La intimidad de los ciegos

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Si un ciego de nacimiento recobrara la vista, ¿reconocería las figuras al instante? ¿Sería capaz de relacionar sus experiencias sensoriales pasadas con el recién adquirido ejercicio de un nuevo sentido? Una polémica al respecto comenzó en las islas británicas en el siglo XVII y resurgió en la Francia del XVIII, sin que ni los ciegos británicos ni los ciegos franceses mejoraran sus condiciones materiales de existencia gracias a los argumentos de uno u otro bando. Al igual que los nativos americanos en las discusiones eruditas sobre el “buen salvaje”, los ciegos de Molyneux, Locke y Diderot son pura arma arrojadiza, y no es difícil imaginar la sonrisa despectiva con que cualquier invidente de aquellos tiempos, más que probablemente un mendigo, acogería tanta y tan poco constructiva controversia epistemológica.

En su Carta sobre los ciegos para uso de los que ven, Diderot hace una observación tangencial sobre la circunstancia de que el cirujano Réamur no le permita estar presente en una crucial operación de cataratas: “Si sentís curiosidad por saber por qué ese hábil académico hace sus experimentos de forma tan secreta que, según vos, no pueden tener demasiados testigos ilustrados, os respondería que las observaciones de un hombre tan famoso necesitan menos espectadores cuando se están haciendo, que auditorio, una vez hechas”. La mordacidad de Diderot no está fuera de lugar, pero es cuestionable que esté motivada por razones más poderosas que el puro rencor: puede que, efectivamente, la actividad de un cirujano exija poco público, aun tratándose de una operación tan interesante en el siglo XVIII como la de devolverle la vista a una ciega. Ahora bien, el punto de vista de Diderot tampoco carece de solidez: es importante que, en circunstancias tan notables como esta, el público asista no solo a la exposición de los resultados, sino también al proceso que conduce hasta ellos. En términos teatrales, pues el teatro es el elemento propio de Diderot, podría decirse que la operación de cataratas no es un mero ensayo, sino el estreno de la obra.

Toda la Carta sobre los ciegos pivota sobre esa convicción metodológica: hablar de ciegos es dejar que hablen los ciegos, igual que hablar de operaciones oftalmológicas requiere ser testigo de esas operaciones. El ciego solo le resultará accesible al que ve, si este le observa y charla con él sobre sus experiencias sensoriales. Lo que nadie se plantea aquí, ni siquiera Diderot, es qué prefiere el ciego: ¿no preferirá salvaguardar su intimidad, habida cuenta de que narrar sus experiencias no le devolverá la vista ni le permitirá mejorar su calidad de vida? Largo de mi casa, cotillas con ojos.

Hay sistemas que mejoran la calidad de vida de las personas a condición de que estas pierdan grandes parcelas de privacidad: una mujer maltratada puede mejorar notablemente su situación si expone públicamente su sufrimiento, es decir, si lo denuncia. Precisamente en muchas ocasiones es el pudor a ser observada, a ser vista bajo esa condición de víctima, lo que le impide denunciar y, por consiguiente, agrava el problema. Salvando las distancias, las condiciones de existencia de un ciego pueden mejorar gracias a mecanismos similares de visibilización de la ceguera (aparente y hermosa paradoja): pensemos en los semáforos acústicos que el invidente puede accionar con un mando a distancia, dispositivos que sin duda mejoran su calidad de vida pero que le señalan como un letrero luminoso: “ahí va un ciego”.

Lo importante es que esos sistemas de visibilización y señalización mejoran efectivamente las condiciones de vida de las personas que los utilizan. Lo que le interesa al ciego que acciona el mando de su bastón es cruzar la calle sin problemas, no la supuesta invasión de su intimidad que esa señal acústica desencadena. Prefiere que todo el mundo lo vea a ser atropellado por cruzar en rojo. Naturalmente, ser ciego no es algo que haya que ocultar, pero a nadie le gusta, en principio, que suene una alarma cada vez que cambia de acera.

Conviene saber decidir cuándo un proceso es tan delicado que requiere intimidad, privacidad, seguridad, y cuándo puede permitirse y aun exigir publicidad y transparencia. Si los ciudadanos quieren procurarse un cambio profundo en la forma del Estado, y si las izquierdas son ahora mismo los cirujanos más capacitados para operar las cataratas de la transición (pues las derechas no dan señal alguna de querer cruzar ninguna calle), tengamos en cuenta que una operación como esa no es, hoy día, ninguna hazaña equivalente a descomponer el átomo y que, cuantos más testigos de la empresa, mucho mejor para esta, para las izquierdas y para el cambio resultante. Mientras el debate sea público, aunque se aireen desencuentros y puntos de vista divergentes, lo mismo nos da que nos señalen al pasar. Después de todo, tampoco ser de izquierda es ningún desdoro, y siempre tendremos más probabilidades de llegar a la otra acera sin que nos atropelle una gran coalición con los cristales tintados.

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