Salvemos las salchichas

Mientras usted se devana los sesos intentando encontrarle un sentido no demasiado marciano al concepto de “cultura”, el gobierno español ha decidido no perder más tiempo en debates filosóficos y simplemente se ha plegado a los intereses de los que mandan. Es lo que suele hacer el gobierno español, así que no nos extrañemos demasiado. Pero sepa usted que, en una fecha tan emblemática como la del 18 de julio, se ha decidido que las llamadas “entidades de gestión de derechos de autor” cobren a las bibliotecas públicas un impuesto revolucionario por prestar libros y discos. De este modo, dicen, se salvaguarda el derecho del autor a percibir una remuneración por su trabajo.

Si no me he informado mal (que pudiera ser), al autor de un libro ya se le paga una exigua cantidad llamada “derechos de autor” cuando ese libro se vende. No hay ninguna excepción si el comprador es una institución pública como una biblioteca o un hospital. A partir de ahora, cada vez que ese libro ya comprado se le preste a un usuario, la biblioteca o el hospital tendrán que pagar otra vez esos derechos ya abonados. Se da por supuesto que al gobierno no le interesa si la editorial le liquida al autor esos derechos, o si lo hace la “entidad de gestión” que recaudará esas gabelas en adelante.

Por supuesto, no faltará quien celebre esta barbaridad aferrándose al dichoso “derecho del artista a vivir de su obra”. Bien estaría que alguna vez alguien dijera dónde está recogido ese derecho, salvo que se quiera decir que, como cualquier ser humano, el artista tiene derecho a vivir de su trabajo. Que no es lo mismo.

Esto es: supongamos que, en un alarde de civismo ecológico que yo mismo soy el primero en no practicar, la humanidad decide dejar de consumir productos cárnicos. ¿Podría el fabricante de salchichas exigir su derecho a vivir de la fabricación de salchichas, aunque estas ya no le gusten a nadie? ¿Y quién sería, por otro lado, el sujeto de ese derecho: el propietario de la fábrica de salchichas o los trabajadores de la fábrica? No es una pregunta baladí, al menos para los que aún nos aferramos al (lo sé, es horrible) consumo de carne.

Si el sujeto de ese presunto derecho fuese el empresario, tendríamos que considerar que la salchicha es una mercancía, y por tanto deberíamos recordar que, en una sociedad de mercado, aquello a lo que tiene derecho el salchichero es a poner un precio y hacer publicidad: si los consumidores no pican, nadie puede obligarles a comprar salchichas.

Ahora bien, si el sujeto del derecho a vivir de la salchicha es el conjunto de los trabajadores de la fábrica, ya estaríamos hablando de un salario. Salario que esos trabajadores negociarían con su patrón (suponiendo que viviéramos en un país donde sigue habiendo negociación colectiva), y salario que peligraría efectivamente si el veganismo se extiende entre la población civil.

¿En qué situación se encuentran el músico, el escritor, el cineasta? Uno diría que más bien en la segunda, mientras que la editorial, la compañía discográfica y la productora cinematográfica se hallarían seguramente en la primera. De ahí que la llamada lucha contra la piratería se parezca tanto, muchas veces, a una simple presión de la industria sobre los poderes públicos, similar a la que ejerce el sector del automóvil o el de la banca. Y, al igual que en cualquier presión de esas características, se utiliza el dogma neoliberal como aliado, con el fin de suscitar la simpatía de los artistas, esto es, de los trabajadores: cuanto más dinero gane el empresario, más puestos de trabajo creará, fórmula mágica cuya contrastación empírica no hemos logrado obtener aún, aunque perseveramos.

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