Derivas nacionalistas

Hace un mes estuve en una reunión supersecreta. Tan, tan supersecreta, que se celebró en una sidrería, que como todo el mundo sabe es el mejor sitio del mundo para hacer cosas en secreto. Las cosas que hicimos, reconozcámoslo, no fueron nada del otro jueves: profanar una hostia, sacrificar a un par de inocentes, regar con su sangre el coño de una virgen, lo habitual. Pero también pronunciamos varias veces la palabra prohibida. Sí, la que empieza por A. El que estaba a mi derecha susurró: “He sentido una gran conmoción, como si todos los esfínteres de un planeta se abrieran de golpe”. Le dije que exageraba.

Exageraba, pero no mucho. Para empezar, los conjurados en aquel considriábulo habíamos olvidado una verdad universal, algo que sabe cualquiera que haya visto La bella durmiente: que, cuando alguien quiere ir a una fiesta y no le invitan, se lo toma mal. Luego estaba el asunto de la palabra prohibida. Es más sensato susurrar “Verónica” o “Candyman” delante de un espejo que decir “Asturies” delante de un asturiano. Sobre todo si hay otro asturiano que no está presente pero se entera de lo que has dicho: ¿quién osa decir “Asturies” sin convocar un referéndum donde todos los asturianos se pronuncien sobre el derecho de ese sujeto a invocar el Sagrado Nombre? Estábamos a dos segundos y medio de que se nos acusara de nacionalistas furibundos, o de nacionalistas a secas (nota para los que no hayan crecido en la Cultura de la Transición: todos los nacionalistas son furibundos).

Es un hecho probado que, en Asturies, si dices mucho “Asturies” te llaman nacionalista. Te lo llaman tanto, y con tanta inquina, que si eres muy joven hasta te lo crees. Luego vas comprendiendo que no lo eres tanto, o que no lo eres en absoluto, y en seguida caes en la cuenta de que alguien te está colando nacionalismo de garrafón bajo la máscara de un higiénico cosmopolitismo de luxe, pero te lo callas porque has crecido en la Cultura de la Transición y sabes que todavía nos faltan dos o tres décadas de cocción para empezar a llamar a las cosas por su nombre, y no digamos ya si una de esas cosas es el nacionalismo español old style. Hay un momento en la vida en que asumes esas trampas semánticas y tiendes a ignorar su potencial destructivo, pero es que, además, el problema no es el nacionalismo, sino la sidrería. Es un rollo junguiano acojonante.

Para tratar de ver esto con perspectiva, retrocedamos unos pasos. Más o menos hasta el año 1979 o así. Aquellos maravillosos años de la Transición Modélica, cuando PSOE, PCA y AP defendían para Asturies un modelo de desarrollo autonómico “de vía rápida” (la recogida en el artículo 151 CE, la que siguieron Cataluña, Galicia y Euskadi). A nadie le parecía que pudiera ser de otra manera: hasta Ramón Tamames nos consideraba “nacionalidad histórica”. ¿A nadie? No. Estaba también UCD, y UCD se quejaba más o menos de que no la habían invitado a la fiesta. De modo que se las compuso para ganar en Madrid lo que aquí había perdido, pactando con las direcciones estatales del PSOE y AP un modelo autonómico para Asturies “de vía lenta” (artículo 143 CE). A partir de ese momento, defender la vía rápida fue nacionalista, hasta el punto de que también el PCA acabó cogiéndosela con papel de fumar, no fueran a confundirlo con ETA. Todavía estamos pagando las consecuencias de aquel bloqueo institucional. Y lo que nos queda.

Pero ojo, que aquella exquisita maniobra de pasarse por el forro la voluntad popular se hizo en nombre de la democracia y el internacionalismo, y contra el nacionalismo excluyente, centrípeto y amojamado. La intelectualidad más clarividente y cosmopolita estaba a piñón fijo con lo de los peligros de la diferencia y el aldeanismo, sin que eso les impidiera aportar su granito de arena a la fábula monárquica del “Principado de Asturias” y a la restauración borbónica en loor de multitudes, que eso sí que era moderno, democrático y de extrema izquierda. Algunos, en lugar de un granito, aportaron bloques de hormigón. No hace mucho presumía Juan Cueto de su hormigonada contribución a la legitimación cultural de la monarquía, lo cual da bastante grima, sobre todo si uno recuerda sus tesis sobre Asturies como “protectorado”. Pedro de Silva, por su parte, fue tildado de nacionalista por oponerse a la pretensión de que fueran los alcaldes y los concejales los únicos electores del parlamento autonómico. Una deriva nacionalista, lo de Pedro de Silva, qué duda cabe. Cuando gobernó, fue la repanocha. En Quebec se morían de envidia. El PNV mandaba observadores a estudiar nuestros avances en secesionismo.

Pues bien: hace unos años, discutiendo amigablemente con uno de aquellos intelectuales de la época, le pregunté por qué nadie había sacado a relucir, como precedente lejano de un desarrollo autonómico digno de ese nombre, el proyecto de estatuto de autonomía redactado por Sabino Álvarez Gendín en 1932. La respuesta que me dio no me pareció relevante en aquel momento, pero ahora no me la quito de la cabeza: me respondió que aquel proyecto no tenía importancia porque lo habían redactado cuatro “en una sidrería”.

Uno tiende a pensar que sí que existe un inconsciente colectivo, y no solo un inconsciente colectivo, sino además un inconsciente colectivo con suelo de serrín y escupideras a juego.

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