Hazañas bélicas

Pocas historias de la guerra civil se oían en mi casa. No había tabúes, pero sí un temor más metafísico que policíaco, como si la invocación de los desastres de la guerra pudiera reactivarlos, traerlos de nuevo a la vida y a la muerte, sobre todo a esta última.

Había excepciones. No muchas, pero llamativas. Algunas veces eran excepciones provocadas por algo insoslayable: alguna pregunta que no podía zanjarse con un gesto de desdén porque la inquietud en el rostro del adulto desarticulaba la maniobra disuasoria de ese gesto; un hueco en la genealogía de alguna familia, o algún mote que hacía sospechar la ocultación de un relato de horror; un agujero de bala en la fachada de un edificio o, como en mi caso, un agujero en el suelo.

Conocíamos un lugar que llamábamos La Muerte. Era precisamente un agujero, más bien un cráter cubierto de zarzas y helechos, en medio de un prado, cerca de la casa de mis abuelos. Lo había fabricado una bomba, allá por 1937, cuando la Luftwaffe bombardeó el valle. Mi abuela nos contaba cómo se escondían en una mina abandonada, y cómo la tierra del interior se desmigajaba con cada sacudida, y callaba cuando preguntábamos si todos se habían salvado.

Miraban al cielo con terror, y si a lo lejos se divisaba la silueta creciente de un Junker (el famoso Stuka, con sus aullidos de sirena enloquecida), no era curiosidad por el diseño del avión lo que sentían, ni se paraban a admirar su descenso en picado hacia el objetivo. Echaban a correr, y a veces ganaban.

El próximo domingo, 27 de julio, algunos descendientes de aquellos Stukas sobrevolarán la ciudad de Xixón, en el contexto de una exhibición de mal gusto bautizada como Festival Aéreo. Me cuesta asociar el significante “festival” con algo que no llame a la alegría, con algo que no produzca placer o algo similar. Sé que es posible encontrar belleza en un objeto diseñado para matar, pero no encuentro justificación alguna para hacer de las potencialidades dañinas de ese objeto un espectáculo para todos los públicos.

No quedan muchos supervivientes de los bombardeos de Asturies de 1937. Algún vecino tengo que ha vivido bombardeos más recientes, como el de 2007 en Banka-Jira, en Somalia, y maldita la gracia que le hace haber recorrido medio mundo para reencontrarse con sus perseguidores, u otros muy parecidos, parodiando en tiempo de ocio la tétrica labor que desempeñan en horas de trabajo. Ninguna víctima de ninguna guerra se merece esa especie de burla aerotransportada. Tampoco los demás nos merecemos que nos vendan como simpáticos y costosos juguetes lo que no dejan de ser herramientas de destrucción de poblaciones.

No me hagan caso: en toda fiesta hay un aguafiestas, y está claro que lo mío es un trauma por personas interpuestas. De modo que disfruten del festival, y olviden, cuando lo vean ahí arriba, que ese Harrier AV8 participó en el bombardeo de Yugoslavia (sin autorización de la ONU, por cierto, y bajo el mando de Javier Solana) causando, entre otras bajas, la muerte de cincuenta refugiados y dieciséis técnicos de la Radio Televisión Serbia. Admiren ese OV10 Bronco y no se planteen cuántos de esos cacharros se cebaron contra la población vietnamita. Y no dejen pasar la ocasión de contemplar, aunque sea en tierra, el magnífico F4 Phantom: no hay muchos vietnamitas que lo hayan visto sin volar en pedazos al cabo de unos segundos.

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