porque eso solo podría hacerse a condición de abandonar la equidistancia y romper el equilibrio de la corresponsabilidad de ambos bandos) y el segundo reconstruye el sacrificio lustral, homérico, que inauguró nuestro futuro (el del rey, naturalmente, alzándose en la noche del 23F como un titán brumoso pero inalcanzable, frente a la mediocridad no menos ejemplar de Adolfo Suárez, espejo donde mirarse el español honrado). La suya es, por tanto, una voz autorizada, la más indicada para glosar la figura del rey recién abdicado, trasfundir sangre nueva al relato de sus tribulaciones y conjurar los peligros del tiempo que se abre tras la abdicación.

Argonath1“Sin el Rey no habría democracia” reúne, desde su título, todos los elementos distintivos de esa retórica de servicios prestados. Se trata de un texto cuya comprensión requiere haber vivido en España durante un par de décadas al menos, o haber estado en contacto con alguien que tuviera esa experiencia, o haber sido, en resumen, socializado a la española: requiere pertenecer a la tribu. Un observador externo, un etnógrafo o un periodista extranjero sin demasiada formación en los asuntos domésticos del reino de España, tal vez tendría dificultades para desentrañar qué quiere decir Cercas con que “sin el Rey, quizá no hubiera habido democracia, o no la hubiera habido tal y como la conocemos, o hubiera tardado años en llegar” [las cursivas son mías]; desde luego, le habría costado tanto como a cualquier español averiguar cómo se llega, desde esa ambigua descripción de las aportaciones juancarlistas a la democracia indefinida, al enunciado taxativo que da título al artículo. Claro que el lector español, o el iniciado en la españolidad transicional, comparte muy probablemente la adhesión de Cercas al relato fundacional de la democracia española, de modo que no necesitará explicaciones supletorias. Salvo que sea muy rojo o muy mal patriota o catalán perdido, el pobre. O demasiado joven. O bien un “memo”, o un “hipócrita”, o un “loco”.

Al lector no iniciado podría resultarle extraño que la pasión hagiográfica de Cercas no remita aquí a hecho alguno, ni a talento alguno, ni a ninguna hazaña especial. Eso es porque es hagiográfica, ni más ni menos, ya que la retórica de servicios prestados trata de santos, no de héroes: el héroe hace cosas, pero el santo, en el fondo, lo es por la gracia de Dios (por esa misma gracia era Franco caudillo de España), de modo que no le es indispensable hacer cosas, solo padecerlas (como los mártires), ni tener talento alguno, solo ser elegido, o ser muy simple (o tener mucha paciencia). Al rey no se le atribuye ninguna cualidad de origen humano: todos sus esfuerzos, todos sus sacrificios, todos sus méritos, tienen su explicación en el universal, no en el individuo: se explican por su condición de rey, son simples prolongaciones de su majestad real. Así, si el rey paró el golpe del 23F porque solo él podía hacerlo, y solo él podía hacerlo porque solo él era rey, y si por ello debemos estarle agradecidos, la conclusión lógica es que debemos estarle agradecidos no porque parase el golpe sino por ser rey, esto es: le debemos gratitud tan solo por su posición y a causa de nuestra no elegida condición de súbditos. Ciertamente, como hagiografía es un poco ofensiva.

Al igual que Franco, según García Valdecasas, no escogió ponerse al frente de su Patria, sino que fue elegido por la Historia, tampoco el rey escogió esta democracia, aunque contribuyera “de manera decisiva” a instaurarla: una democracia “frágil, pobre y escasa”, que tras casi cuarenta años no ha conseguido volverse “fuerte, rica y abundante”, a pesar de que esos años han sido “los mejores de nuestra historia moderna, los de mayor libertad y prosperidad”. Ni Franco ni el rey tienen la culpa del carácter español: la santidad del segundo apenas alcanzó a impedir que nos abriéramos unos a otros en canal, pero solo eso ya puede ser considerado un milagro, habida cuenta del “ominoso conflicto civil que el mundo entero auguraba para nuestro país a la salida de la dictadura”. He aquí otra característica de la retórica de servicios prestados: su optimismo histórico es compatible con un pesimismo antropológico extremo: el santo nos da a elegir entre él o la antropofagia.

Puede ser objeto de debate cuántos lectores de García Valdecasas se reconocían en sus guiños emocionados y asentían conteniendo una lágrima, pero no parece que queden hoy día muchos de aquellos entusiastas de 1975, ni siquiera entre los franquistas. Uno lee en 2014 esas parodias involuntarias, o las muchas que pergeñaron Giménez Caballero, Pedro Laín Entralgo, José Antonio Maravall y tutti quanti, y no puede dejar de debatirse entre la sonrisa condescendiente y la carcajada liberadora: hay algo inimitablemente muerto en esas palabras fosilizadas, algo que mueve a la vergüenza o al desprecio. No es muy aventurado afirmar que el artículo de Cercas moverá a reacciones análogas en un futuro no muy lejano. Tal vez sería apropiado preguntarse cuántas adhesiones suscita en el presente.

Sin proponérselo, Javier Cercas nos ha brindado un procedimiento de decisión mucho más significativo y vinculante que un referéndum sobre monarquía o república: leer “Sin el Rey no habría democracia” y no pestañear, no sonreír ni avergonzarse sino asentir sin perder la serenidad, sería un sí inequívoco a la continuidad de los borbones y, con ellos, de todo el tinglado de la transición. Pongámoslo en práctica. Que ese sea nuestro particular Pacto de San Sebastián.

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